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2016.06.07 03:07 ShaunaDorothy Protestas en Hong Kong: Punta de lanza de la contrarrevolución capitalista ¡Expropiar a los magnates de Hong Kong! ¡Por la revolución política proletaria en China! (Marzo de 2015)

https://archive.is/phvdQ
Espartaco No. 43 Marzo de 2015
El siguiente artículo es una traducción de Workers Vanguard No. 1054 (17 de octubre), e incorpora una corrección al nombre de una publicación. El Movimiento Paraguas terminó a mediados de diciembre sin haber obtenido concesión alguna de parte del gobierno chino.
Los activistas por la “democracia” respaldados por el imperialismo, que buscan terminar con el control del Partido Comunista Chino (PCCh) sobre el enclave capitalista de Hong Kong, continúan bloqueando calles en algunas partes de la ciudad como lo han hecho desde finales de septiembre. Los manifestantes, conocidos como el Movimiento Paraguas, utilizando la exigencia de sufragio universal como cuña, buscan abrirle paso a los partidos capitalistas de Hong Kong para que ejerzan directamente el poder político. Está en interés de los trabajadores de todo el mundo oponerse a estas protestas. Si la burguesía de Hong Kong se hiciera con el poder político, la isla se convertiría en una plataforma para destruir el estado obrero burocráticamente deformado chino y abrir la China continental a la explotación capitalista desenfrenada.
Un coro de fuerzas reaccionarias, que abarca desde la Casa Blanca y Fox News hasta el Vaticano, ha expresado su apoyo a las exigencias del Movimiento Paraguas. En una reunión el 1° de octubre con el ministro de relaciones exteriores chino, Wang Yi, el secretario de estado estadounidense, John Kerry, subrayó el interés de Washington en las “elecciones libres” en Hong Kong. Gran Bretaña, que mantuvo la isla como colonia durante más de un siglo y medio sin la más mínima pretensión democrática, se sumó a esta exigencia; Nick Clegg, el viceprimer ministro, mandó llamar al embajador chino para expresarle su “consternación y alarma” ante la negativa de Beijing de darle “al pueblo de Hong Kong lo que tiene todo el derecho a esperar”. La “democracia” ha sido uno de los pretextos favoritos para las maquinaciones imperialistas, particularmente durante la Guerra Fría antisoviética. En el caso de las protestas de Hong Kong, sin embargo, los imperialistas han actuado con cierta reserva para no afectar su relación comercial con China.
China no es un país capitalista, aunque sus “reformas de mercado” han abierto las puertas a la inversión a gran escala de las compañías extranjeras y propiciado el surgimiento de una capa de capitalistas en la China continental. La economía china está estrechamente controlada por el régimen del PCCh; los sectores más importantes de la industria permanecen colectivizados y en manos del estado. El objetivo de los imperialistas es destruir el control del estado a través de la contrarrevolución capitalista. Para lograrlo, buscan intervenir económicamente en China y promueven fuerzas contrarrevolucionarias internas como el Movimiento Paraguas. La otra parte de esta estrategia es la presión militar que ejercen EE.UU. y aliados suyos como Japón, subrayada recientemente por una serie de provocaciones en el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional, por no mencionar los vuelos espías en la costa oriental china. La reacción de China ha sido bastante contenida. ¡Basta imaginar la histeria que desataría el gobierno estadounidense si la marina china fuera avistada a 80 kilómetros de las costas de California!
El Hong Kong capitalista representa una oportunidad dorada para que las potencias imperialistas fomenten un “cambio de régimen”. Y vaya que se han esforzado en hacerlo; Washington gasta cientos de miles de dólares al año en financiamientos del Departamento de Estado para desarrollar “instituciones democráticas” en el enclave y capacitar a jóvenes como activistas políticos. También han establecido operaciones de espionaje en Hong Kong, como la intervención de teléfonos celulares chinos operada por la NSA y revelada por Edward Snowden. El Movimiento Paraguas no es más que la última expresión de las manifestaciones “democráticas” anticomunistas que el imperialismo respalda desde que éstas iniciaron hace más de una década. Su exigencia actual de “elecciones libres” surge de la oposición al reciente plan de Beijing, según el cual el ejecutivo en jefe de Hong Kong será elegido a partir de una lista de candidatos aprobada por un comité bajo la influencia del PCCh.
En 1997, cuando Hong Kong regresó a ser parte de China después de estar bajo dominio británico, el PCCh se comprometió a mantener una economía capitalista en Hong Kong bajo el lema “un país, dos sistemas”, un proceso que también otorgó voz a los capitalistas locales en la selección del gobierno. Para los burócratas estalinistas de Beijing, este sistema tenía como objetivo promover la inversión extranjera en la China continental, demostrando a los capitalistas extranjeros que era seguro hacer negocios con China. Cuando tuvo lugar la transición, la Liga Comunista Internacional “se unió a las ovaciones mientras el Imperio Británico podrido perdía su última colonia importante”, pero advertimos que la continuación del capitalismo en Hong Kong era “un puñal dirigido a las conquistas remanentes de la Revolución China de 1949” (Espartaco No. 10, otoño-invierno de 1997). A diferencia de los capitalistas atomizados de la China continental, la burguesía de Hong Kong está políticamente organizada, con partidos que representan sus intereses de clase y una variedad de periódicos y demás medios de comunicación.
La oposición de la LCI al Movimiento Paraguas deriva de nuestra defensa militar incondicional del estado obrero chino contra el imperialismo y la contrarrevolución interna. Llamamos por la expropiación de la burguesía de Hong Kong, incluidas sus propiedades en la China continental. De igual forma, es necesario expropiar a los nuevos empresarios capitalistas en China y renegociar los términos de la inversión extranjera en el interés de los trabajadores. Estos objetivos, sin embargo, plantean la necesidad de la revolución política obrera para derrocar a la venal burocracia de Beijing, que actúa como un cáncer sobre el estado obrero y que, a través de sus políticas, ha envalentonado a las fuerzas favorables a la restauración del capitalismo en China.
Desde hace tiempo, los estalinistas de Beijing promueven la reunificación con Taiwán bajo la misma fórmula de “un país, dos sistemas” aplicada en Hong Kong. La burguesía de Taiwán, que opera bajo la protección militar directa del imperialismo estadounidense, estableció su gobierno sobre la isla después de huir de las fuerzas del PCCh de Mao Zedong. La reunificación con un Taiwán capitalista, por improbable que sea, ayudaría enormemente a las fuerzas de la restauración capitalista en la China continental, mucho más que en el caso de Hong Kong. Estamos por la reunificación revolucionaria: la revolución política proletaria en la República Popular China junto con la revolución socialista proletaria en Taiwán, que resultaría en la expropiación de la burguesía.
El que paga manda
En un útil y revelador reportaje sobre el Movimiento Paraguas aparecido en la revista New Eastern Outlook (1° de octubre), Tony Cartalucci escribe: “Basta identificar a los dirigentes, rastrear el dinero y examinar el modo en que los medios occidentales cubren estos sucesos para descubrir con certeza que, una vez más, Washington y Wall Street están trabajando duro para hacer que la isla china de Hong Kong sea tan difícil de gobernar para Beijing como sea posible”. En particular, Cartalucci detalla el papel de la National Endowment for Democracy (NED, Fundación Nacional para la Democracia), operada por el Departamento de Estado estadounidense —una fundación que estuvo metida hasta el cuello en el golpe, infestado de fascistas, en Ucrania [el año pasado]— y el National Democratic Institute (NDI, Instituto Nacional Demócrata, una subsidiaria de la NED). Las iglesias cristianas, con sus extensos y escabrosos antecedentes de organización de disidentes anticomunistas en los estados obreros deformados, también han jugado un papel prominente en el movimiento. Estas iglesias, herencia del colonialismo británico, constituyen una poderosa fuerza para la reacción social en Hong Kong, donde hay una iglesia prácticamente en cada calle.
El Movimiento Paraguas emergió de una huelga estudiantil del 22 de septiembre convocada por la Federación de Estudiantes de Hong Kong y una organización de estudiantes de secundaria y preparatoria llamada Escolarismo. Cada 1° de julio, la Federación de Estudiantes forma una parte significativa de las protestas contra el hecho de que la antigua colonia británica haya sido devuelta a China. Escolarismo es fundamentalmente la creación de Joshua Wong, de 18 años de edad, que se convirtió en activista político bajo la tutela de sus padres, militantes religiosos. (Su padre, un alto mando de la iglesia luterana, es un aguerrido opositor a los derechos homosexuales). Wong dio sus primeros pasos en la política, y se ganó la aprobación del NDI, organizando una campaña contra el temario escolar pro-Beijing, al que acusaba de ser “un lavado de cerebro”.
Otra fuerza en las protestas a favor de la “democracia” capitalista es la dirección de Occupy Central, que mantiene, desde hace tiempo, estrechos lazos con los imperialistas. El más celebrado de los fundadores de Occupy, el profesor de derecho Benny Tai, es un ponente habitual en los eventos patrocinados por la NED. Otros dirigentes incluyen a Chu Yiu-ming, un ministro de la iglesia bautista que ayudó a llevar disidentes procapitalistas a EE.UU. después de las protestas de 1989 en la Plaza Tiananmen de Beijing, y Martin Lee, presidente y fundador del capitalista Partido Demócrata de Hong Kong y ganador del Premio a la Democracia otorgado por la NED en 1997. En abril de 2014, Lee y la también dirigente de Occupy, Anson Chan, viajaron a Washington, donde se entrevistaron con [el vicepresidente] Joe Biden y [la congresista republicana] Nancy Pelosi. Otro líder de Occupy Central, el magnate de los medios Jimmy Lai, negó estar conspirando con EE.UU. después de que en mayo se reuniera por cinco horas en su yate privado con su “buen amigo”, el antiguo subsecretario de defensa estadounidense y neoconservador, Paul Wolfowitz (Standard de Hong Kong, 20 de junio).
Después de que la policía usara gas lacrimógeno y gas pimienta para desalojar a los estudiantes que habían bloqueado el área alrededor de las oficinas centrales del gobierno a finales de septiembre, la Confederación de Organizaciones Sindicales de Hong Kong (CTU) convocó a una huelga general de un día. Esta organización sindical, que representa fundamentalmente a maestros y oficinistas, forma parte de la tradición anticomunista de “sindicatos libres” respaldados por los imperialistas, en contraste con la Federación Sindical de Hong Kong, favorable a Beijing. Entre los patrones que respaldaron la huelga de la CTU se encuentra la compañía publicitaria McCann Worldgroup Hong Kong, que le hizo saber a sus empleados que “la compañía no castigará a nadie que apoye algo más importante que el trabajo” (South China Morning Post, 30 de septiembre).
No hay duda alguna acerca de la naturaleza reaccionaria de las protestas “democráticas”, dominadas por estudiantes y otros estratos pequeñoburgueses. Un manifestante le dijo al New York Times (7 de octubre) que prefería “ser gobernado por un país democrático”; su playera con la bandera británica, el delantal de carnicero de los antiguos gobernantes coloniales de Hong Kong, dejó en claro a qué se refería. Los manifestantes frecuentemente combinan el anticomunismo más descarado con el altivo desdén por los habitantes de la China continental, a los que se refieren despectivamente como una “plaga”.
