Salario agente de bienes raíces

El salario promedio de Agente Bienes Raices en México es de 240.000$ anuales o 123.08$ por hora. Con la herramienta de salarios de neuvoo, puedes buscar y comparar las distintas propuestas salariales en tu área o región. Nuestra herramienta incluye data de salarios promedio para empleos similares. Ejemplo del salario de un agente de bienes raíces Según los agentes de bienes raíces a los que entrevistamos, la mayoría suele vender como promedio 20 casas al año. Teniendo en cuenta que el precio de casa promedio en Estados Unidos se sitúa en $175.000, la típica comisión de un agente de real estate por vender una casa sería: Para ello los aportes de un agente de bienes raíces experimentado, ya sea como mentor “coach” de grupo en una empresa o de manera individual asistiendo a un cliente vendedor, será algo indispensable en un mercado de bienes raíces que cada día es más complicado y retante. Aunque el promedio varía de estado a estado, el salario promedio de un agente de real estate varía entre $43.000 a $100.000 dólares al año. La diferencia se debe a que las comisiones están basadas en el valor de la propiedad, así que mientras más costosas sean, más dinero ganan los agentes de bienes raíces. En Alabama, el promedio de salario inicial para un agente de bienes raíces fue 60.796 dólares a mayo de 2006 segundos Calcula Live. Agentes de bienes raíces de Nevada que tienen un año de experiencia ganan aproximadamente $ 63,150 al año. Top agentes de bienes raíces en Nueva York ha ganado 73,569 dólares al año a partir de mayo de 2006. Tres años de experiencia. Tener más experiencia ayuda a los agentes de bienes raíces a aumentar sus salarios anuales. Por ejemplo, un agente inmobiliario en Nueva York que tiene tres años de experiencia pueden ganar unos US$76.249 al año, según 'Calculators Live'. Sueldo promedio de un agente de bienes raíces . No sería posible vender oficinas, hospitales, bancos o fábricas tan rápidamente sin la ayuda de los agentes de bienes raíces. Estos representantes coordinan la valoración de las propiedades, desarrollan material publicitario, encuentran compradores adecuados y negocian ...

Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

2016.08.14 14:23 ShaunaDorothy Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

https://archive.is/BYpsq
Espartaco No. 45 Mayo de 2016
¡Por un partido obrero revolucionario multirracial!
En su libro de 1917, El estado y la revolución, el dirigente bolchevique V.I. Lenin describió sucintamente el fraude de la democracia burguesa: “Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: ésa es la verdadera esencia del parlamentarismo burgués”. Como marxistas revolucionarios, nos oponemos por principio a votar por los republicanos, los demócratas o cualquier otro candidato burgués. Al mismo tiempo, las precampañas de este año están mostrando la rabia y la desesperación que durante décadas se han ido acumulando al fondo de la sociedad estadounidense.
Existe un odio extendido hacia el establishment político de ambos partidos, que con razón son considerados agentes vendidos y comprados por los estafadores financieros de Wall Street y las empresas hinchadas de ganancias que han provocado la ruina de millones. Pero, debido sobre todo a la burocracia sindical procapitalista, la rabia de los trabajadores no se ha expresado como lucha de clases contra los gobernantes. Como resultado, el descontento de los gobernados encuentra expresión en el apoyo a candidatos burgueses “antiestablishment”. Hasta el momento, el abiertamente racista Donald Trump, un magnate multimillonario de bienes raíces, lleva la delantera como precandidato republicano. El autodenominado “socialista demócrata” Bernie Sanders le está dando a la segunda representante de la dinastía Clinton más problemas de los que nadie hubiera previsto.
Sanders es el único candidato de este circo electoral que ofrece pan a las masas con llamados por educación gratuita, asistencia médica para todos y un salario mínimo de quince dólares por hora. Esto ha resonado particularmente entre la juventud pequeñoburguesa blanca, así como entre un sector de los obreros blancos cuyos sindicatos han sido destruidos, cuyos salarios se han desplomado, cuyas prestaciones han sido saqueadas y cuyas posibilidades de obtener un empleo bien remunerado prácticamente han desaparecido. Las promesas de Sanders no son más que charlatanería. Sólo la lucha de clases podría arrancarle a la burguesía semejantes concesiones. Pese a haber sido acusado de rojo, Sanders no es ningún socialista; es un político capitalista. Sin embargo, en una sociedad donde por mucho tiempo se ha vilipendiado al socialismo como un ataque al “modo de vida estadounidense”, el que Sanders esté obteniendo apoyo en un sector de los obreros blancos es una medida del creciente descontento.
El establishment demócrata tolera las pretensiones de Sanders de estar “dirigiendo una revolución política contra la clase multimillonaria”. Él siempre le ha servido a la clase dominante, particularmente con su apoyo a las sangrientas guerras, ocupaciones y demás aventuras militares con que el imperialismo estadounidense ha devastado países alrededor del mundo (ver: “Bernie Sanders: Imperialist Running Dog” [Bernie Sanders: Mandadero de los imperialistas], WV No. 1083, 12 de febrero). Sanders no sólo está compitiendo por la primera posición en la boleta interna de un partido que, al igual que el Republicano, representa los intereses de la burguesía; también está ayudando a restaurar la imagen de los demócratas como “partido del pueblo”. Además, ha dejado en claro que, en la elección general, apoyará a quien quiera que resulte electo candidato demócrata, presumiblemente Hillary Clinton. Por su parte, Clinton está ganando la mayor parte del voto negro, conforme el miedo a una victoria republicana, amplificado por los fascistas que se arrastran a los pies de Donald Trump, impulsa todavía más el apoyo de los negros a los demócratas, que alguna vez fueron el partido de la Confederación y el [sistema de segregación racial] Jim Crow.
Del lado republicano, presenciamos el espectáculo del establishment partidista gastando millones de dólares en publicidad, no contra los demócratas, sino contra el precandidato que encabeza la carrera en su propio partido. Los reflectores se enfocan en los ex candidatos republicanos para que prediquen contra el beligerante racismo antiimigrante de Trump y su asqueroso sexismo. La hipocresía es asombrosa viniendo de los mismos que exigían a los inmigrantes que se “deportaran a sí mismos”; que insultaban a los obreros y a los pobres como “parásitos” por pedir atención médica, alimentación y vivienda; que trabajaron tiempo extra por revertir todas las conquistas del movimiento por los derechos civiles; y que recurrieron al texto bíblico para condenar a las mujeres que necesitaban abortos, a los gays y a los demás “desviados”.
Trump no hace sino decir en voz alta lo que los líderes del partido republicano han promovido durante años. Lo que les molesta es que no esté cumpliendo las reglas del establishment del partido. Para ellos, incitar al odio racista sirve como un ariete ideológico para empobrecer aún más a la clase obrera y los pobres recortando los pocos programas sociales que todavía existen. Trump dice que no atacará la seguridad social ni la asistencia médica pública. Este demagogo reaccionario podría hacer o decir cualquier cosa. Su afirmación de que traerá la manufactura de vuelta a Estados Unidos, invocando una variante particularmente racista del proteccionismo de “salven los empleos estadounidenses”, le ha dado cierta audiencia entre los trabajadores blancos pobres. Por su parte, a la dirigencia republicana le preocupa que Trump azuce a las masas desempleadas y empobrecidas en casa y ponga en riesgo las ganancias que el imperialismo estadounidense obtiene del saqueo de “libre comercio” del mundo neocolonial.
Para los líderes republicanos, Trump añade insulto a la injuria al aprovechar la consigna de campaña de Ronald Reagan, santo patrono del Partido Republicano, “Make America Great Again” [Que EE.UU. vuelva a ser grande]. Reagan llegó a la Oficina Oval aprovechando y azuzando la reacción racista blanca contra los programas sociales que se consideraban beneficiosos para los negros pobres de los guetos. Jugó la carta racial, como siempre lo han hecho los gobernantes estadounidenses, para aumentar la brutal explotación de la clase obrera en su conjunto. Hoy, la devastación que afectó primero a los pobres y obreros negros se ha vuelto cada vez más real para los pobres y obreros blancos.