Hong Kong: Maquiladora de “cuello blanco”
La Revolución China de 1949 tuvo una importancia histórica mundial. Cientos de millones de campesinos se levantaron y tomaron la tierra en la que sus ancestros habían sido explotados desde tiempos inmemoriales. La creación subsecuente de una economía colectivizada y centralmente planificada sentó las bases para un progreso social enorme. La revolución permitió un avance exponencial en la situación de la mujer respecto a la condición miserable en la que vivían, arraigada en prácticas confucianas como el matrimonio forzado. Una nación que había sido expoliada y dividida por las potencias extranjeras logró unificarse (con la excepción de Hong Kong, Taiwán y Macao) y liberarse del yugo imperialista.
Sin embargo, la dirección del PCCh de Mao Zedong, una casta burocrática montada sobre el estado obrero, hizo que la revolución estuviera deformada desde el inicio. A diferencia de la Revolución de Octubre rusa de 1917, llevada a cabo por un proletariado con conciencia de clase dirigido por el internacionalismo bolchevique de V.I. Lenin y León Trotsky, la Revolución China de 1949 fue el resultado de una guerra de guerrillas campesina dirigida por las fuerzas nacionalistas estalinistas de Mao. Los regímenes de Mao y sus sucesores (incluido el actual, Xi Jinping), modelados a partir de la burocracia estalinista que usurpó el poder político en la Unión Soviética en 1923-24, han predicado la noción profundamente antimarxista de que el socialismo, una sociedad igualitaria y sin clases, basada en la abundancia material, puede construirse en un solo país. En oposición a la perspectiva de la revolución obrera internacional, el “socialismo en un solo país” siempre ha significado acomodarse al imperialismo mundial.
Un ejemplo notorio es la actitud de la dirección del PCCh con respecto al dominio de Gran Bretaña sobre Hong Kong. Durante la guerra civil que antecedió a la Revolución de 1949, Mao ordenó que las fuerzas del PCCh se detuvieran frente al Río Shenzhen, que separa Hong Kong del continente. A cambio, Gran Bretaña estuvo entre los primeros países en reconocer a la República Popular China. En 1959, Mao declaró: “Es mejor que Hong Kong se mantenga como está... Su estado actual todavía nos es útil”. En 1967, comunistas y dirigentes sindicales en Hong Kong organizaron un movimiento de protesta contra el dominio británico, coronado por huelgas a gran escala a lo largo de más de ocho meses. Esta lucha fue traicionada por el régimen maoísta, que prefería mantener relaciones amistosas con los colonizadores imperialistas.
Al mantener Hong Kong como un centro del capital financiero, Beijing otorga a la población ciertas libertades políticas que le niega a la población de la China continental. Estas libertades van de la mano con la reputación de Hong Kong como maquiladora de “cuello blanco”, en la que los oficinistas trabajan frecuentemente doce horas para recibir el salario de ocho. En el periodo previo a 1997, Hong Kong era un centro del comercio y la industria ligera, donde los obreros sufrían una explotación brutal, eran obligados a vivir en condiciones horrendas y carecían de los derechos más básicos. El 80 por ciento de los empleos en la manufactura han desaparecido de la ciudad desde el inicio de la década de 1990, conforme los capitalistas de Hong Kong han trasladado sus operaciones a la China continental. En una de las ciudades más caras del mundo, repleta de tiendas de diseñador y hoteles de lujo, un quinto de la población vive debajo de la línea de pobreza oficial. Para la mayoría de los jóvenes el porvenir pinta muy mal. Pero, mientras tanto, muchos funcionarios corruptos del PCCh continúan enriqueciéndose gracias a sus conexiones con los operadores financieros de Hong Kong.
La situación desesperada de los más de 300 mil trabajadores domésticos de Hong Kong —97 por ciento de ellos provenientes de Indonesia y las Filipinas— subraya de manera especialmente aguda la división de clases en el territorio. Después de vivir por siete años en Hong Kong, otros inmigrantes reciben el derecho al voto. No sucede lo mismo con los trabajadores domésticos. Sin recurso alguno contra los patrones violentos o abusivos, los trabajadores domésticos despedidos deben abandonar el país en un plazo de dos semanas. Como explicaba un artículo de Al Jazeera (30 de septiembre): “Los manifestantes en Hong Kong exigen democracia, pero no para sus trabajadores domésticos”. Nuestra exigencia de expropiar a los magnates de Hong Kong traza una aguda línea de clases contra los manifestantes proimperialistas y hace concreto el llamado por defender y extender las conquistas de la Revolución de 1949.
¡Por la democracia obrera, no la contrarrevolución capitalista!
La democracia capitalista es, en realidad, una de las formas políticas que asume la dictadura de la burguesía. Bajo este sistema, la clase obrera se ve reducida políticamente a individuos atomizados. La burguesía puede manipular eficazmente al electorado gracias a su control sobre los medios de comunicación, el sistema educativo y otras instituciones que forman la opinión pública. En todas las democracias capitalistas, los funcionarios del gobierno, elegidos o no, están esencialmente en el bolsillo de los bancos y las grandes corporaciones.
La democracia parlamentaria, que existe principalmente en los países imperialistas ricos, le da al grueso de la población la oportunidad de decidir cada cierto número de años qué representante de la clase dominante va a reprimirla. Como explicó Lenin en su polémica de 1918 La revolución proletaria y el renegado Kautsky:
“Mil obstáculos impiden a las masas trabajadoras participar en el parlamento burgués (que nunca resuelve las cuestiones más importantes dentro de la democracia burguesa: las resuelven la Bolsa y los Bancos) y los obreros saben y sienten, ven y perciben perfectamente que el parlamento burgués es una institución extraña, un instrumento de opresión de los proletarios por la burguesía, la institución de una clase hostil, de la minoría de explotadores”.
Lenin también enfatizó: “No hay estado, incluso el más democrático, cuya constitución no ofrezca algún escape o reserva que permita a la burguesía lanzar las tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc. ‘en caso de alteración del orden’ —en realidad, en caso de que la clase explotada ‘altere’ su situación de esclava e intente hacer algo que no sea propio de esclavos—”.
En su campaña por destruir al estado obrero degenerado soviético y a sus aliados en el bloque oriental, los imperialistas promovieron toda clase de fuerzas contrarrevolucionarias que agitaban la bandera de la “democracia” contra el “totalitarismo” estalinista. Su propósito era derrocar a los regímenes comunistas como fuera, incluidas las elecciones libres en las que los campesinos y otras capas pequeñoburguesas pudieran ser movilizadas junto con sectores de obreros políticamente atrasados contra el estado obrero. Cuando los regímenes estalinistas se acercaban al punto del colapso terminal, las elecciones de 1989 en Polonia llevaron al poder a un gobierno contrarrevolucionario encabezado por Solidarność, cuya consolidación marcó la restauración del dominio capitalista. Un suceso decisivo en la reunificación capitalista de Alemania en la primavera de 1990 fueron las elecciones que ganó la Unión Democrática Cristiana, el partido gobernante del imperialismo alemán.
Al resquebrajarse frente a la ofensiva capitalista, las burocracias estalinistas demostraron que no eran una clase propietaria, sino una casta frágil y contradictoria que descansaba sobre el estado obrero. Una condición clave para la victoria de la contrarrevolución en Europa del Este, Europa Central y en la propia Unión Soviética en 1991-92 fue que la clase obrera, desmoralizada y atomizada después de décadas de mal gobierno estalinista, no actuó para detener las fuerzas de la restauración capitalista y tomar el poder político en su propio nombre. Estas contrarrevoluciones constituyeron una derrota histórica para los trabajadores al nivel mundial. Millones de obreros en los antiguos estados obreros perdieron sus empleos y las prestaciones que tenían garantizadas, los derechos de las mujeres retrocedieron (por ejemplo, con la prohibición del aborto en Polonia) y los pueblos de la antigua Unión Soviética y Yugoslavia se vieron desgarrados por masivos baños de sangre nacionalistas. Mientras tanto, EE.UU. y otras potencias imperialistas se sintieron envalentonadas para extender sus depredaciones alrededor del mundo y contra la población trabajadora en sus propios países.
En China, una contrarrevolución capitalista significaría regresar a la esclavitud imperialista y la destrucción de conquistas sociales históricas. En respuesta a las aspiraciones de los trabajadores tanto en Hong Kong como en el continente de obtener derechos democráticos y un gobierno que represente sus intereses, los trotskistas retomamos el modelo del estado obrero soviético durante sus primeros años. Como explicó Lenin en una polémica contra Kautsky, un enconado opositor a la Revolución de Octubre: “El Poder soviético es el primero del mundo (mejor dicho el segundo, porque la Comuna de París empezó a hacer lo mismo) que incorpora al gobierno a las masas, precisamente a las masas explotadas”.
Una revolución política obrera en China pondría las decisiones sobre el rumbo de la economía y la organización de la sociedad en manos de consejos electos de obreros y campesinos, acabando con los malos manejos y la corrupción de la burocracia. Bajo la dirección de la gigantesca clase obrera china, los sectores no proletarios, como el campesinado, tendrían de hecho una mayor voz mediante su representación en esos consejos de la que tienen en cualquier república capitalista. China ha dado pasos gigantescos en términos de urbanización e industria en las últimas décadas, acumulando al mismo tiempo enormes reservas financieras. Sin embargo, el desarrollo de China en todas las áreas, y particularmente en términos de su actualmente atrasada agricultura, depende crucialmente de la revolución proletaria en los países capitalistas avanzados, que abriría el camino a una economía planificada mundial basada en los niveles más altos de tecnología e industria. Esta perspectiva trotskista, cuya premisa es la defensa incondicional del estado obrero chino contra los imperialistas y los enemigos de clase internos, no tiene nada en común con el programa de contrarrevolución “democrática” del campo proimperialista.
Lamebotas de los demócratas capitalistas
Uno de los ejemplos más flagrantes del apoyo a la causa burguesa en Hong Kong es el de Socialist Action [Acción Socialista], que, al igual que Socialist Alternative [Alternativa Socialista] en EE.UU., forma parte del Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT) de Peter Taaffe. Esta organización, con una reputación falsa de trotskista, tiene una larga y deplorable historia de apoyo a la contrarrevolución capitalista en nombre de la oposición a la dictadura. En la Unión Soviética, entre agosto y septiembre de 1991, los antecesores del CIT en la tendencia Militante se sumaron a las fuerzas de la restauración capitalista en las barricadas de Boris Yeltsin en Moscú. En contraste, nuestra internacional trotskista distribuyó decenas de miles de volantes llamando a los obreros soviéticos a aplastar las fuerzas contrarrevolucionarias dirigidas por Yeltsin y respaldadas por la Casa Blanca de George H.W. Bush.
El CIT, que descarta a China como capitalista y autoritaria, se encuentra entre los porristas más rabiosos del Movimiento Paraguas. Un artículo en China Worker (30 de septiembre) del CIT describe entusiasta la posibilidad de que “la lucha por la democracia se extienda a toda China; la chispa inicial muy bien podría darla el movimiento que protesta en Hong Kong”. ¡El CIT comparte con el Departamento de Estado estadounidense su deseo ferviente de que el movimiento a favor de la “democracia” sea utilizado contra la “dictadura del PCCh” en la China continental!
El CIT sugiere que el Movimiento Paraguas puede convertirse en un nuevo Tiananmen, en referencia a la revuelta entre mayo y junio de 1989 que sacudió a la China continental. Los partidarios de la “democracia” en Hong Kong organizan cada junio una enorme conmemoración del aniversario del levantamiento de Tiananmen, pintándolo como una protesta estudiantil a favor de la democracia capitalista contra el malvado régimen comunista. Nada podría estar más lejos de la verdad.
Los acontecimientos de 1989 alrededor de la Plaza Tiananmen comenzaron con una protesta estudiantil a favor de mayores libertades políticas y contra la corrupción de los altos mandos de la burocracia. Inicialmente, a la protesta se sumaron obreros individuales, pero pronto se unieron contingentes organizados de fábricas y otros lugares de trabajo; la elevada inflación y la creciente desigualdad, causadas por el programa burocrático de construir el “socialismo” a través de las reformas de mercado, empujaron a los obreros a la acción. Aunque algunos jóvenes aspiraban a una democracia capitalista estilo occidental, las protestas estuvieron dominadas por el canto de La Internacional —el himno internacional de la clase obrera— y otras expresiones de conciencia prosocialista.
Varias organizaciones obreras que surgieron durante las protestas tenían las características de los órganos embrionarios del poder obrero. “Cuerpos de piquetes obreros” y grupos “dispuestos a morir” basados en las fábricas se organizaron para defender a los estudiantes de la represión, en abierto desafío al decreto de ley marcial del régimen de Deng Xiaoping. Los grupos obreros empezaron a asumir la responsabilidad de la seguridad pública después de que el gobierno de Beijing se desvaneciera y la policía desapareciera de las calles. La participación del proletariado chino en las protestas, tanto en Beijing como a lo largo del país, fue lo que las convirtió en una revolución política incipiente. Después de estar paralizado durante semanas, el régimen del PCCh desató una sangrienta represión en Beijing entre el 3 y el 4 de junio.
Los obreros demostraron enorme capacidad de lucha y establecieron lazos con los soldados, algunos de los cuales se negaron a disparar sobre los manifestantes. Pero, por sí solos, no pudieron llegar al entendimiento de que era necesaria una revolución política para deshacerse del dominio deformante de la burocracia del PCCh. Para que la clase obrera adquiera esta conciencia es indispensable la intervención de un partido marxista revolucionario.
Los imperialistas no se detendrán hasta que hayan destruido al estado obrero chino y estén nuevamente en total libertad de saquear al país. El orden mundial capitalista, dominado por los imperialistas, con su impulso por controlar mercados y reducir el salario y los niveles de vida de los obreros, es incompatible con el desarrollo hacia el socialismo. Para abrir ese camino son indispensables revoluciones obreras en Japón, EE.UU. y otros países capitalistas avanzados. Para hacer este programa realidad buscamos unir las luchas de los obreros en los centros imperialistas con la defensa de las conquistas ya obtenidas, incluidas las de la Revolución China de 1949.■
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/43/hongkong.html
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2016.05.24 15:30 ShaunaDorothy Las "reformas de mercado" en China: Un análisis trotskista ¡Defender al estado obrero deformado chino! ¡Por la revolución política proletaria! (2 - 3) (Primavera de 2007)

https://archive.is/mnbfW
…e ideología maoísta-estalinista
Lippit señala que la economía china en la era de Mao estaba modelada institucionalmente en la de la Unión Soviética bajo Stalin y que “no existía siquiera una pista de control obrero en ninguno de los dos países”. Hart-Landsberg y Burkett no disputan lo anterior. Lo que encuentran atractivo en la China anterior a las “reformas” son ciertos elementos de la ideología maoísta tardía, notablemente el igualitarismo retórico asociado con la Revolución Cultural de 1966-76.
La grotescamente mal llamada “Gran Revolución Cultural Proletaria” fue lanzada por Mao para purgar el ala de la burocracia, dirigida por Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, que había dirigido a China durante su recuperación tras los devastadores resultados del “Gran Salto Adelante” de finales de los años 50. Esto último fue una aventura demente de autarquía económica, ejemplificada por los hornos de acero en los patios traseros, lo cual terminó en un colapso total y hambruna generalizada. Durante el destructivo frenesí de la Revolución Cultural, millones de estudiantes fueron movilizados como guardias rojos, supuestamente para luchar contra el burocratismo y los llamados “seguidores del camino capitalista”. En enero de 1967, cuando los obreros de Shanghai organizaron una huelga general para defender su nivel de vida junto con una huelga nacional de ferrocarriles, Mao mandó a los guardias rojos para aplastar las huelgas.
Durante la Revolución Cultural, el interés personal en lo material fue denunciado como una actitud “burguesa”. “Construir el socialismo” fue definido como cambiar la sicología social de las masas de manera que se identificaran con el bienestar colectivo (“servir al pueblo”). Un credo bien publicitado de un partisano maoísta en ese tiempo era: “Debo recordar las enseñanzas de Mao para elevar mis estándares políticos y bajar mis estándares de vida.”
Hart-Landsberg y Burkett no suscriben este tipo de ascetismo “socialista”. Pero sí divorcian la conciencia socialista de la superación de la escasez económica y el logro de la abundancia material en una sociedad comunista futura, con el efecto de contraponer el progreso tecnológico al desarrollo igualitario de la humanidad. En su réplica a Lippit y otros afirman:
“El desarrollo humano en la visión marxista no se funda simplemente en un mar de fuerzas productivas y bienes de consumo producidos por el capital, sino que ocurre en gran medida a través de la lucha de clases, entendida (mientras el capitalismo domine, al igual que después del establecimiento de la dictadura del proletariado) como una larga lucha por la desalienación de todas las condiciones de la producción.”
Significativamente, identifican aquí el incremento de las fuerzas productivas y la elevación de los niveles de consumo con el desarrollo capitalista. A diferencia de Hart-Landsberg y Burkett, los marxistas no contraponemos la lucha de clases al incremento de las fuerzas productivas de la sociedad. Justo lo contrario. La meta fundamental de la lucha de la clase obrera es derrocar el modo de producción capitalista y el sistema burgués de estado-nación que limitan las fuerzas productivas, y remplazarlos con una economía socialista internacionalmente integrada y planificada. Y la meta de esto último es crear una civilización comunista global en la cual todos los miembros de la sociedad tengan acceso a recursos materiales y culturales suficientes para realizar plenamente sus capacidades.
No es coincidencia que “China y el socialismo” fue primero publicado en el Monthly Review. Éste ha sido el principal periódico de los intelectuales izquierdistas estadounidenses de opiniones o simpatías maoístas desde los años 60, cuando su figura dirigente era Paul Sweezy. Sweezy declaró que “la experiencia de la Revolución China…ha mostrado que un bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas no es un obstáculo insuperable para la transformación socialista de las relaciones sociales” (Monthly Review, noviembre de 1974).
El marco completo para el debate actual entre Lippit y Hart-Landsberg/Burkett es fundamentalmente falso: que la opción es la integración en el mercado capitalista mundial o una forma u otra de autosuficiencia económica nacional seudoequitativa. Para Mao, la doctrina de la “dependencia en sí mismo” para “construir el socialismo” era una típica expresión estalinista de hacer de la necesidad una virtud. El socialismo, la etapa inferior del comunismo, presupone una sociedad igualitaria sin clases basada en la abundancia material. La noción de que el socialismo puede ser alcanzado en un país es profundamente antimarxista. El socialismo exige una economía internacionalmente planificada con el fin de dirigir los recursos productivos a una escala global. En realidad, el “socialismo en un solo país” en China, como en la URSS de Stalin y sus herederos, significaba oposición a la perspectiva de la revolución obrera internacional y una acomodación general al imperialismo mundial.
Cuando China entró a la Guerra de Corea a finales de 1950, los imperialistas estadounidenses y sus aliados como Japón impusieron un embargo comercial en su contra, prohibiendo la exportación de una amplia gama de productos industriales, especialmente equipo capitalista tecnológicamente sofisticado. Este embargo fue mantenido durante las siguientes dos décadas. Durante los años 50, la ayuda soviética y su comercio con China contribuyeron a su rápido desarrollo económico —al nivel de las tasas de crecimiento existentes—, particularmente la construcción de plantas industriales modernas a gran escala. Sin embargo, con la profundización de la grieta entre las dos burocracias nacionalistas en Beijing y Moscú, los dirigentes del Kremlin rompieron sus relaciones económicas con China a principios de los años 60. Fue entonces cuando Mao y sus ideólogos comenzaron a predicar la virtud de la “dependencia en sí mismo”, es decir, la autarquía económica nacional como un principio básico para “construir el socialismo”.
Sin embargo, unos pocos años después el clima político internacional cambió radicalmente en el momento en que China entró en una alianza estratégica con el imperialismo estadounidense contra el estado obrero degenerado soviético, simbolizada en 1972 con el abrazo de Mao al comandante en jefe de Estados Unidos, Richard Nixon, mientras los aviones de guerra estadounidenses bombardeaban Vietnam del Norte. La alianza de Beijing con Washington fue sellada con sangre con la invasión china de Vietnam en 1979. A cambio, los imperialistas abrieron sus mercados y fuentes de abastecimiento a China. En el último medio lustro de la era de Mao, el valor del comercio chino, principalmente con los países capitalistas avanzados, aumentó a más del doble, aunque desde un nivel muy bajo. Sin embargo, la postura ideológica de “dependencia en sí mismo” se mantuvo.
Hart-Landsberg y Burkett denuncian la estrategia de crecimiento basado en las exportaciones que China ha perseguido en las últimas décadas. Por supuesto, insisten en que no se oponen al comercio exterior como tal sino sólo al comercio exterior gobernado por las leyes de la rentabilidad capitalista: “El problema que encaran los obreros no es la producción para exportación por sí misma, sino la ausencia de alternativas a la actividad de exportación dirigida a la ganancia —alternativas que sirvan a las necesidades del desarrollo humano—” (énfasis en el original). Pero China existe en un mundo dominado por las corporaciones capitalistas, los bancos y los estados, de modo que sus exportaciones están necesariamente sujetas a las leyes del mercado mundial capitalista.
Como revolucionarios marxistas, no nos oponemos a las vastas relaciones económicas, por sí mismas, de China con el mundo capitalista a través del comercio y empresas conjuntas con las corporaciones occidentales y japonesas. Un gobierno basado en consejos obreros y campesinos en China, dirigido por un partido leninista-trotskista, trataría de utilizar el mercado mundial para acelerar el desarrollo económico. Pero al hacerlo restablecería el monopolio estatal del comercio exterior, mientras que renegociaría los términos de la inversión extranjera. Más fundamentalmente, un gobierno revolucionario socialista en China promovería activamente las revoluciones proletarias internacionalmente.
El verdadero crimen de la burocracia estalinista china —antigua y actual— es que ha ayudado a perpetuar y, de hecho, fortalecer el sistema capitalista-imperialista a escala global. En particular, China, tanto bajo Mao como bajo Deng, fue un componente estratégicamente importante en la alianza dirigida por EE.UU. contra la Unión Soviética durante las últimas dos décadas de la Guerra Fría. Así, los estalinistas chinos tienen responsabilidad directa y no poca por la destrucción contrarrevolucionaria de la URSS, una derrota histórico-mundial para el proletariado internacional.