En los años noventa, el libro del ideólogo racista Charles Murray, La curva de Bell, achacó la miseria de los pobres del gueto a la “inferioridad genética” de los negros. En 2012, su libro Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 [Desmoronamiento: La situación de la población blanca en EE.UU., 1960-2010] achacó la miseria que sufren los blancos pobres a su falta de valores, tanto familiares como de otro tipo. Este desprecio clasista se expresó más abiertamente en un artículo de un tal Kevin D. Williamson, recientemente publicado en la derechista National Review (28 de marzo). Titulado “Chaos in the Family, Chaos in the State: The White Working Class’s Dysfunction” [Caos en la familia, caos en el estado: La disfunción de la clase obrera blanca], el artículo despotrica:
“No les ha pasado nada. No hubo catástrofe alguna. No han sufrido ni la guerra ni la hambruna ni la peste ni la ocupación extranjera. Los cambios económicos de las últimas décadas no bastan para explicar la disfunción, la negligencia —y la incomprensible malevolencia— de la población pobre y blanca de EE.UU....
“La verdad de estas comunidades disfuncionales y degradadas es que merecen morir. Económicamente, son números rojos.Moralmente, son indefendibles”.
La clase obrera no podrá liberarse de las cadenas de la esclavitud asalariada si el proletariado no asume la causa de la liberación negra, que por sí misma requiere destruir este racista sistema capitalista mediante la revolución socialista. En el libro primero de El capital (1867), Karl Marx capturó la gran verdad de la sociedad capitalista estadounidense al escribir: “El trabajo en piel blanca no puede emanciparse allí donde el trabajo en piel negra está marcado con fierro candente”. Nuestro propósito como marxistas hoy es traducir la ira y el descontento hirvientes de las masas trabajadoras en un entendimiento consciente de que la clase obrera necesita su propio partido: no como un vehículo electoral que compita para administrar el estado burgués, sino como un partido que abandere la causa de todos los explotados y oprimidos en la lucha por el poder obrero.
Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco
La locura del Partido Republicano no es más que una manifestación de la peligrosa irracionalidad del imperialismo estadounidense. Habiendo conseguido en 1991-1992 la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética —que había nacido de la primera y única revolución obrera exitosa en el mundo—, los gobernantes capitalistas estadounidenses han actuado como si fueran los amos indiscutibles del mundo. Tanto bajo los gobiernos republicanos como bajo los demócratas, han lanzado su poderío militar por todo el mundo. Pero ni con su interminable serie de guerras el imperialismo estadounidense ha conseguido frenar el declive de su poder económico.
Afirmando que “hay que detener a Trump”, un antiguo asesor en política exterior del gobierno de Bush clamó: “Ha hecho enojar a nuestros aliados en Centroamérica, Europa, el Oriente asiático y Medio Oriente”. El que Trump denunciara la invasión de Irak que inició Bush ha molestado particularmente a los neoconservadores que fueron los arquitectos de esa guerra. En una columna de opinión contra Trump publicada en el Washington Post (25 de febrero), Robert Kagan concluye: “Para este antiguo republicano, y quizá para otros, puede no quedar otra alternativa que votar por Hillary Clinton”. ¿Y por qué no? Las credenciales de Clinton como una de los mayores halcones [probélicos] del imperialismo estadounidense son impecables.
Muchos, incluyendo republicanos que tienen columnas en el New York Times, se han preguntado: “¿Es Donald Trump un fascista?”. Otros comparan su candidatura con el fin de la República de Weimar y el ascenso de los nazis de Hitler. Pero el terreno donde crecieron los nazis era el de un país imperialista que había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial. Apelando al descontento de una pequeña burguesía cada vez más pobre, los nazis se habían convertido en un movimiento de masas para principios de los años treinta. Cuando las direcciones de los partidos obreros Comunista y Socialista, que contaban con millones de miembros, no intentaron derrocar el decadente orden capitalista en Alemania, la desacreditada burguesía desató a los nazis para conservar su dominio aplastando al movimiento obrero y, en el proceso, sentó las bases para la indescriptible barbarie del Holocausto.
En cambio, Estados Unidos no es un país imperialista derrotado, sino que sigue siendo la “única superpotencia del mundo”, cuyo poderío militar es muchas veces superior al de todos sus rivales imperialistas juntos. Otra diferencia es que la clase dominante estadounidense no enfrenta por el momento la amenaza de la clase obrera en casa. Por el contrario, gracias a los traidores que están a la cabeza de los sindicatos, cuya base es cada vez más reducida, la burguesía estadounidense ha prevalecido hasta ahora en su larga guerra contra los obreros.
Trump no es un fascista. El camino al poder que ha proyectado no se sale del marco electoral. Pero sí hay mucho que temer de los locos que son azuzados en sus mítines en un frenesí patriotero y antiimigrante, que ha provocado protestas multirraciales contra él en todo el país. Quienes protestan contra los mítines de Trump han sido agredidos y los manifestantes negros han tenido que sufrir gritos de “¡Regresen a África!”. El KKK y otros grupos fascistas están saliendo de sus agujeros, con el antiguo gran mago del Klan David Duke declarando que “votar contra Trump en este punto es traicionar tu herencia”.
De manera similar, en los años ochenta el racismo oficial que emanaba de la Casa Blanca de Reagan alentó al Klan y a los nazis. Cuando éstos trataron de organizar sus mítines por el terror racista en grandes centros urbanos, nosotros convocamos movilizaciones de masas obreras y de minorías para detenerlos. En Chicago, Washington D.C., Filadelfia y otros lugares, fueron detenidos por protestas de miles basadas en el poder social de los sindicatos multirraciales movilizados al frente de los negros pobres de los guetos, los inmigrantes y todos aquéllos que el terror fascista querría victimizar. Estas movilizaciones demostraron en pequeña escala el papel del partido obrero revolucionario que queremos construir.
Obreros y negros: Entre la espada y la pared
Es responsabilidad directa de la burocracia sindical procapitalista el que un sector significativo de los trabajadores blancos apoye a un hombre que llegó a ser conocido por la frase “¡Estás despedido!”. Trump está consiguiendo ese apoyo al izar la bandera del proteccionismo de “Estados Unidos primero” de los falsos dirigentes de la AFL-CIO. Bajo esta bandera, una y otra vez los farsantes sindicales han cedido conquistas obtenidas en duras batallas de la clase obrera negra, blanca e inmigrante.
Los capitalistas siempre irán donde la mano de obra sea más barata para maximizar sus ganancias. Pero hacer de los trabajadores extranjeros chivos expiatorios por la pérdida de empleos en EE.UU. es una respuesta reaccionaria. El proteccionismo refuerza las ilusiones en el capitalismo estadounidense. Mina las perspectivas de lucha al envenenar la conciencia de la clase obrera e impedir la solidaridad con sus aliados de clase potenciales en China, México y otros lugares. Este proteccionismo también imbuye en los obreros la falsa idea de que mejorar sus condiciones materiales está totalmente fuera de su control y de su capacidad de organizarse y luchar, y de que depende sólo de algún salvador burgués.
Tanto Bernie Sanders como Donald Trump juegan la misma carta económica nacionalista. Aunque Sanders apela a la “unidad” contra el racismo xenófobo de Trump, lo que ocurre en los mítines de este último es simplemente el reflejo descarnado del chovinismo subyacente en los llamados a “salvar los empleos estadounidenses” de la competencia extranjera. Para que los sindicatos sirvan como instrumentos de lucha contra los patrones, deben enarbolar la lucha por los derechos de los inmigrantes, exigiendo el fin de las deportaciones e izando la bandera por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes. La lucha por esas exigencias haría avanzar el combate común de los obreros estadounidenses y sus aliados de clase internacionalmente.
Hoy, el descontento de muchos obreros está siendo canalizado a las campañas ya sea de Trump o de Sanders. Pero la furia obrera también se ha expresado en el impulso de luchar contra la ofensiva de los capitalistas, un impulso que los falsos dirigentes sindicales han frustrado una y otra vez. El año pasado, los jóvenes obreros automotrices, muchos de ellos negros, estaban más que dispuestos a ir a huelga contra el odiado sistema de niveles, que alienta la división entre los obreros. En ello, contaban con gran apoyo entre los obreros más viejos, tanto blancos como negros, lo que apunta al potencial de la unidad de clase, trascendiendo las líneas raciales. Pero los dirigentes sindicales del United Auto Workers les hicieron tragar un contrato vendido con los “Tres de Detroit”, que de hecho expandía el odiado sistema de niveles.
En 2011, este espíritu de lucha se manifestó vívidamente también en Wisconsin, donde el gobernador republicano Scott Walker lanzó una ofensiva que amenazaba la existencia misma de los sindicatos públicos. Miles de obreros ocuparon la rotonda del Capitolio de Wisconsin y se movilizaron en manifestaciones de hasta 100 mil personas. Pese a la combatividad de los obreros, los burócratas sindicales se aseguraron de que no se emprendiera ninguna acción huelguística, canalizando en cambio el enojo de los obreros hacia la estrategia perdedora de revocar el mandato de Walker.
¿El resultado? La devastación de un movimiento sindical que ya estaba en decadencia. En 2011, más del 50 por ciento de los empleados públicos estaba sindicalizado. Para 2015, la tasa de sindicalización se había desplomado al 26 por ciento. En Indiana, ataques similares llevados a cabo con anterioridad condujeron prácticamente a la desaparición de los sindicatos del sector público en el estado. Y en 2015, Wisconsin se unió a Indiana, Michigan y otros 22 estados como uno más de los estados antisindicatos donde se proclama el “derecho a trabajar”. Wisconsin constituye el ejemplo más claro de la bancarrota de la burocracia sindical y su estrategia de confianza en los demócratas. Son esas derrotas las que les han permitido a reaccionarios como Trump posar como defensores de los intereses de los trabajadores.
Desde que la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964, el Partido Republicano adoptó la estrategia de apelar a los obreros blancos, a veces con éxito, sobre la base de buscar chivos expiatorios en las otras razas, impulsando la mentira de que los obreros blancos sufren porque el establishment liberal ha beneficiado a los negros y otras minorías a expensas suyas. El rasgo central y constante del capitalismo estadounidense es la opresión estructural de la población negra como una casta racial y de color, cuya mayoría se ve segregada por la fuerza al fondo de la sociedad. Oscureciendo la fundamental división de clases entre los capitalistas que poseen los medios de producción y los obreros que deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, el racismo y la supremacía blanca han servido para atar a los obreros blancos a sus explotadores capitalistas sobre la base de la ilusión en un interés común debido al mismo color de piel.
En la precampaña demócrata, los negros están votando abrumadoramente por Hillary Clinton, pues la consideran el mejor candidato para derrotar a los demonios republicanos en noviembre. De hecho, en su competencia de 2008 con Obama, Clinton apeló abiertamente al racismo antinegro al afirmar que Obama no podría obtener el apoyo de los “estadounidenses que trabajan duro, los estadounidenses blancos”. Ahora ella se presenta como heredera del legado de Obama, aprovechando al mismo tiempo la popularidad de su esposo, Bill Clinton, entre la población negra.
Durante su periodo en el gobierno, Bill Clinton probablemente le hizo más daño a la población negra que ningún otro presidente desde la Segunda Guerra Mundial. Durante la campaña electoral de 1992, grotescamente voló de vuelta a Arkansas para presidir la ejecución de un hombre negro con daño cerebral, Ricky Ray Rector. Siendo presidente, erradicó “la asistencia social como la conocemos” e incrementó enormemente las atribuciones del estado, incluyendo las de detener y encarcelar a jóvenes negros. En todo esto contó con el apoyo de Hillary Clinton, que describió a los jóvenes negros del gueto como “superdepredadores”. Al mismo tiempo, Bill Clinton fue el primer presidente en tener amigos negros y en ser capaz de interactuar abierta y cómodamente con negros. Es una amarga muestra de la profundidad a la que llega la reacción racista en Estados Unidos el que estos gestos superficiales le hayan ganado a Clinton el apoyo de muchos negros a pesar de sus infames actos.
Con la elección de Barack Obama en 2008, las expectativas de los negros eran altas. Pero, si bien esas expectativas ya han sido olvidadas, queda entre los negros una profunda noción de solidaridad de raza con Obama. Esto ha sido reforzado por casi ocho años de reacción por parte de los republicanos en el congreso, amplificada por la gente del tipo “teabaggers” [militantes del derechista Tea Party] y “birthers” [que creen que Obama no nació en Estados Unidos]. Sin embargo, la verdad es que los negros no han ganado nada con su presidencia, durante la cual el desempleo en este sector se disparó, los salarios colapsaron y la riqueza media se desplomó. Mientras tanto, los negros siguen siendo asesinados a tiros por los desenfrenados policías racistas.
Contra lo que afirman muchos voceros negros, este estado de cosas no se debe a que Obama esté secuestrado por los republicanos. Sin duda, sus implacables ataques contra Obama casi siempre tienen una motivación racista. Pero el hombre negro de la Casa Blanca fue desde el principio un demócrata de Wall Street. Y lo demostró al poco tiempo de asumir el cargo. En una reunión con los grandes estafadores financieros en marzo de 2009, les aseguró que su gobierno era “lo único que se interpone entre ustedes y el linchamiento popular”, y añadió, “no he venido a perseguirlos, sino a protegerlos”. Y lo cumplió, con la eficaz ayuda de sus lugartenientes obreros en la burocracia sindical, que sacrificaron los empleos, los salarios y las condiciones laborales de sus afiliados para que el capitalismo estadounidense siguiera siendo redituable.
Los negros siguen siendo el sector de la población con mayor conciencia de la naturaleza cruel del racista Estados Unidos. Al mismo tiempo, están atados al Partido Demócrata y en su mayoría seguirán apoyándolo mientras no parezca haber otra alternativa. La clave para destrabar esa situación está en forjar esa alternativa.
Los obreros necesitan un partido propio
Con millones en el desempleo o luchando por subsistir con empleos de medio tiempo o temporales miserablemente mal pagados, muchos de los cuales han perdido sus hogares y dependen de los vales de alimentos, con sus pensiones y prestaciones de salud recortadas, existe una necesidad imperiosa de construir un partido obrero basado en el entendimiento fundamental de que los obreros no tienen ningún interés en común con los patrones. Un partido así uniría a los empleados con los desempleados, los pobres de los guetos y los inmigrantes en una lucha por empleos y condiciones dignas de vivienda para todos. El poder para llevar a cabo esta lucha está en manos de los hombres y mujeres —negros, blancos e inmigrantes— cuyo trabajo hace girar los engranes de la producción y genera la riqueza que los capitalistas se roban.