En el periodo postsoviético, el régimen del PCCh ha continuado acomodándose a los intereses y aspiraciones del imperialismo estadounidense. Así, el gobierno de Hu Jintao ha endosado la “guerra contra el terrorismo” global de Bush, la justificación política para la invasión y ocupación estadounidense de Irak y Afganistán y las actuales amenazas militares contra Irán, el segundo abastecedor de petróleo a China. Beijing ha colaborado con Washington y Tokio al fungir como agente en las “negociaciones” dirigidas a detener el desarrollo de armas nucleares por parte de Corea del Norte. Cualquier debilitamiento de la defensa del estado obrero deformado norcoreano contra el militarismo imperialista redundará en contra de China. Mientras que se quejan amargamente por las relaciones comerciales de China con el mundo capitalista, Hart-Landsberg y Burkett no hacen mención de los verdaderos crímenes de la burocracia estalinista china —desde Mao, pasando por Deng y hasta Hu Jintao— contra el proletariado internacional. En total contraste con los pasados y presentes burócratas estalinistas de Beijing, entre las primeras acciones tomadas por Lenin, Trotsky y los demás dirigentes bolcheviques de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia estuvo forjar la Internacional Comunista como el instrumento necesario para dirigir revoluciones proletarias en contra del rapaz sistema capitalista.
En “China y el socialismo”, Hart-Landsberg y Burkett tenían muy poco qué decir sobre China en la era de Mao, y lo poco que dijeron es confuso y contradictorio. Concluyen que “al momento de la muerte de Mao en 1976, el pueblo chino estaba lejos de alcanzar las promesas del socialismo”. Pero, dado que su tema principal es que el capitalismo ha sido “restaurado” en China, claramente consideran a la China de Mao socialista en cierto modo y cualitativamente diferente y mejor de lo que existe en China hoy. En su respuesta a Victor Lippit escriben sobre “el camino por el que China se aleja del socialismo”.
Por su parte, en la mesa redonda sobre “China y el socialismo” cuya transcripción apareció en Critical Asian Studies (37:3 [2005]), Lippit argumentó: “Ese sistema no puede llamarse ‘socialismo’; yo prefiero usar el término ‘estatismo’.” Más aún, sostiene que el socialismo no es posible en la época histórica actual, especialmente en países económicamente atrasados. Al igual que Hart-Landsberg y Burkett, tampoco él define qué entiende por socialismo. Por el contexto, es claro que se refiere a algo parecido al comunismo pleno: una sociedad en la que la productividad del trabajo haya alcanzado un nivel suficiente para superar la escasez económica.
Pese a su declarada adhesión a un marco teórico marxista, Hart-Landsberg y Burkett evidentemente no consideran que la noción de dictadura del proletariado sea relevante para entender la China posterior a 1949. Sin embargo, Karl Marx desarrolló esta noción para explicar una sociedad posrevolucionaria que aún estuviera caracterizada por la desigualdad y la escasez económica, el trabajo asalariado diferenciado y un aparato estatal coercitivo:
“De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede. Congruentemente con esto, en ella el productor individual obtiene de la sociedad —después de hechas las obligadas deducciones— exactamente lo que le ha dado…
“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”
—Crítica del programa de Gotha (1875); énfasis en el original
Claramente, la República Popular China era y es, desde Mao Zedong hasta Hu Jintao, muy diferente de la noción normativa de dictadura del proletariado desarrollada por Marx en la segunda mitad del siglo XIX. China es un estado obrero nacionalmente aislado y gobernado burocráticamente en un país económicamente atrasado que enfrenta estados capitalistas-imperialistas hostiles y más poderosos.
Como es bien sabido, Karl Marx y Friedrich Engels pensaban que las revoluciones obreras ocurrirían primero en Europa Occidental para extenderse luego a Norteamérica. Así pues, preveían que la dictadura del proletariado sería una transición al socialismo relativamente breve y armoniosa. El curso real de la historia, a partir de la primera revolución socialista exitosa en la Rusia económicamente atrasada de 1917, resultó más complejo y contradictorio. Sin embargo, el partido bolchevique de V.I. Lenin y León Trotsky jamás pensó que el socialismo pudiera construirse en Rusia sola. De hecho, dirigieron toda su actividad, desde la fundación de la III Internacional en adelante, a la construcción de partidos obreros revolucionarios en todo el globo que dirigieran la lucha por el derrocamiento proletario del dominio capitalista internacionalmente.
Sin embargo, el fracaso de la revolución internacional, particularmente la derrota de la revolución alemana de 1923, y el creciente aislamiento de la joven república obrera soviética, combinados con la devastación de la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil, sentaron las bases materiales para el crecimiento del burocratismo nacionalista. Comenzando en 1923-24, la Unión Soviética sufrió una degeneración burocrático-nacionalista bajo el dominio cada vez más despótico de Stalin. Sin embargo, el poder global soviético siguió siendo un contrapeso parcial al imperialismo mundial, lo que hizo posible la Revolución China de 1949 y la consolidación del estado obrero burocráticamente deformado que de ella emergió. Durante la Guerra de Corea a principios de los años 50, los gobernantes estadounidenses no sólo amenazaron con usar armas atómicas contra la China Roja, sino que de hecho lo consideraron. Si no lo llevaron a cabo fue básicamente por miedo a que esto llevara a una guerra con la URSS nuclearmente armada.
La victoria de los “ejércitos rojos” de base campesina y dirigidos por los comunistas sobre el nacionalista-burgués Guomindang en 1949 destruyó el aparato militar del estado capitalista semicolonial chino. Chiang Kai-shek y sus esbirros huyeron con lo que quedaba de sus fuerzas armadas a la isla de Taiwán bajo la protección del imperialismo estadounidense. El nuevo régimen del PCCh estableció inmediatamente el monopolio del poder y la organización políticos. Así, la burguesía china fue expropiada políticamente, y unos cuantos años después la economía fue nacionalizada. Al mismo tiempo, cualquier movimiento de la clase obrera rumbo a una actividad política independiente fue despiadadamente reprimido. Mao y sus colegas procedieron a construir un estado que en sus estructuras políticas y económicas básicas seguía el modelo de la Unión Soviética bajo Stalin.
La China de Mao: Ideología y realidad
Durante los años 60, el maoísmo, con sus llamados al igualitarismo, sus movilizaciones de masas y sus incentivos morales y no económicos, resultó atractivo para muchos intelectuales izquierdistas alrededor del mundo. Hart-Landsberg y Burkett reflejan esa actitud, aunque son mucho más críticos con la China de Mao de lo que fue la generación anterior de intelectuales maoístas occidentales, como Paul Sweezy. De todas formas, dicen que la China de la época de Mao “alcanzó el pleno empleo, la seguridad social básica y una igualdad generalizada para el pueblo trabajador chino”.
Ciertamente, la distribución del ingreso en China era mucho más igualitaria que en los países capitalistas neocoloniales de Asia como la India o Indonesia. Pero no era más igualitaria que la de la Unión Soviética en ese periodo y, en ciertos aspectos, incluso lo era menos. A mediados de los años 50, China instituyó una estructura de salarios en las empresas estatales basada en la de la Unión Soviética, la cual se mantuvo a lo largo de toda la época de Mao. La proporción entre el ingreso del rango administrativo más alto y el del rango obrero más bajo era de quince a uno. Además, igual que en la URSS, los funcionarios de alto nivel del partido y del gobierno, los gerentes de empresas y similares en China podían suplementar su ingreso oficial con diversas formas de parasitismo y corrupción, y lo hacían.
La creciente brecha socioeconómica entre la China rural y la urbana no comenzó con las “reformas” enfocadas al mercado de Deng Xiaoping. En los últimos años de la era de Mao, esta brecha ya era pronunciada. Entre 1952 y 1975, el promedio de consumo per cápita de la población no agraria aumentó en un 83 por ciento, comparado con 41 por ciento para los trabajadores rurales (Carl Riskin, China’s Political Economy: The Quest for Development since 1949 [Economía política de China: La búsqueda del desarrollo desde 1949], 1987). En 1980 (al inicio de la era de “reformas”), los citadinos consumían 60 por ciento más grano alimenticio per cápita y comían casi dos y media veces más carne que los miembros de las comunas rurales. Las diferencias en la posesión de bienes de consumo manufacturados (como relojes de pulsera, máquinas de coser, radios) era aun mayor. En conjunto, el consumo promedio en la China urbana era de dos a tres veces mayor que el del campo.
En contraste, en la Unión Soviética de las décadas de 1960 y 1970 hubo una notable disminución en la brecha de los estándares de vida de las poblaciones urbana y rural. Una amplia fracción de las granjas colectivas se transformó voluntariamente en granjas estatales cuyos trabajadores recibían salarios y prestaciones uniformes que no dependían de la fluctuante producción agrícola ni de los precios de abastecimiento del gobierno. Para principios de los años 80, los ingresos de un granjero de la URSS de hecho aumentaban más rápidamente que los de los trabajadores de las fábricas y oficinas. Este grado mayor de igualitarismo fue posible sólo porque la Unión Soviética ya había alcanzado un nivel productivo muy superior al de China.
La estrategia económica de la burocracia del PCCh durante la era de Mao fue básicamente similar a la de la Rusia de Stalin en los años 30. Los niveles de consumo tanto de los obreros como de los campesinos se mantuvieron bajos para maximizar el excedente económico, para luego concentrarlo e invertirlo en la industria pesada. Entre 1952 y 1975, el crecimiento industrial promedió un once por ciento anual. Al principio de este periodo, la producción industrial constituía el 20 por ciento del producto material neto de China; al final, la cifra era del 45 por ciento. La construcción de un sector de industria pesada sustancial y relativamente moderno durante la era de Mao sentó las bases para las altas tasas de crecimiento económico y la mejora general de los niveles de vida bajo Deng y sus sucesores. Sin embargo, la naturaleza de esta inversión industrial, que requiere mucho capital, limitó la expansión de la clase obrera urbana y la correspondiente reducción en el peso social del campesinado. Entre 1952 y 1975, el componente no agrícola de la fuerza de trabajo aumentó sólo del 16 al 23 por ciento.
Para los últimos años de la era de Mao, la estrategia económica del régimen encontraba cada vez más obstáculos y contradicciones, generando descontento popular. Debido en buena medida a las ineficiencias del comandismo burocrático, la productividad del trabajo se estancó desde mediados de los años 50, aumentando menos de uno por ciento anual. Para compensar esto, una porción cada vez mayor del ingreso nacional se invirtió en la industria pesada, aumentando del 24 por ciento, a mediados de los años 50, a 33 por ciento a principios de los 70. Los enormes recursos económicos destinados a la expansión industrial fueron extraídos del campesinado mediante fuertes gravámenes y entregas obligatorias de grano y otros productos agrícolas a precios artificialmente bajos. Además, los sueldos reales de los trabajadores urbanos fueron básicamente congelados por dos décadas. El intelectual de izquierda estadounidense Maurice Meisner, que en general es muy favorable a la China de Mao, reconoció sin embargo:
“Conforme el consumo y los estándares populares de vida sufrían, la tasa de acumulación se alzaba para mantener el alto ritmo de desarrollo de la industria pesada. Sin verdaderas conquistas en la productividad, es poco probable que estos altos niveles de acumulación e inversión pudieran haberse sostenido mucho más tiempo sin empobrecer más a la población.”