En el Programa de Transición de 1938, documento de fundación de la IV Internacional, León Trotsky planteó una serie de reivindicaciones para enfrentar la catástrofe que amenazaba a la clase obrera en medio de la Gran Depresión de los años treinta. El fin de estas reivindicaciones era armar a los obreros con el entendimiento de que la única respuesta era la conquista del poder por el proletariado. Para combatir la plaga del desempleo, llamaba por unir a los empleados y los desempleados en la lucha por una semana laboral más corta sin pérdida de salario, para distribuir el trabajo accesible, así como por una escala móvil de salarios que aumentara con el costo de la vida. Exigía un programa masivo de obras públicas con salarios al nivel del de los obreros sindicalizados. Para garantizar condiciones de vida decentes, todos debían tener vivienda y otras instalaciones sociales, así como acceso a la atención médica y a la educación sin ningún costo para los beneficiarios. El seguro de los desempleados debía durarles hasta que consiguieran empleo, con la totalidad de sus pensiones garantizada por el gobierno. Sólo la lucha por este tipo de reivindicaciones podría enfrentar las míseras condiciones que los obreros sufren actualmente.
Como argumentó Trotsky, quien junto con Lenin fuera el líder de la Revolución Rusa de 1917:
“Los propietarios y sus abogados demostrarán ‘la imposibilidad de realizar’ estas reivindicaciones. Los capitalistas de menor cuantía, sobre todo aquellos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Los obreros rechazarán categóricamente esos argumentos y esas referencias. No se trata aquí del choque ‘normal’ de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra cosa que morir. La ‘posibilidad’ o la ‘imposibilidad’ de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista”.
Las nuevas batallas obreras sentarán las bases para revivir y extender los sindicatos, echando a sus dirigentes vendidos actuales y remplazándolos con una nueva dirección clasista. Para que los obreros triunfen sobre sus explotadores, deben estar armados con un programa político marxista que vincule el combate sindical con la lucha por construir un partido obrero revolucionario multirracial. Ese partido dirigiría la lucha por barrer al estado burgués mediante la revolución socialista y establecer un estado obrero donde los que trabajan gobiernen.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/45/eu.html
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2016.06.07 04:03 ShaunaDorothy Demócratas, republicanos: ¡Fuera todos! EE.UU.: Miedo, odio y precampañas (Mayo de 2016)

https://archive.is/BYpsq
Espartaco No. 45 Mayo de 2016
¡Por un partido obrero revolucionario multirracial!
En su libro de 1917, El estado y la revolución, el dirigente bolchevique V.I. Lenin describió sucintamente el fraude de la democracia burguesa: “Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: ésa es la verdadera esencia del parlamentarismo burgués”. Como marxistas revolucionarios, nos oponemos por principio a votar por los republicanos, los demócratas o cualquier otro candidato burgués. Al mismo tiempo, las precampañas de este año están mostrando la rabia y la desesperación que durante décadas se han ido acumulando al fondo de la sociedad estadounidense.
Existe un odio extendido hacia el establishment político de ambos partidos, que con razón son considerados agentes vendidos y comprados por los estafadores financieros de Wall Street y las empresas hinchadas de ganancias que han provocado la ruina de millones. Pero, debido sobre todo a la burocracia sindical procapitalista, la rabia de los trabajadores no se ha expresado como lucha de clases contra los gobernantes. Como resultado, el descontento de los gobernados encuentra expresión en el apoyo a candidatos burgueses “antiestablishment”. Hasta el momento, el abiertamente racista Donald Trump, un magnate multimillonario de bienes raíces, lleva la delantera como precandidato republicano. El autodenominado “socialista demócrata” Bernie Sanders le está dando a la segunda representante de la dinastía Clinton más problemas de los que nadie hubiera previsto.
Sanders es el único candidato de este circo electoral que ofrece pan a las masas con llamados por educación gratuita, asistencia médica para todos y un salario mínimo de quince dólares por hora. Esto ha resonado particularmente entre la juventud pequeñoburguesa blanca, así como entre un sector de los obreros blancos cuyos sindicatos han sido destruidos, cuyos salarios se han desplomado, cuyas prestaciones han sido saqueadas y cuyas posibilidades de obtener un empleo bien remunerado prácticamente han desaparecido. Las promesas de Sanders no son más que charlatanería. Sólo la lucha de clases podría arrancarle a la burguesía semejantes concesiones. Pese a haber sido acusado de rojo, Sanders no es ningún socialista; es un político capitalista. Sin embargo, en una sociedad donde por mucho tiempo se ha vilipendiado al socialismo como un ataque al “modo de vida estadounidense”, el que Sanders esté obteniendo apoyo en un sector de los obreros blancos es una medida del creciente descontento.
El establishment demócrata tolera las pretensiones de Sanders de estar “dirigiendo una revolución política contra la clase multimillonaria”. Él siempre le ha servido a la clase dominante, particularmente con su apoyo a las sangrientas guerras, ocupaciones y demás aventuras militares con que el imperialismo estadounidense ha devastado países alrededor del mundo (ver: “Bernie Sanders: Imperialist Running Dog” [Bernie Sanders: Mandadero de los imperialistas], WV No. 1083, 12 de febrero). Sanders no sólo está compitiendo por la primera posición en la boleta interna de un partido que, al igual que el Republicano, representa los intereses de la burguesía; también está ayudando a restaurar la imagen de los demócratas como “partido del pueblo”. Además, ha dejado en claro que, en la elección general, apoyará a quien quiera que resulte electo candidato demócrata, presumiblemente Hillary Clinton. Por su parte, Clinton está ganando la mayor parte del voto negro, conforme el miedo a una victoria republicana, amplificado por los fascistas que se arrastran a los pies de Donald Trump, impulsa todavía más el apoyo de los negros a los demócratas, que alguna vez fueron el partido de la Confederación y el [sistema de segregación racial] Jim Crow.
Del lado republicano, presenciamos el espectáculo del establishment partidista gastando millones de dólares en publicidad, no contra los demócratas, sino contra el precandidato que encabeza la carrera en su propio partido. Los reflectores se enfocan en los ex candidatos republicanos para que prediquen contra el beligerante racismo antiimigrante de Trump y su asqueroso sexismo. La hipocresía es asombrosa viniendo de los mismos que exigían a los inmigrantes que se “deportaran a sí mismos”; que insultaban a los obreros y a los pobres como “parásitos” por pedir atención médica, alimentación y vivienda; que trabajaron tiempo extra por revertir todas las conquistas del movimiento por los derechos civiles; y que recurrieron al texto bíblico para condenar a las mujeres que necesitaban abortos, a los gays y a los demás “desviados”.
Trump no hace sino decir en voz alta lo que los líderes del partido republicano han promovido durante años. Lo que les molesta es que no esté cumpliendo las reglas del establishment del partido. Para ellos, incitar al odio racista sirve como un ariete ideológico para empobrecer aún más a la clase obrera y los pobres recortando los pocos programas sociales que todavía existen. Trump dice que no atacará la seguridad social ni la asistencia médica pública. Este demagogo reaccionario podría hacer o decir cualquier cosa. Su afirmación de que traerá la manufactura de vuelta a Estados Unidos, invocando una variante particularmente racista del proteccionismo de “salven los empleos estadounidenses”, le ha dado cierta audiencia entre los trabajadores blancos pobres. Por su parte, a la dirigencia republicana le preocupa que Trump azuce a las masas desempleadas y empobrecidas en casa y ponga en riesgo las ganancias que el imperialismo estadounidense obtiene del saqueo de “libre comercio” del mundo neocolonial.
Para los líderes republicanos, Trump añade insulto a la injuria al aprovechar la consigna de campaña de Ronald Reagan, santo patrono del Partido Republicano, “Make America Great Again” [Que EE.UU. vuelva a ser grande]. Reagan llegó a la Oficina Oval aprovechando y azuzando la reacción racista blanca contra los programas sociales que se consideraban beneficiosos para los negros pobres de los guetos. Jugó la carta racial, como siempre lo han hecho los gobernantes estadounidenses, para aumentar la brutal explotación de la clase obrera en su conjunto. Hoy, la devastación que afectó primero a los pobres y obreros negros se ha vuelto cada vez más real para los pobres y obreros blancos.
En los años noventa, el libro del ideólogo racista Charles Murray, La curva de Bell, achacó la miseria de los pobres del gueto a la “inferioridad genética” de los negros. En 2012, su libro Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 [Desmoronamiento: La situación de la población blanca en EE.UU., 1960-2010] achacó la miseria que sufren los blancos pobres a su falta de valores, tanto familiares como de otro tipo. Este desprecio clasista se expresó más abiertamente en un artículo de un tal Kevin D. Williamson, recientemente publicado en la derechista National Review (28 de marzo). Titulado “Chaos in the Family, Chaos in the State: The White Working Class’s Dysfunction” [Caos en la familia, caos en el estado: La disfunción de la clase obrera blanca], el artículo despotrica:
“No les ha pasado nada. No hubo catástrofe alguna. No han sufrido ni la guerra ni la hambruna ni la peste ni la ocupación extranjera. Los cambios económicos de las últimas décadas no bastan para explicar la disfunción, la negligencia —y la incomprensible malevolencia— de la población pobre y blanca de EE.UU....
“La verdad de estas comunidades disfuncionales y degradadas es que merecen morir. Económicamente, son números rojos.Moralmente, son indefendibles”.
La clase obrera no podrá liberarse de las cadenas de la esclavitud asalariada si el proletariado no asume la causa de la liberación negra, que por sí misma requiere destruir este racista sistema capitalista mediante la revolución socialista. En el libro primero de El capital (1867), Karl Marx capturó la gran verdad de la sociedad capitalista estadounidense al escribir: “El trabajo en piel blanca no puede emanciparse allí donde el trabajo en piel negra está marcado con fierro candente”. Nuestro propósito como marxistas hoy es traducir la ira y el descontento hirvientes de las masas trabajadoras en un entendimiento consciente de que la clase obrera necesita su propio partido: no como un vehículo electoral que compita para administrar el estado burgués, sino como un partido que abandere la causa de todos los explotados y oprimidos en la lucha por el poder obrero.
Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco
La locura del Partido Republicano no es más que una manifestación de la peligrosa irracionalidad del imperialismo estadounidense. Habiendo conseguido en 1991-1992 la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética —que había nacido de la primera y única revolución obrera exitosa en el mundo—, los gobernantes capitalistas estadounidenses han actuado como si fueran los amos indiscutibles del mundo. Tanto bajo los gobiernos republicanos como bajo los demócratas, han lanzado su poderío militar por todo el mundo. Pero ni con su interminable serie de guerras el imperialismo estadounidense ha conseguido frenar el declive de su poder económico.
Afirmando que “hay que detener a Trump”, un antiguo asesor en política exterior del gobierno de Bush clamó: “Ha hecho enojar a nuestros aliados en Centroamérica, Europa, el Oriente asiático y Medio Oriente”. El que Trump denunciara la invasión de Irak que inició Bush ha molestado particularmente a los neoconservadores que fueron los arquitectos de esa guerra. En una columna de opinión contra Trump publicada en el Washington Post (25 de febrero), Robert Kagan concluye: “Para este antiguo republicano, y quizá para otros, puede no quedar otra alternativa que votar por Hillary Clinton”. ¿Y por qué no? Las credenciales de Clinton como una de los mayores halcones [probélicos] del imperialismo estadounidense son impecables.
Muchos, incluyendo republicanos que tienen columnas en el New York Times, se han preguntado: “¿Es Donald Trump un fascista?”. Otros comparan su candidatura con el fin de la República de Weimar y el ascenso de los nazis de Hitler. Pero el terreno donde crecieron los nazis era el de un país imperialista que había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial. Apelando al descontento de una pequeña burguesía cada vez más pobre, los nazis se habían convertido en un movimiento de masas para principios de los años treinta. Cuando las direcciones de los partidos obreros Comunista y Socialista, que contaban con millones de miembros, no intentaron derrocar el decadente orden capitalista en Alemania, la desacreditada burguesía desató a los nazis para conservar su dominio aplastando al movimiento obrero y, en el proceso, sentó las bases para la indescriptible barbarie del Holocausto.
En cambio, Estados Unidos no es un país imperialista derrotado, sino que sigue siendo la “única superpotencia del mundo”, cuyo poderío militar es muchas veces superior al de todos sus rivales imperialistas juntos. Otra diferencia es que la clase dominante estadounidense no enfrenta por el momento la amenaza de la clase obrera en casa. Por el contrario, gracias a los traidores que están a la cabeza de los sindicatos, cuya base es cada vez más reducida, la burguesía estadounidense ha prevalecido hasta ahora en su larga guerra contra los obreros.
Trump no es un fascista. El camino al poder que ha proyectado no se sale del marco electoral. Pero sí hay mucho que temer de los locos que son azuzados en sus mítines en un frenesí patriotero y antiimigrante, que ha provocado protestas multirraciales contra él en todo el país. Quienes protestan contra los mítines de Trump han sido agredidos y los manifestantes negros han tenido que sufrir gritos de “¡Regresen a África!”. El KKK y otros grupos fascistas están saliendo de sus agujeros, con el antiguo gran mago del Klan David Duke declarando que “votar contra Trump en este punto es traicionar tu herencia”.
De manera similar, en los años ochenta el racismo oficial que emanaba de la Casa Blanca de Reagan alentó al Klan y a los nazis. Cuando éstos trataron de organizar sus mítines por el terror racista en grandes centros urbanos, nosotros convocamos movilizaciones de masas obreras y de minorías para detenerlos. En Chicago, Washington D.C., Filadelfia y otros lugares, fueron detenidos por protestas de miles basadas en el poder social de los sindicatos multirraciales movilizados al frente de los negros pobres de los guetos, los inmigrantes y todos aquéllos que el terror fascista querría victimizar. Estas movilizaciones demostraron en pequeña escala el papel del partido obrero revolucionario que queremos construir.
Obreros y negros: Entre la espada y la pared
Es responsabilidad directa de la burocracia sindical procapitalista el que un sector significativo de los trabajadores blancos apoye a un hombre que llegó a ser conocido por la frase “¡Estás despedido!”. Trump está consiguiendo ese apoyo al izar la bandera del proteccionismo de “Estados Unidos primero” de los falsos dirigentes de la AFL-CIO. Bajo esta bandera, una y otra vez los farsantes sindicales han cedido conquistas obtenidas en duras batallas de la clase obrera negra, blanca e inmigrante.
Los capitalistas siempre irán donde la mano de obra sea más barata para maximizar sus ganancias. Pero hacer de los trabajadores extranjeros chivos expiatorios por la pérdida de empleos en EE.UU. es una respuesta reaccionaria. El proteccionismo refuerza las ilusiones en el capitalismo estadounidense. Mina las perspectivas de lucha al envenenar la conciencia de la clase obrera e impedir la solidaridad con sus aliados de clase potenciales en China, México y otros lugares. Este proteccionismo también imbuye en los obreros la falsa idea de que mejorar sus condiciones materiales está totalmente fuera de su control y de su capacidad de organizarse y luchar, y de que depende sólo de algún salvador burgués.
Tanto Bernie Sanders como Donald Trump juegan la misma carta económica nacionalista. Aunque Sanders apela a la “unidad” contra el racismo xenófobo de Trump, lo que ocurre en los mítines de este último es simplemente el reflejo descarnado del chovinismo subyacente en los llamados a “salvar los empleos estadounidenses” de la competencia extranjera. Para que los sindicatos sirvan como instrumentos de lucha contra los patrones, deben enarbolar la lucha por los derechos de los inmigrantes, exigiendo el fin de las deportaciones e izando la bandera por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes. La lucha por esas exigencias haría avanzar el combate común de los obreros estadounidenses y sus aliados de clase internacionalmente.