—The Deng Xiaoping Era: An Inquiry into the Fate of Chinese Socialism, 1978-1994 [La era de Deng Xiaoping: Una investigación sobre el destino del socialismo chino, 1978-1994] (1996)
En su condena de China durante la era de “reformas”, Hart-Landsberg y Burkett atribuyen una gran importancia a la eliminación del empleo garantizado de por vida en las empresas estatales como paso decisivo hacia la supuesta restauración del capitalismo. En su respuesta a Lippit, escriben: “Esa inseguridad material es, de hecho, la esencia de la separación social que hace el capitalismo entre los obreros y las condiciones de su producción.”
Ciertamente, los obreros chinos consideraban el empleo y las prestaciones garantizados de por vida (llamados el “tazón de arroz de hierro”) como una de las principales conquistas sociales de la Revolución de 1949. Sin embargo, un país tan pobre y económicamente atrasado como China obviamente no podría emplear a cientos de millones de campesinos en empresas industriales estatales, mucho menos de por vida y con un nivel de salarios y prestaciones de dos a tres veces superiores al ingreso de los miembros de las comunas campesinas.
Para mantener el orden social, el régimen del PCCh de la época de Mao impedía por la fuerza que los campesinos migraran a las ciudades en busca de empleos. Además, el régimen no le daba empleo en el sector estatal a todos los miembros de la creciente fuerza de trabajo urbana. Durante la Revolución Cultural, cerca de 17 millones de jóvenes urbanos recién graduados fueron separados por la fuerza de familia y amistades y enviados a comunas rurales. De haber tenido opción, ¿cuántos de estos jóvenes creen Hart-Landsberg y Burkett que hubieran optado por trabajar en una granja colectiva en lugar de aceptar casi cualquier trabajo en la ciudad en la que vivían, aun sin la garantía vitalicia y a sueldos inferiores a la norma? Para los últimos años de la era de Mao, las comunas rurales se habían convertido en una reserva masiva de desempleo y subempleo disfrazados.
Parte del propósito de la Revolución Cultural fue empobrecer las condiciones de vida de la clase obrera en nombre de un espurio “igualitarismo socialista”. Además, el empleo garantizado de por vida en una empresa dada no era económicamente racional e impedía cada vez más maximizar la productividad del trabajo mediante nuevas inversiones. Un gran sector de la planta industrial china fue construida durante el primero (y más exitoso) de los planes quinquenales a mediados de los años 50. Este plan incluyó la tecnología más avanzada entonces disponible para China a través de la Unión Soviética. Para los años 70, muchas empresas industriales se habían vuelto tecnológicamente obsoletas. Maximizar la productividad del trabajo para un nivel dado de inversión requería cerrar algunas empresas y remplazarlas con otras nuevas o reequiparlas con nuevas tecnologías que ahorraran trabajo. En cualquier caso, un gran número de los empleos específicos existentes sería eliminado.
Un gobierno genuinamente socialista reemplearía a los trabajadores redundantes en algún otro lado con salarios y prestaciones comparables, proporcionando a costa del estado el traslado y la nueva capacitación. Desde luego, no fue esto lo que hicieron Deng y sus sucesores. Los obreros despedidos de las empresas estatales fueron dejados a su suerte, y muchos sufrieron una verdadera pauperización. Pero, una vez más, el régimen de Mao efectivamente logró mantener congelados los salarios reales por dos décadas mediante el comandismo burocrático y la represión de estado policiaco.
Las reformas orientadas al mercado iniciadas por Deng fueron un intento de solucionar las ineficiencias del comandismo burocrático sin salir del marco del bonapartismo estalinista. Como escribimos en los años 80:
“Dentro del marco del estalinismo, hay pues una tendencia inherente a remplazar la planificación y la administración centrales con mecanismos de mercado. Dado que los gerentes y los obreros no pueden ser sometidos a la disciplina de la democracia soviética (consejos obreros), la burocracia tiende a ver cada vez más la sujeción de los actores económicos a la disciplina de la competencia de mercado como la única respuesta a la ineficiencia económica.”
—“Por la planificación central mediante la democracia soviética”, WV No. 454, 3 de junio de 1988; reimpreso en el folleto “Market Socialism” in Eastern Europe [El “socialismo de mercado” en Europa Oriental] (julio de 1988)
Contradicciones de la era de “reformas”
A la muerte de Mao, si bien China había construido un sector industrial pesado sustancial y relativamente moderno, seguía siendo un país predominantemente rural y campesino. Más de tres cuartas partes de la fuerza de trabajo estaban involucradas en granjas y más del 80 por ciento de la población vivía en el campo. Uno de los incentivos para las “reformas de mercado” fue que la producción agrícola no había podido seguirle el ritmo al crecimiento industrial; de hecho, el bajo nivel de productividad agrícola era una barrera fundamental a una industrialización rápida y vasta. Hoy, más del 50 por ciento de la fuerza de trabajo está empleada en el sector manufacturero, la construcción, el transporte y el sector de servicios, y 40 por ciento de la población es urbana. Desde un punto de vista marxista, éste es un suceso progresista de importancia histórica, como también lo es la expansión correspondiente cuantitativa y cualitativa de la capacidad industrial de China.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/27/china.html
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2016.05.21 16:41 ShaunaDorothy ¡Forjar un partido leninista-trotskista! Se derrumba el régimen del PRI - ¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD! - ¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués, enemigo de explotados y oprimidos! (2000) (1 - 2)

https://archive.is/NR7fx
¡Forjar un partido leninista-trotskista! Se derrumba el régimen del PRI ¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD! ¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués, enemigo de explotados y oprimidos!
Reproducido de Espartaco No. 14, otoño-invierno de 2000.
Tras la victoria electoral de Vicente Fox Quesada del PAN, el próximo 1° de diciembre terminarán siete décadas de dominio del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Después de su derrota electoral en la presidencia, el PRI ha perdido también una miríada de gobiernos municipales y gubernaturas, y se enfrenta ahora a una desbandada. Grupos internos del PRI exigen la expulsión de Zedillo, mientras que el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) anterior, casi en su totalidad, ha sido reemplazado. Los conflictos internos del PRI fueron externados de manera sangrienta por la trifulca en Chimalhuacán, Estado de México, entre dos fracciones priístas, Antorcha Popular y el grupo de “La Loba”, dejando un saldo de varios muertos, en una lucha por el control del municipio. El Ejército y la Armada se ven envueltos en distintos escándalos relacionados con el narcotráfico, mientras que varios ex funcionarios priístas enfrentan procesos penales o se encuentran prófugos. A su vez, el burgués nacionalista PRD quedó muy atrás en los resultados electorales, perdiendo algunos de sus bastiones más importantes. A duras penas consiguió conservar la jefatura de gobierno en la Ciudad de México. Ante su derrota, el PRD trata ahora de posar como una “oposición firme” al derechista y clerical PAN.
En reuniones con empresarios canadienses, Fox anunció sus planes de “apertura completa”; es decir, privatización de las industrias petroquímica y eléctrica, con perspectivas a formar un mercado común norteamericano al estilo de la Unión Europea. El imperialismo estadounidense está lejos de sentirse contento con la idea de un mercado común bajo esos términos. Y Fox encontrará muchos problemas al tratar de introducir sus planes proimperialistas en México. Según el periódico burgués perredista La Jornada (18 de agosto), 75 millones (es decir, cerca del 75 por ciento de la población) de mexicanos viven en la pobreza. Tras la ruptura de la huelga de la UNAM, que pola- rizó profundamente a la sociedad mexicana durante casi diez meses, la burguesía enfrenta aún el problema representado por la persistencia de la guerrilla campesina del EZLN y continuas manifestaciones de descontento entre la clase obrera, los campesinos, los maestros, los estudiantes y otros. La reciente huelga de VW —declarada inexistente por la Junta de Conciliación y Arbitraje—, la huelga de sobrecargos de aviación, requisada por el gobierno, la huelga de los azucareros del año pasado, la huelga en la compañía automotriz DINA, así como otras recientes y emplazamientos a huelga diversos, como el del STUNAM en demanda del 50 por ciento de aumento salarial, muestran que existe mucha efervescencia y ánimo de lucha en la clase obrera. Los trabajadores reconocen que han habido cambios importantes en la estructura política en México y tienen grandes expectativas de finalmente satisfacer las necesidades diarias para ellos y sus familias. Pero cualquier ilusión en que la elección del PAN es una indicación de las “convicciones democráticas” de la burguesía es una ilusión mortal. En este país no puede existir ninguna democracia burguesa estable. La debilidad de la propia burguesía mexicana, subordinada al imperialismo y tratando de controlar al proletariado, le impide darse ese lujo, propio de las burguesías de los países desarrollados.
Los espartaquistas guiamos nuestra lucha por la revolución socialista en México mediante la perspectiva trotskista de la revolución permanente. Los países de desarrollo capitalista atrasado, como México, se caracterizan por un desarrollo desigual y combinado, en donde las formas más modernas de explotación capitalista coexisten con los métodos de producción más primitivos. La burguesía nacional es simplemente demasiado débil y subordinada al imperialismo como para resolver tareas democráticas elementales, como la solución del problema agrario, los derechos de la mujer, la educación gratuita, la emancipación nacional, etc. En contraste, el imperia-lismo ha creado un poderoso y joven proletariado, cuyos números y cohesión han crecido junto con la inversión imperialista. El capitalismo genera así a su propio sepulturero. Corresponde al proletariado satisfacer esas demandas democráticas mediante la instauración de su propio régimen de clase proletario a través de una revolución socialista, arrastrando tras de sí a las masas de pobres y oprimidos del campo y la ciudad, luchando por extender la revolución internacionalmente, especialmente al poderoso proletariado multirracial estadounidense.
Muchos de quienes votaron por el PAN lo hicieron con tal de sacar al PRI de la presidencia, y no por devoción a la política derechista y reaccionaria de este partido, principal vocero del llamado “neoliberalismo”. La burguesía y sus medios de comunicación tratan de pintar la llegada del PAN al poder como la consolidación de la “democracia” en México. En realidad, el triunfo del PAN presagia ataques frontales contra los trabajadores, las mujeres y las minorías. Un acalorado debate a nivel nacional ha hecho erupción sobre los ataques del PAN en torno al aborto. Así, desde Baja California —con el caso de Paulina, la adolescente que fue obligada por el gobierno panista y la iglesia a dar a luz a un niño producto de una violación— hasta Guanajuato —con las reformas que penalizaban el aborto en casos de violación, finalmente vetada por el gobernador ante la presión de la opinión pública—, la política reaccionaria y misógina del PAN se está haciendo sentir. Mientras tanto, tratando de aprovechar la situación para recuperar los adeptos que ha perdido, el PRD ha adoptado una pose de “amigo” de las mujeres, mediante la introducción de la llamada “Ley Robles”, que acepta como casos de aborto legal cuando haya malformación del producto y peligro para la mujer. La tímida y patética oposición del PRD al PAN y a la iglesia ni siquiera empieza a dirigirse a las necesidades de las mujeres en el México de hoy. Reconociendo la estrechez de las mismas, defendemos estas leyes contra los ataques de los reaccionarios. Pero, a pesar de su ocasional retórica “populista”, el PRD es un partido burgués, sostén del sistema de explotación capitalista y dominio imperialista. Los espartaquistas luchamos por: ¡Aborto gratuito para quien lo solicite! ¡Plenos derechos democráticos para los homosexuales!
La opresión de la mujer tiene raíz en el sistema de explotación capitalista y, por tanto, darle fin no es una tarea separada de la lucha por la emancipación proletaria. La lucha por la emancipación de la mujer tiene un carácter estratégico para la revolución socialista en México, donde la inversión imperialista ha integrado a cada vez mayores números de mujeres al proceso productivo como proletarias, sobre todo en las maquiladoras del norte del país. Ganándolas al programa de la revolución socialista, estas mujeres proletarias serán combatientes de vanguardia por la emancipación social de todos los trabajadores y oprimidos en México. ¡Liberación de la mujer mediante la revolución socialista! (ver artículo “¡Aborto libre y gratuito!” en este mismo número).
El proletariado mexicano debe pasar de ser una clase en sí; es decir, una definida simplemente por su relación con los medios de producción, a una clase para sí: consciente de que debe tomar el poder y crear una sociedad socialista donde quienes trabajan gobiernen. El instrumento indispensable para forjar esta conciencia en la clase obrera es un partido leninista-trotskista. El principal obstáculo en México a la adquisición de la conciencia revolucionaria en el proletariado es la ideología del nacionalismo burgués impulsada desde la Revolución Mexicana, que pretende borrar la división fundamental de la sociedad en clases con intereses antagónicos, presentando a explotadores y explotados como simples “mexicanos” oprimidos por el imperialismo yanqui. El Grupo Espartaquista de México, sección de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista), se ha fijado el objetivo de forjar un partido revolucionario internacionalista capaz de dirigir a la clase obrera al poder.
¡Romper el grillete corporativista
sobre los sindicatos!
En México la principal central obrera, la Confederación de Trabajadores de México (CTM) ha permanecido atada directamente al estado capitalista a través del partido que estuvo en el poder por más de 71 años, el PRI, el partido oficial gobernante que ha apuntalado su dominio con la mitología de la Revolución Mexicana, tratando de aparentar ser el partido que representa al pueblo mexicano y sus intereses.
El corporativismo es la organización de la sociedad dentro de corporaciones o “sectores” sociales. En México, los sindicatos de la CTM son parte orgánica de un partido político burgués, el cual, además, fue durante décadas el partido gobernante de un estado esencialmente unipartidista. Desde el tiempo en que surgieron estuvieron intrínsecamente subordinados al partido gobernante de la burguesía. Nos oponemos al corporativismo como una de las formas más abiertas de subordinación del proletariado a la burguesía. El corporativismo mexicano atañe a todos los sindicatos, no sólo a la CTM y demás sindicatos priístas. Las mismas leyes del Artículo 123 se aplican a todos los sindicatos, como hemos visto muy concretamente en el caso de la huelga reciente en Volkswagen, declarada “inexistente” por la Junta de Conciliación y Arbitraje. Aquí vemos que al final el estado regula la vida de todos los sindicatos, no sólo los de la CTM. A pesar del resquebrajamiento del corporativismo priísta, no ha existido por parte del proletariado una lucha abierta al control de la clase capitalista. Esto se debe a la hegemonía del nacionalismo burgués en la clase obrera, apuntalado por las burocracias sindicales, los lugartenientes del capital en el movimiento obrero. Como explicamos en Espartaco núm. 10: “Pero en la ausencia de un partido revolucionario luchando por la independencia política de la clase obrera, los trabajadores y sus organizaciones continuarán siendo juguetes para las ambiciones parlamentarias de los políticos burgueses nacionalistas. Mientras Cárdenas busca generar una cara más ‘populista’ y ‘nacionalista’ para el régimen de la austeridad burguesa, puede contar con el apoyo de los sindicatos ‘independientes’.”
Los burócratas sindicales de la CTM dirigen típicamente con el puño de acero de la represión. Los sindicatos llamados “independientes” son, de hecho, más democráticos, y nosotros los marxistas ciertamente no somos indiferentes a eso. Sin embargo, estos líderes de los sindicatos “independientes” atan a los trabajadores a la burguesía mexicana a través de otros medios, mediante la ideología del nacionalismo e ilusiones en la reforma “democrática” del estado capitalista. Los revolucionarios buscamos intervenir en los sindicatos para remplazar a las direcciones burocráticas y nacionalistas con una dirección opuesta a todos los partidos de la burguesía.
En su folleto “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” (1940), Trotsky explica:
“Como en los países atrasados el papel principal no lo juega el capitalismo nacional sino el extranjero, la burguesía nacional ocupa, en cuanto a su ubicación social, una posición muy inferior a la que corresponde al desarrollo de la industria. Como el capital extranjero no importa obreros sino proletariza a la población nativa, el proletariado nacional comienza muy rápidamente a jugar el rol más importante en la vida nacional. Bajo tales condiciones, en la medida en que el gobierno nacional intenta ofrecer alguna resistencia al capital extranjero, se ve obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado. En cambio los gobiernos de países atrasados que consideran inevitable o más provechoso marchar mano a mano con el capital extranjero destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario. De modo que la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado corta de raíz toda posibilidad de un régimen democrático estable. El gobierno de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asume en general un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren entre sí en que algunos tratan de orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientras que otros implantan una cerrada dictadura policíaco-militar. Esto determina también la suerte de los sindicatos: o están bajo el patrocinio especial del estado o sujetos a una cruel persecución. Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas del imperialismo, y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo el control de una burocracia.”
En parte, Trotsky escribió lo anterior basado directamente en el caso de México en ese tiempo. Muchos mexicanos miran con nostalgia las reformas realizadas bajo Cárdenas. Lo que es importante entender, sin embargo, es precisamente la continuidad del estado mexicano actual con el periodo de Cárdenas. En su folleto, Trotsky está describiendo la estructuración social en México bajo Cárdenas. Durante cincuenta años nada cambió esencialmente en la forma en que los sindicatos y el estado mexicanos están organizados y cómo funcionan.
Trotsky explica que el hecho de que el papel principal en los países coloniales y semicoloniales lo desempeña no el capitalismo nativo, sino el imperialista, no niega sino que, al contrario, refuerza la necesidad de los lazos directos con el estado. Esta es la base social más importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y los países atrasados en general. Trotsky enfatiza:
“¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semiindependientes. Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista sino que se planteen como tarea directamente el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser, en la práctica, los organismos de la revolución proletaria.
“En realidad, la independencia de clase de los sindicatos, en cuanto a sus relaciones con el estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales una dirección de la Cuarta Internacional.”
Revolución permanente
vs. nacionalismo cardenista
Ante el fin del dominio del PRI, México está pasando por cambios políticos importantes. Para los marxistas revolucionarios, es necesario obtener las lecciones del pasado para comprender el presente y poder dirigir las luchas del proletariado a la victoria.
La Revolución Mexicana de 1910-20 fue una confirmación por la negativa de la teoría de Trotsky de la revolución permanente. Las relaciones políticas y sociales en el país estaban insuficientemente maduras para poner al proletariado en el poder como el dirigente de las masas populares. Por tanto, la Revolución Mexicana produjo sólo resultados muy parciales dirigidos enteramente en contra de las masas obreras. Los constitucionalistas, los burgueses triunfantes que emergieron de la revolución fueron incapaces de realizar los propósitos de una revolución nacional democrática. Tenían que enfrentar no sólo la oposición de las alas recalcitrantes de la burguesía y la iglesia católica, sino al reto constante del proletariado en las ciudades y el campesinado empobrecido en el campo, zigzagueando continuamente en cuanto a su política respecto al imperialismo estadounidense. Hacia el final de la Revolución Mexicana, el capital estadounidense había, de hecho, fortalecido su grillete económico sobre el país a expensas de sus rivales imperialistas.
Tanto para alcanzar la victoria en la guerra civil contra Villa y Zapata, como para consolidar su dominio en la secuela de la revolución, los constitucionalistas tuvieron que apoyarse en el proletariado para obtener un apoyo político y militar —al mismo tiempo subordinando políticamente a la clase obrera a su dominio—. La primera federación obrera mexicana post-revolucionaria, la Confederación Regional de Obreros de México (CROM) ilustra este punto.
La convención de fundación de la CROM fue convocada y financiada bajo los auspicios del gobierno para minar a la Casa del Obrero Mundial. Mientras que el programa de la CROM aprobado en dicha convención se oponía a cualquier cooperación con el gobierno (¡!), bajo la dirección de Luis Morones, la CROM rápidamente se convirtió en un aliado servil del gobierno —dependiente de los subsidios del gobierno a manera de “coutas”—.
Poco después de haber fundado la CROM, en 1919 Morones y sus secuaces lanzaron el Partido Laborista Mexicano (PLM), para apoyar la candidatura presidencial del general constitucionalista Alvaro Obregón. Pero aun antes de que el PLM fuese proclamado, la CROM había negociado con Obregón un acuerdo para que éste creara una secretaría del trabajo dirigida por “una persona cercanamente identificada con los intereses de los trabajadores” y que a la CROM se le otorgaría un estatus y acceso especiales para recibir apoyo y facilidades estatales. Durante la competencia electoral de 1920 la CROM dio apoyo militar a Obregón en su lucha exitosa para eliminar a su rival, el presidente Venustiano Carranza, quien huyó de la Ciudad de México y poco después fue ejecutado por tropas leales a Obregón.
Una vez en el poder, Obregón no cumplió su promesa de una secretaría del trabajo. No obstante, dejó muchos departamentos gubernamentales bajo el control de la CROM y el PLM, y permitió que los jefes de estos departamentos recaudaran “contribuciones espontáneas” de sus empleados para beneficio directo del PLM y la CROM, incluyendo especialmente a sus dirigentes. Al mismo tiempo, Obregón presurosamente creó el Partido Nacional Agrarista (PNA) como un contrapeso del PLM.
En 1924 hizo erupción un nuevo enfrentamiento armado dirigido por Adolfo De la Huerta, antiguo aliado de Obregón, cuando éste decidió designar a Plutarco Elías Calles como su sucesor, quien era considerado por hacendados y jerarcas católicos un “radical”. Obregón había perdido popularidad en el ejército debido a cortes en el presupuesto militar.
Los obregonistas ganaron una victoria sobre De la Huerta debido al apoyo estadounidense —los obregonistas recibieron armas, mientras que las fuerzas de De la Huerta fueron sujetas a un bloqueo—. Además, Obregón tenía el apoyo de milicias campesinas organizadas en el Partido Nacional Agrarista y obreros armados de la CROM. Junto con regimientos del ejército leales al régimen, aplastaron la revuelta a un costo de 7 mil muertos.
Similarmente, Calles movilizó a los campesinos agraristas para ayudar a aplastar a las guerrillas fundamentalistas católicas de la Cristiada, al tiempo que usaba su control sobre la CROM de Luis Morones como base de apoyo contra fracciones burguesas rebeldes y contra toda disidencia obrera. Durante el régimen de Calles, la CROM acordó un “pacto social” con el estado: a cambio de curules, puestos en el gobierno y la aprobación del gobierno en campañas de organización sindical, la CROM asistió en la persecución de izquierdistas y disidentes y la ruptura de huelgas, como la de ferrocarrileros en 1926.