Hoy, el descontento de muchos obreros está siendo canalizado a las campañas ya sea de Trump o de Sanders. Pero la furia obrera también se ha expresado en el impulso de luchar contra la ofensiva de los capitalistas, un impulso que los falsos dirigentes sindicales han frustrado una y otra vez. El año pasado, los jóvenes obreros automotrices, muchos de ellos negros, estaban más que dispuestos a ir a huelga contra el odiado sistema de niveles, que alienta la división entre los obreros. En ello, contaban con gran apoyo entre los obreros más viejos, tanto blancos como negros, lo que apunta al potencial de la unidad de clase, trascendiendo las líneas raciales. Pero los dirigentes sindicales del United Auto Workers les hicieron tragar un contrato vendido con los “Tres de Detroit”, que de hecho expandía el odiado sistema de niveles.
En 2011, este espíritu de lucha se manifestó vívidamente también en Wisconsin, donde el gobernador republicano Scott Walker lanzó una ofensiva que amenazaba la existencia misma de los sindicatos públicos. Miles de obreros ocuparon la rotonda del Capitolio de Wisconsin y se movilizaron en manifestaciones de hasta 100 mil personas. Pese a la combatividad de los obreros, los burócratas sindicales se aseguraron de que no se emprendiera ninguna acción huelguística, canalizando en cambio el enojo de los obreros hacia la estrategia perdedora de revocar el mandato de Walker.
¿El resultado? La devastación de un movimiento sindical que ya estaba en decadencia. En 2011, más del 50 por ciento de los empleados públicos estaba sindicalizado. Para 2015, la tasa de sindicalización se había desplomado al 26 por ciento. En Indiana, ataques similares llevados a cabo con anterioridad condujeron prácticamente a la desaparición de los sindicatos del sector público en el estado. Y en 2015, Wisconsin se unió a Indiana, Michigan y otros 22 estados como uno más de los estados antisindicatos donde se proclama el “derecho a trabajar”. Wisconsin constituye el ejemplo más claro de la bancarrota de la burocracia sindical y su estrategia de confianza en los demócratas. Son esas derrotas las que les han permitido a reaccionarios como Trump posar como defensores de los intereses de los trabajadores.
Desde que la Ley de Derechos Civiles fue aprobada en 1964, el Partido Republicano adoptó la estrategia de apelar a los obreros blancos, a veces con éxito, sobre la base de buscar chivos expiatorios en las otras razas, impulsando la mentira de que los obreros blancos sufren porque el establishment liberal ha beneficiado a los negros y otras minorías a expensas suyas. El rasgo central y constante del capitalismo estadounidense es la opresión estructural de la población negra como una casta racial y de color, cuya mayoría se ve segregada por la fuerza al fondo de la sociedad. Oscureciendo la fundamental división de clases entre los capitalistas que poseen los medios de producción y los obreros que deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, el racismo y la supremacía blanca han servido para atar a los obreros blancos a sus explotadores capitalistas sobre la base de la ilusión en un interés común debido al mismo color de piel.
En la precampaña demócrata, los negros están votando abrumadoramente por Hillary Clinton, pues la consideran el mejor candidato para derrotar a los demonios republicanos en noviembre. De hecho, en su competencia de 2008 con Obama, Clinton apeló abiertamente al racismo antinegro al afirmar que Obama no podría obtener el apoyo de los “estadounidenses que trabajan duro, los estadounidenses blancos”. Ahora ella se presenta como heredera del legado de Obama, aprovechando al mismo tiempo la popularidad de su esposo, Bill Clinton, entre la población negra.
Durante su periodo en el gobierno, Bill Clinton probablemente le hizo más daño a la población negra que ningún otro presidente desde la Segunda Guerra Mundial. Durante la campaña electoral de 1992, grotescamente voló de vuelta a Arkansas para presidir la ejecución de un hombre negro con daño cerebral, Ricky Ray Rector. Siendo presidente, erradicó “la asistencia social como la conocemos” e incrementó enormemente las atribuciones del estado, incluyendo las de detener y encarcelar a jóvenes negros. En todo esto contó con el apoyo de Hillary Clinton, que describió a los jóvenes negros del gueto como “superdepredadores”. Al mismo tiempo, Bill Clinton fue el primer presidente en tener amigos negros y en ser capaz de interactuar abierta y cómodamente con negros. Es una amarga muestra de la profundidad a la que llega la reacción racista en Estados Unidos el que estos gestos superficiales le hayan ganado a Clinton el apoyo de muchos negros a pesar de sus infames actos.
Con la elección de Barack Obama en 2008, las expectativas de los negros eran altas. Pero, si bien esas expectativas ya han sido olvidadas, queda entre los negros una profunda noción de solidaridad de raza con Obama. Esto ha sido reforzado por casi ocho años de reacción por parte de los republicanos en el congreso, amplificada por la gente del tipo “teabaggers” [militantes del derechista Tea Party] y “birthers” [que creen que Obama no nació en Estados Unidos]. Sin embargo, la verdad es que los negros no han ganado nada con su presidencia, durante la cual el desempleo en este sector se disparó, los salarios colapsaron y la riqueza media se desplomó. Mientras tanto, los negros siguen siendo asesinados a tiros por los desenfrenados policías racistas.
Contra lo que afirman muchos voceros negros, este estado de cosas no se debe a que Obama esté secuestrado por los republicanos. Sin duda, sus implacables ataques contra Obama casi siempre tienen una motivación racista. Pero el hombre negro de la Casa Blanca fue desde el principio un demócrata de Wall Street. Y lo demostró al poco tiempo de asumir el cargo. En una reunión con los grandes estafadores financieros en marzo de 2009, les aseguró que su gobierno era “lo único que se interpone entre ustedes y el linchamiento popular”, y añadió, “no he venido a perseguirlos, sino a protegerlos”. Y lo cumplió, con la eficaz ayuda de sus lugartenientes obreros en la burocracia sindical, que sacrificaron los empleos, los salarios y las condiciones laborales de sus afiliados para que el capitalismo estadounidense siguiera siendo redituable.
Los negros siguen siendo el sector de la población con mayor conciencia de la naturaleza cruel del racista Estados Unidos. Al mismo tiempo, están atados al Partido Demócrata y en su mayoría seguirán apoyándolo mientras no parezca haber otra alternativa. La clave para destrabar esa situación está en forjar esa alternativa.
Los obreros necesitan un partido propio
Con millones en el desempleo o luchando por subsistir con empleos de medio tiempo o temporales miserablemente mal pagados, muchos de los cuales han perdido sus hogares y dependen de los vales de alimentos, con sus pensiones y prestaciones de salud recortadas, existe una necesidad imperiosa de construir un partido obrero basado en el entendimiento fundamental de que los obreros no tienen ningún interés en común con los patrones. Un partido así uniría a los empleados con los desempleados, los pobres de los guetos y los inmigrantes en una lucha por empleos y condiciones dignas de vivienda para todos. El poder para llevar a cabo esta lucha está en manos de los hombres y mujeres —negros, blancos e inmigrantes— cuyo trabajo hace girar los engranes de la producción y genera la riqueza que los capitalistas se roban.
En el Programa de Transición de 1938, documento de fundación de la IV Internacional, León Trotsky planteó una serie de reivindicaciones para enfrentar la catástrofe que amenazaba a la clase obrera en medio de la Gran Depresión de los años treinta. El fin de estas reivindicaciones era armar a los obreros con el entendimiento de que la única respuesta era la conquista del poder por el proletariado. Para combatir la plaga del desempleo, llamaba por unir a los empleados y los desempleados en la lucha por una semana laboral más corta sin pérdida de salario, para distribuir el trabajo accesible, así como por una escala móvil de salarios que aumentara con el costo de la vida. Exigía un programa masivo de obras públicas con salarios al nivel del de los obreros sindicalizados. Para garantizar condiciones de vida decentes, todos debían tener vivienda y otras instalaciones sociales, así como acceso a la atención médica y a la educación sin ningún costo para los beneficiarios. El seguro de los desempleados debía durarles hasta que consiguieran empleo, con la totalidad de sus pensiones garantizada por el gobierno. Sólo la lucha por este tipo de reivindicaciones podría enfrentar las míseras condiciones que los obreros sufren actualmente.