Calles buscó exitosamente enfrentar entre sí a sectores de la clase obrera cuando, en 1928, la dirigencia de la CROM, desacreditada por su tan cínicamente abierta colaboración de clases, buscó mejorar su reputación ante los ojos de la clase obrera, renegando de su “pacto social” con el gobierno; el gobierno respondió cortando los fondos de la CROM y apoyando —durante un periodo muy efímero— a grupos obreros disidentes. Los conflictos desembocaron en enfrentamientos armados entre la CROM y los grupos obreros disidentes. Calles, a través de su títere Emilio Portes Gil, atacó a los últimos. Con la Cristiada sofocada, cualquier amenaza de su mentor, antiguo jefe y rival Obregón eliminada, y las relaciones con el imperialismo estadounidense estabilizadas, Calles necesitó muy poco a la muy comprometida CROM/PLM. Entonces buscó marginarla y eliminarla de una posición influyente en el gobierno.
En 1929, Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR) reclamando ser el partido “de la Revolución”, disciplinando y coptando en él a la mayor parte de las fracciones rivales burguesas. Se dio inicio a la breve época conocida como el “maximato”, en la que los presidentes sucesivos no eran sino marionetas de Calles.
La depresión mundial de finales de los años 20 representó una catástrofe a nivel internacional en los países capitalistas (la economía colectiva planificada del estado obrero degenerado soviético no fue afectada). Las economías de países que se encontraban subordinados al imperialismo fueron golpeadas de manera particularmente fuerte, y tal fue el caso de México bajo el yugo del imperialismo estadounidense. El número de desempleados en México se triplicó entre 1929 y 1933, mientras que el salario mínimo no alcanzaba a cubrir más que un tercio de las necesidades básicas de las familias obreras.
El nuevo “Plan Sexenal” de 1933 reflejaba la preocupación de la burguesía ante un alza en las luchas de la clase obrera, poniendo énfasis en la reducción de la dependencia económica de México ante los EE.UU., con una perspectiva de reformas sociales que tenían como meta aminorar el descontento obrero. Fue así como se designó al General Lázaro Cárdenas, uno de los voceros de las reformas sociales, como sucesor del “Jefe Máximo” Calles.
Muchos obreros y pobres de la ciudad y del campo ven en Lázaro Cárdenas a una figura “progresista” y “antiimperialista”; sectores de la burguesía “populista” invocan su nombre ante los obreros. En realidad, el “legado” de Cárdenas consistió en la consolidación del régimen burgués mexicano. Fue Cárdenas quien retomó al PNR de Calles y lo transformó de una máquina de poder personal en un instrumento capaz de organizar a las fuerzas políticas de México en una estructura corporativista.
Cárdenas no era ningún socialista ni antiimperialista; de hecho, al final de su gobierno, en 1940, la economía mexicana dependía de los EE.UU. más que nunca antes en la historia. Su intención fue modernizar al país para beneficio de la burguesía mexicana, y nunca poner en cuestión el dominio de ésta. Para ello, ante la debilidad de la burguesía nativa, requirió —como sus predecesores Obregón y Calles— el apoyo de la clase obrera contra las fracciones burguesas opuestas a las reformas nacionalistas y contra las pretensiones excesivas de los imperialistas. Desde la Revolución Mexicana, la burguesía ha empleado el nacionalismo, el anticlericalismo oportunista y un matiz socialista en su retórica populista como ariete ideológico para consolidar su poder contra las fracciones en competencia y justificar su represión contra luchas obreras y sublevaciones campesinas (ver el artículo “Un análisis marxista de la Revolución Mexicana de 1910” en Espartaco, núm. 12, primavera-verano de 1999); Cárdenas fue simplemente su mejor exponente.
Cárdenas buscó minar a Calles y a sus otros rivales ganando apoyo en el seno del PNR y el ejército. También buscó reparar las relaciones del estado con la iglesia, nominando como secretario de agricultura a un general católico, Saturnino Cedillo —quien más tarde encabezaría una sublevación rápidamente aplastada, financiada por el imperialismo británico—. Incluso la famosa “educación socialista”, instituida en la Constitución dos meses antes de que Cárdenas llegara al poder, no tenía otro objetivo que elevar la educación de los pobres y trabajadores para hacerlos más aptos para el trabajo asalariado eficiente y más productivos para la burguesía. Buscó ganar para sí el respaldo de los obreros, tomando su lado en luchas importantes para ganar su confianza y poniéndolos bajo el control de una férrea burocracia —la burocracia cetemista—. Un ejemplo ilustrativo de esto fue un conflicto estallado en Monterrey en febrero de 1936, donde el sindicato de la Vidriera Monterrey estalló una huelga en demanda de un nuevo contrato colectivo. Los patrones de inmediato lanzaron una campaña anticomunista contra los obreros. Cárdenas mismo viajó a Monterrey, donde otorgó su respaldo a los obreros y dio un ultimátum a los patrones: si estaban cansados por la lucha social, podían entregar sus fábricas a los obreros o al gobierno.
Cárdenas hizo numerosos llamamientos a que los trabajadores se organizaran en una central única —bajo su influencia—, con la perspectiva de coptar a esa central en su proyecto de partido de “sectores”: militar, obrero, popular y campesino. Esta es una ilustración del bonapartismo corporativista. Al mismo tiempo, se opuso a que las centrales obreras organizaran a campesinos, tratando de organizar a estos últimos directamente como un contrapeso a los obreros. Fue así como en 1938 surgió el antecesor del PRI, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), fundado por el antiguo Partido Nacional Revolucionario (PNR), la CTM y los demás “sectores” campesino, militar y “popular”.
Al final de la Depresión, las inversiones petroleras imperialistas se estaban concentrando en Venezuela, por lo que aún seguía habiendo despidos masivos en México. En 1935, los obreros de Tampico se fueron a huelga general tres veces en solidaridad con los petroleros. Y las huelgas continuaron hasta 1940, cuando Cárdenas desató la fuerza del estado para reprimir a los huelguistas de la antigua refinería de Azcapotzalco. Fue en ese contexto que Cárdenas expropió el petróleo. La expropiación de los ferrrocarriles se dio en un contexto similar. En mayo de 1936, 45 mil obreros ferrocarrileros se fueron a huelga. La huelga fue declarada ilegal por la Junta de Conciliación y Arbitraje, y fue suspendida ante la amenaza de intervención por parte del ejército. Por todo el país hubo una ola de mítines en protesta contra el gobierno y en solidaridad con los obreros. Al mes siguiente, la recién fundada CTM organizó un paro nacional de 24 horas como protesta a la represión contra la huelga ferrocarrilera. Se paralizó la economía: no hubo transportes ni energía eléctrica. Un año después, Cárdenas expropió los ferrocarriles.
En agosto de 1936 estalló una huelga de peones agrícolas en la Comarca Lagunera, con la participación de más de 20 mil trabajadores, entre los cuales el Partido Comunista tenía cierta influencia. Para octubre de ese año, el gobierno de Cárdenas emitió un decreto expropiando y repartiendo las tierras de dicha comarca e instituyendo las bases para la reforma agraria. Para consolidar el dominio burgués nacional, era necesario disciplinar al movimiento obrero. Pero, en la medida en que la burguesía mexicana buscaba frenar un poco las exigencias imperialistas, necesitaba el apoyo de los obreros. La hipocresía “socialista” de Cárdenas tenía ese objetivo: detener cualquier posibilidad de un movimiento obrero independiente y coptar a la clase obrera para sus objetivos burgueses. Cárdenas era un “hombre fuerte” bonapartista burgués y no ningún tipo de socialista reformista.
Los espartaquistas defendemos la industria nacionalizada contra las privatizaciones. Las nacionalizaciones fueron un golpe al imperialismo, y estamos por el derecho de los países coloniales y semicoloniales a explotar sus propios recursos naturales. En “México y el imperialismo británico” (1938), Trotsky explica:
“Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la legislación, la jurisprudencia y la administración. Bajo estas condiciones, la expropiación es el único medio efectivo para salvaguardar la independencia nacional y las condiciones elementales de la democracia.
“Qué dirección tome el posterior desarrollo económico de México depende, decisivamente, de factores de carácter internacional. Pero esto es cuestión del futuro.”
En efecto, en la época imperialista, la emancipación de México, como la de todos los países subordinados a los imperialistas, debe ligarse a la perspectiva de la revolución proletaria en los países industrializados. Trotsky escribió “Las expropiaciones mexicanas del petróleo: un desafío al Partido Laborista británico” (23 de abril de 1938), en donde desenmascara a la dirigencia reformista del Partido Laborista británico, luchando por que el proletariado británico defendiera las expropiaciones mexicanas contra los ataques de la burguesía imperialista.
La burguesía mexicana está subordinada al imperialismo estadounidense, pero no es un mero títere; Cárdenas tomó ventaja de las rivalidades interimperialistas para maniobrar y llevar a cabo acuerdos económicos lucrativos para México. Por ejemplo, hizo enfurecer al imperialismo estadounidense por la venta de petróleo a los nazis. Por otro lado, apaciguó al proletariado mexicano y le retorció las narices al imperialismo estadounidense al dar asilo político en México al fundador y dirigente de la IV Internacional, co-dirigente con Lenin del Partido Bolchevique y organizador de la Revolución Rusa de 1917, León Trotsky.
La postura nacionalista de izquierda del cardenismo fue, necesariamente, muy breve —apenas lo necesario para descarrilar el descontento obrero—. Incluso la “educación socialista” —a la que muchos estudiantes y maestros miran con nostalgia— fue echada para atrás apenas 5 años más tarde. Esto lo explica, fundamentalmente, la imposibilidad de un régimen democrático burgués estable en los países de desarrollo capitalista atrasado. No existe, en la época de la decadencia imperialista, ningún ala “progresista” de la burguesía. En realidad, la única forma de lucha genuinamente antiimperialista, la única forma de deshacerse del yugo imperialista, es mediante la revolución socialista mundial, que requiere indispensablemente la hermandad revolucionaria de los proletarios del mundo.
En el caso de México, la lucha contra las privatizaciones y la embestida burguesa al servicio de los imperialistas debe ligarse a la lucha por la unidad revolucionaria con el poderoso proletariado multirracial estadounidense. Las luchas del proletariado mexicano y estadounidense estan política y económicamente ligadas, y más estrechamente desde la entrada en vigor del TLC y la rapiña del “libre comercio” contra México por el imperialismo estadounidense. El GEM lucha por ganar al proletariado mexicano a una perspectiva revolucionaria internacional conjunta con las luchas de sus hermanos y hermanas de clase del poderoso proletariado estadounidense, mediante el combate contra el nacionalismo que encadena al proletariado a su burguesía. Correspondientemente, nuestros camaradas en la Spartacist League/U.S. luchan por que los trabajadores estadounidenses rompan con el nacionalismo reaccionario y el racismo contra negros e inmigrantes, que domina al movimiento obrero y sirve para atar a los trabajadores a la clase dominante.
http://www.icl-fi.org/espanol/oldsite/CORPOR14.HTM
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2014.11.08 17:46 victorhzgarcia Soy Víctor Hernández García, candidato al Consejo Ciudadano avalado por el círculo de Economía, Ecología y Energía (3E). Respondo a todas vuestras preguntas. #Rueda de Masas

BIOGRAFÍA
Soy Licenciado en Economía por la Universidad Carlos III de Madrid (especialidad en Teoría Económica). Tengo un Máster en Análisis Económico Aplicado (especialidad en Economía Ambiental) cursado en la Universidad Complutense de Madrid y Universidad de Alcalá. Actualmente soy estudiante del Programa de Doctorado en Economía de la Universidad Complutense de Madrid (Áreas de especialización: Macroeconomía, Economía Política, Economía Pública).