Como argumentó Trotsky, quien junto con Lenin fuera el líder de la Revolución Rusa de 1917:
“Los propietarios y sus abogados demostrarán ‘la imposibilidad de realizar’ estas reivindicaciones. Los capitalistas de menor cuantía, sobre todo aquellos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Los obreros rechazarán categóricamente esos argumentos y esas referencias. No se trata aquí del choque ‘normal’ de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra cosa que morir. La ‘posibilidad’ o la ‘imposibilidad’ de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista”.
Las nuevas batallas obreras sentarán las bases para revivir y extender los sindicatos, echando a sus dirigentes vendidos actuales y remplazándolos con una nueva dirección clasista. Para que los obreros triunfen sobre sus explotadores, deben estar armados con un programa político marxista que vincule el combate sindical con la lucha por construir un partido obrero revolucionario multirracial. Ese partido dirigiría la lucha por barrer al estado burgués mediante la revolución socialista y establecer un estado obrero donde los que trabajan gobiernen.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/45/eu.html
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2016.06.06 15:01 ShaunaDorothy Los obreros deben barrer con los principitos y líderes del PCCh - Por qué China no es capitalista - China: cáncer burocrático carcome al estado obrero (Junio de 2014)

Espartaco No. 41 Junio de 2014
El pasado noviembre, Zhou Yongkang, antiguo miembro del Buró Político del Partido Comunista Chino (PCCh), fue puesto bajo arresto domiciliario como parte de una investigación por corrupción. Como dirigente del aparato de seguridad chino, antes de su retiro Zhou supervisaba un departamento gubernamental con un presupuesto enorme. Después de que a su familia y asociados se les confiscaran bienes con valor de 14 mil 500 millones de dólares, el New Yorker (2 de abril) observó: “los servidores públicos chinos y sus asociados han acumulado una reserva mayor que todo el producto interno bruto de Albania”.
El 31 de marzo, el teniente general Gu Junshan, quien previamente fuera jefe adjunto del Departamento General de Logística del Ejército de Liberación Popular, fue indiciado por soborno, peculado y abuso de poder. Gu ha sido acusado de usar su control sobre la distribución de contratos de vivienda, infraestructura y suministros para las fuerzas armadas de China —que cuentan con 2.3 millones de efectivos— para hacer para sí y para su familia una fortuna, que incluye bienes raíces, obras de arte y artículos de lujo como una estatua de oro puro del presidente Mao, fundador de la República Popular China.
El 19 de abril, Song Lin, director de Recursos de China, fue cesado por acusaciones de haber malversado mil 600 millones de dólares en fondos, aceptado sobornos y haber lavado dinero a través de su amante, una de las banqueras de inversiones de alto rango de la oficina en Hong Kong del banco suizo UBS. Recursos de China es una de las mayores empresas estatales del país, con bienes que valen más de 120 mil millones de dólares.
Éstos son sólo unos cuantos ejemplos escogidos de la corrupción masiva que tiene lugar en la cima del estado obrero que se estableció con la Revolución China de 1949. Mientras los altos burócratas del PCCh siguen enriqueciéndose, muchos de sus descendientes han convertido su posición social privilegiada en lugares entre la élite empresarial. En una investigación sobre los descendientes de los altos funcionarios del PCCh en 2012, Bloomberg News rastreó las fortunas de 103 herederos de los “Ocho Inmortales” del PCCh que llegaron al poder político en el periodo que siguió a la muerte de Mao en 1976. De estos “principitos”, 43 se han vuelto capitalistas en el espacio que abrieron las “reformas de mercado” del régimen, obteniendo la propiedad privada de fábricas, firmas de inversión y proyectos inmobiliarios. Algunos lanzaron empresas conjuntas con compañías extranjeras; otros aceptaron puestos ejecutivos en bancos de inversión extranjeros.
Bloomberg señala que “el estilo de vida de algunos miembros de la tercera generación sigue al de la clase acomodada global, la gente con la que estudiaron en internados suizos, británicos y estadounidenses” (“Heirs of Mao’s Comrades Rise as New Capitalist Nobility” [Herederos de los camaradas de Mao surgen como nueva nobleza capitalista], 26 de diciembre de 2012). Tras haberse codeado en las escuelas y universidades de élite con los descendientes de gobernantes capitalistas de Estados Unidos y Europa, los principitos se posicionaron para servir como intermediarios del imperialismo mundial en China. Esto no le pasó por alto a JPMorgan Chase y otros grandes bancos de inversión estadounidenses, que recibieron algo de mala publicidad en EE.UU. por contratar parientes de funcionarios chinos bien conectados con el fin de abrirse puertas para sus inversiones en la China continental.
El derrocamiento del dominio capitalista en 1949 sentó las bases de una economía planificada y colectivizada que produjo enormes conquistas sociales para las masas obreras y campesinas. Pero esa revolución, llevada a cabo por un ejército guerrillero campesino, estuvo deformada desde su origen por el dominio de la burocracia del PCCh, que tomó como modelo a la Unión Soviética bajo Stalin. Más de seis décadas después, el cáncer burocrático carcome cada vez más el tejido del estado obrero, fomenta una base nacional para la contrarrevolución y mina la defensa de China frente a Estados Unidos, Japón y otras potencias imperialistas.
¡Defender a China! ¡Por la revolución política obrera!
La mayoría de los izquierdistas toman el desarrollo de una clase de empresarios burgueses y de una pequeña burguesía urbana acomodada en la China continental, así como la sempiterna corrupción entre los funcionarios del PCCh, como pruebas de que China ha vuelto al capitalismo. Expresando una pregunta que nuestros camaradas escuchan con frecuencia, un lector de WV nos escribió el año pasado: “Ustedes de la Spartacist League tienen a China por un estado obrero deformado y la consideran como no capitalista. Explíquenme por qué China, un ‘estado socialista’, tiene un índice de Gini tan alto, superior al de decenas de países capitalistas”. Frecuentemente usado por los economistas burgueses, el índice de Gini mide el grado de desigualdad en los ingresos o en los gastos de consumo de países particulares.
China no es una sociedad capitalista. Existe, ciertamente, una incipiente clase capitalista, ligada a los imperialistas por sus intereses económicos y a muchos líderes del PCCh por lazos de sangre. Si bien esta capa plantea un grave peligro potencial de restauración capitalista, no tiene el poder estatal. China sigue siendo un estado obrero burocráticamente deformado similar al antiguo estado obrero degenerado soviético, así como a los actuales Vietnam, Cuba, Corea del Norte y Laos. Todas estas sociedades estuvieron o están basadas en formas de propiedad colectivizadas.
La burocracia estalinista no es una clase —es decir, un estrato social con su propia relación única con los medios de producción— sino una casta parasitaria que ocupa una posición inestable en la cima del estado obrero. En China, muchos funcionarios del PCCh se aprovechan de sus posiciones administrativas, desviando fondos y recibiendo regalos a cambio de favores y funcionando como intermediarios de los imperialistas. Pero hay momentos en que la burocracia se ve obligada a defender al estado obrero a su manera, ya sea con el fin de mantener sus propios privilegios o para prevenir una revuelta de la clase obrera.
El estado controla el comercio exterior y regula los mercados de capital y las divisas, al determinar los créditos de acuerdo a cuotas y no de acuerdo al mercado. El núcleo de la economía sigue colectivizada, pues las empresas estatales controlan el 90 por ciento de los activos en petróleo, electricidad, comunicaciones y otros sectores clave. En cada compañía privada, incluyendo las operaciones de propiedad extranjera, hay una célula del PCCh con la facultad de vetar decisiones. Si bien el gobierno le ha abierto mucho la puerta a la inversión capitalista y a las fuerzas del mercado, mantiene estrictos controles sobre la clase capitalista, que no puede formar partidos políticos y está sometida a una estricta censura. Esto, desde luego, también se aplica a la clase obrera: el PCCh vería su legitimidad desafiada por el desarrollo de todo movimiento obrero fuera de su control.