En cuanto a mi trayectoria profesional, en el último año de licenciatura fui ayudante de investigación en el Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid (2008-2009). Posteriormente, he trabajado en el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio (2010-2011) y en el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (2011-2012). Actualmente, trabajo como investigador en formación dentro del Programa FPI del Ministerio de Economía y Competitividad. También participo en el proyecto de investigación “Evaluación de Políticas Macroeconómicas” (Plan Nacional de I+D+i).
MOTIVACIÓN
Estoy interesado en formar parte del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos para colaborar activamente en la consolidación de podemos como proyecto político de cambio. Desde mi punto de vista es necesario un nuevo enfoque que priorice la lucha contra la desigualdad, la justicia social y el respeto al medio ambiente frente al modelo imperante centrado principalmente en la mejora de la eficiencia, de la competitividad y la búsqueda de beneficios en el corto plazo.
Proponer e implementar nuevas políticas económicas es una tarea compleja y que requiere gran esfuerzo por parte de todos. Es necesario acompañar cada una de las propuestas de una pormenorizada memoria económica y una estimación de su impacto en la economía. Mi deseo es poder colaborar, en la medida de mis posibilidades, en la construcción de un programa económico que permita un reparto más equitativo de la renta, un mejor uso de los recursos disponibles y una mejor conservación del medio ambiente.
PROPUESTAS
http://www.reddit.com/podemos/comments/2lmb4j/soy_v%C3%ADctor_hern%C3%A1ndez_garc%C3%ADa_y_con_el_aval_del/
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2014.08.21 11:36 istamar1 ¿cual sería el plan para apoyo a emprendedores de podemos?

Creo que uno de los trabajos mas importantes, tanto a nivel de coherencia interna para Podemos como a nivel externo como propuesta de cambio social es la formulación de una teoría solida, de unas propuestas claras, del papel de la iniciativa privada en el nuevo modelo social que se propone.
Me considero abiertamente anticapitalista, y para mi no signfica ni es incompatible con ser un defensor de la iniciativa privada. Más allá de estar completamente de acuerdo con la renacionalización de sectores estratégicos, tambien estoy a favor de la regulación del mercado, la producción, y de una reforma fiscal progresiva, esto no implica que no apoye un plan de apoyo a los emprendedores.
A nivel personal fui "emprendedor" durante 3 años, comence en plena crisis y durante un tiempo fue bien, aunque al final como muchos otros le di carpetazo al proyecto y acabe emigrando para poder pagar las deudas que me dejo la experiencia. Si me preguntais si repetiría os diría que si, sin ninguna duda, pese a todos los riesgos. Durante el 15 m apoye en Sevilla a la comisión de autoempleo y su intento de llevar a la gente las nuevas formas de organización basadas en una economía social.
En esa necesidad de teoría veo muchas lineas a delimitar, si me permitís os expongo las que veo, y veamos a donde nos lleva el debate:
1º Reforma de la figura y tributación del autónomo. Una de las cosas que más desincentivan la aparición de nuevos proyectos y pequeños negocios es el coste del autonomo. Durante los primeros tiempos puede ser un quebradero de cabeza, pues una vez pagada inversión, material, y resto de costes, dificilmente uno tiene para cubrir durante el primer año los costes que el autonomo mínimo tiene (y no es que los ahorros de las españoles sean muy grandes, ni las situaciones que le llevan a uno a emprender las mejores, ni las posibilidades de financiación tangibles) . Esto desincentiva por una parte que la gente se arriesgue y favorece la economía sumergida. De una parte habría que estudiar medidas parecidas a las que hay en otros países en los que durante el primer año hay un coste reducido del "autonomo" y una reducción de la carga fiscal, esto permitiría que mas gente se animara a emprender. Por otro lado después de este periodo se tendría que revisar una figura de aportación variable según ingresos del negocio para el pequeño autonomo, pongamos un ejemplo, ahora mis si quisieramos tener un puestecillo legal de venta de artesania en un mercadillo, si tienes que pagar al ayuntamiento por el puesto, cubrir el coste de materiales, repercutir a hacienda un 21% de IVA (quitandole las deducciones) y pagar el autonomo mínimo (180 mas o menos si eres menor de 30 y doscientos y pico si eres mayor) ¿te sale a cuenta realmente? o ¿cuanto tienes que vender para que realmente te compense hacerlo legalmente? la solución es utilizar un sistema de aportación proporcional y progresiva en correlación a los ingresos obtenidos, de modo que para las pequeñas iniciativas el coste de ser "legal" no fuese tan oneroso(sobre el IVA podemos hablar en otro apartado).
2º Reforma de los costes, tiempos y modos para la constitución de nuevas empresas, pese a que ya existen cosas como los VUE (ventanilla única empresarial) que ha agilizado en parte estas gestiones, los costes y asesoramientos siguen siendo muy limitados, ¿cuanto cobra un notario por echarle tres firmas a unos documentos de constitución? ¿no podría dicha firma y revisión ser realizada por un fedatario público dentro del propio VUE?. - favorecer la economia social, en este ambito no solo hay que seguir recorriendo los caminos del cooperativismo sino que el estado tiene que ayudar de forma activa a distintos proyectos. Uno de los obstáculos (uno de muchos) es la cuestón de la gestión. Normalmente la unión de personas en un proyecto común no implica que ninguna de ellas tenga capacidad o conocimientos de gestión, para muchos esto hace que formar una cooperativa sea "mucho lio y mucho riesgo" , la opció actual es poner gran parte de la gestión en manos externas ¿que coste tiene esto para la cooperativa y que confianza y riesgo es dejar tus cuentas en manos externas?, ¿no sería planteable o más confiable el que existiese un organo público de gestión de este tipo de empresas de economía social?.
3º reforma de la financiación de nuevas empresas. En el caso de nuevas empresas obtener financiación pasa por la mano de los bancos (entidades privadas que han cerrado el grifo de la finaciación privada a la pequeña empresa y que mal gestionan la concesión de la finaciación pública de los ICOs). Esto hace casí imposible el emprender desde cero, lo que limita las posibilidades a clases sociales ancladas en el apacalantamiento económico, o dicho de otro modo solo emprenden los que ya tienen y los que no lo hacen a un coste a veces insoportable.
Reforma de la fiscalidad empresarial.
1º Generar un impuesto de sociedades mucho más progresivo que grave más a las empresas con grandes beneficios que a los pequeños empresarios.
2º Penalizar y prohibir el uso de sociedades interpuestas para desviar la fiscalidad a otros paises con más flexibilidad fiscal. Más allá de que esto sea en sí un timo o un fraude de ley, genera que mientras que las grandes empresas pueden hacer estas obras de ingenieria financiera internacional, los pequeños empresarios soportar proporcionalmente una presión fiscal superior.
3º reforma del IVA tanto como carga tributaria para el contribuyente como propia figura tributaria. No solo es necesaria una reducción de este impuesto en bienes esenciales (comida, energía y suministros, vivienda (entendamos que no es lo mismo un piso de lujo o una segunda vivienda que la casa de una familia). En referencia a los servicios o bienes autoproducidos y comercializados debe de estar en correlación con el volumen de facturación (esto haría asumible en costes este impuesto para la pequeña economía evitando el recurso a la economía sumergida).
Regulación de la auditoría de empresas insertas en el mercado de valores y de empresas con presentación de cuentas negativas.
1º Como pueden las auditorias de empresas estar en manos privadas, o por decir de otro modo como nadie va a creer que la empresa a la que pagas una millonada por auditarte no te va a tratar "con cariño" para pasar por alto tus oscuridades... hemos tenido ejemplos múltiples de estos fallos en los últimos años.
2º Cuando una empresa presenta cuentas negativas se genera un riesgo para los trabajadores. A veces la empresa remonta, y otras se lleva por delante la vida de miles de familias. ¿No podría esa misma auditoria públcia ejercer una labor de control e información en estos casos?.
Regulación del fraude de ley, la figura de cesión de trabajadores y la externalización de servicios.
1º El outsourcing a nivel interno implica varias cosas, la primea un falseamiento de las cuentas reales de la empresa, pues en la facturación cruzada se desvían y deducen grandes cantidades de IVA que se distraen en cadenas a veces infinitas. La siguiente es cuando un servicio anteriormente interno en la empresa pasa a contratarse a otra, esto conlleva un proceso de precarización del trabajador de la subcontrata, menos salario y menos estabilidad. El recurso a contratos temporales sujetos al tiempo de la contrata a llevado en la práxis a que empresas como las de telecomunicaciones utilicen de forma circular, en un proceso continuo de cambio de servicios entre empresas. Esto impide la consolidación por una parte de un sindicalismo de base que proteja a dichos empleados en concreto y al sector en general, una precarización de las condiciones laborales, y en última instancia una desprofesionalización de ciertos sectores con los problemas que esto acarrea para el usuario.
3º Prohibición absoluta de la producción o prestación de servicios propios (internos dentro del territorio nacional o de la UE) por empresas de terceros paises que tienen condiciones laborales inferiores a las nuestras. Este punto tiene dos aspectos, destruye empleo interno, y se utiliza por empresariso para hacer fraude de ley, ya que contrata con estos paises cosas que serían ilegales en españa. Pondre un ejemplo concreto, Orange sobre el 2006 contrata renueva su externalización de la plataforma de atención al cliente con Qualitel, esta a su vez abre dos plataformas que se quedan con gran parte del servicio en sudamerica, cual es el caso concreto pues que de tener trabajadores en españa a 38 horas que en muchos casos no llegaban a mil euristas con unos sindicatos cada vez mas organizados y mas experiencia, pasan a tener trabajadores en en sudamerica a 12 horas con un salario inferior a 600 € (mucho menos), casí sin ninguno de los derechos laborales conseguidos en el sector y además sin representación sindical (ni estaba ni se la esperaba si me permitís la expresión. Con lo expuesto antes esto debería constituir un delito contra el derecho de los trabajadores y ser penado con carcel, más allá de su prohibición práctica.
Fomento del I+D, la incubadora de empresas, y medidas de apoyo al joven titulado universitario.
1º Preparación de un sistema de becas/trabajo (hay que reformar el estatuto del becario público como tal) mediante el cual gran parte de nuestros universitarios que pasan directamente a engrosar las listas del paro y vienen de carreras técnicas o de ciencias, controlado por el Centro de investigaciones cientificas, para el desarrollo de nuevos, materiales, tecnologias. Con una duración de uno o dos años según funcionamiento y proyecto.
2º Creación de una incubadora de empresas generado por el mismo sistema de becario/trabajo por nuestros estudiantes, de economicas, empresariales, derecho, publicidad, marketing, que coja los resultados positivos de los cientificos y prepare el plan de viavilidad empresarial de cada producto o cuestión para poder presentarlo a una etapa final de financiación y desarrollo.
3º creación de una convención nacional de dichos proyectos empresariales que puedan optar con el apoyo público a la financiación pública o privada, bien mediante la asunción como propia por el estado de productos referentes de sectores estratégicos, bien al crédito privado o a la formula de startups para el resto.
La verdad es que este campo hay muuuucho por hacer y decir y discutir... pero esto es lo que se me ocurre a mi. (se agredece la crítca para mejorar y seguir aprendiendo)
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