Pese a su deformación burocrática, el estado obrero chino demuestra la superioridad de la economía colectivizada sobre la producción capitalista por ganancia. En poco tiempo, la Revolución China de 1949 llevó a inmensas conquistas para los obreros, los campesinos, las mujeres y todos los desposeídos. Desde entonces, China ha pasado de ser un país campesino y atrasado a uno mayoritariamente urbano y capaz de poner un vehículo explorador en la Luna. Pese a la gran brecha entre los burócratas ricos y los principitos por un lado y la clase obrera y los campesinos por el otro, más de 600 millones de personas han salido de la pobreza en las últimas tres décadas. Hoy, la población come en promedio seis veces más carne que en 1976 y 100 millones de personas han cambiado la bicicleta por el automóvil. Tras haber acabado con la atención médica garantizada en nombre de las “reformas de mercado”, el régimen ha gastado el equivalente a 180 mil millones de dólares en mejorar la atención médica desde 2009. Ahora, el 99 por ciento de la población rural, incluyendo a los trabajadores migrantes, tiene acceso a un seguro médico básico.
Compárense estas conquistas con la indescriptible miseria y desesperación que definen la vida de cientos de millones de pobres urbanos y rurales en la India: ésa es la respuesta resumida a todos los que se reivindican socialistas y retratan a China como capitalista o en el camino a serlo. También es un argumento poderosamente claro a favor de nuestro programa trotskista de defensa militar incondicional de China y los otros estados obreros deformados frente al imperialismo y la contrarrevolución interna.
Sólo en el último trimestre, mientras el mundo capitalista seguía estancado, la economía china se expandió en un 7.4 por ciento, que se suma a muchos años de notable desarrollo. Sin embargo, el explosivo crecimiento económico de China, por impresionante que sea, no es augurio de un progreso constante hacia el socialismo —una sociedad de abundancia material basada en el nivel más alto de tecnología y recursos—. La modernización y el desarrollo generales de China, incluyendo a sus áreas rurales, exigen la ayuda de la revolución proletaria en los países capitalistas avanzados, que preparará la escena para una economía socialista globalmente integrada y planificada. La burocracia del PCCh, cuyo programa se basa en el dogma estalinista nacionalista de construir el “socialismo en un solo país”, siempre se ha opuesto a esta perspectiva.
Hoy, los voceros del PCCh afirman que China ha avanzado mucho en el camino de convertirse en una “superpotencia” económica global para mediados del siglo XXI. Esta opinión pasa por alto las vulnerabilidades de China en su relación con el mercado capitalista mundial y la implacable hostilidad de las burguesías imperialistas, empezando por la clase dominante estadounidense. Además, ignora la inestabilidad interna de la sociedad china. Con una enorme brecha entre los corruptos funcionarios públicos, los empresarios capitalistas y la pequeña burguesía privilegiada, por un lado, y los cientos de millones de proletarios —de empresas tanto estatales como privadas— y campesinos pobres por el otro, China lleva años experimentando un alto nivel de huelgas y luchas sociales contra las consecuencias del mal gobierno burocrático.
Este fermento señala al potencial de una revolución política proletaria que barra con el régimen estalinista y lo remplace por un gobierno de consejos (soviets) obreros y campesinos. Como escribió en 1938 el líder bolchevique León Trotsky en el Programa de Transición —documento programático fundacional de la IV Internacional— con respecto a la Unión Soviética: “o la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo”.
Parásitos y principitos
La burocracia del PCCh está sometida a enormes contradicciones. Aunque resguarda celosamente sus privilegios, no es dueña de los medios de producción ni dispone de los métodos de control social que posee una clase capitalista dominante. Su poder deriva de su monopolio político del aparato gubernamental. La explicación que dio Trotsky de las raíces materiales del régimen estalinista soviético en La revolución traicionada (1936) aplica con toda su fuerza a China:
“La autoridad burocrática tiene como base la pobreza de artículos de consumo y la lucha de todos contra todos que de allí resulta. Cuando hay bastantes mercancías en el almacén, los parroquianos pueden llegar en cualquier momento; cuando hay pocas mercancías, tienen que hacer cola en la puerta. Tan pronto como la cola es demasiado larga se impone la presencia de un agente de policía que mantenga el orden. Tal es el punto de partida de la burocracia soviética. ‘Sabe’ a quién hay que dar y quién debe esperar”.
Observando que la apropiación por parte de la burocracia “de una inmensa parte de la renta nacional es un hecho de parasitismo social”, Trotsky escribió:
“Al desarrollar las fuerzas productivas —al contrario del capitalismo estancado—, ha creado los fundamentos económicos del socialismo. Al llevar hasta el extremo —con su complacencia para los dirigentes— las normas burguesas del reparto, prepara una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de la propiedad y las normas de reparto no puede crecer indefinidamente. De manera que las normas burguesas tendrán que extenderse a los medios de producción, o las normas de reparto tendrán que concederse a la propiedad socialista”.
Como ocurría en la URSS de Stalin, si bien los burócratas del PCCh y su progenie de principitos se alimentan de los recursos públicos, se ven limitados por las restricciones legales a la riqueza privada. Ilustrando un aspecto de este fenómeno, el Financial Times (28 de noviembre de 2012) escribió: “El que los derechos de propiedad no se puedan dar por sentados ha hecho que se vuelva un problema la fuga de capital”, incluyendo dinero desviado a paraísos fiscales extranjeros. Otro conducto es canalizar fondos a través de familiares que viven en el exterior. Según un informe interno del Departamento de Organización del PCCh, el 76 por ciento de los altos ejecutivos de las 120 principales compañías estatales chinas tienen familiares inmediatos que viven en el extranjero o tienen pasaportes extranjeros. En una columna del New York Times (11 de mayo), el autor chino Yu Hua informó cómo los funcionarios corruptos tienden a esconder su dinero en lugar de ponerlo en el banco, por miedo a ser descubiertos. Entre los casos famosos está el de uno que escondió 25 millones de yuanes en cajas de seguridad, otro que escondió efectivo en cajas de cartón en el baño de su departamento y un tercero que usó un árbol hueco, una letrina y otros lugares.
De las 500 protestas, disturbios y huelgas que, según se calcula, tienen lugar cada día en China, muchos tienen por detonante la rabia contra funcionarios que lucran haciendo profesión de fe de ideales comunistas. Una de las respuestas del régimen ha sido encubrir el grado en que los recursos del estado obrero se han desviado para beneficio de estos parásitos. En su investigación de 2012, Bloomberg señaló que los controles estatales sobre los medios de comunicación e Internet ayudan a ocultar de la vista los negocios de burócratas y principitos, mientras los documentos oficiales oscurecen a los culpables usando múltiples nombres en mandarín, cantonés e inglés. Como vocero del capital financiero, Bloomberg News sabe bien que esas prácticas no son nada comparadas con el saqueo que llevan a cabo las clases dominantes de los países capitalistas, como hace unos años, cuando cientos de miles de millones de dólares se destinaron a los patrones corporativos de compañías automotrices y bancos en quiebra en EE.UU.
Tras tomar posesión en 2013, el presidente chino Xi Jinping lanzó una campaña para “limpiar a fondo” la corrupción del PCCh. Según la Inspección de la Comisión Central de Disciplina del PCCh, más de 180 mil funcionarios del partido fueron castigados por corrupción y abuso de poder el año pasado, y 31 líderes importantes están siendo investigados. Aquí sin duda las maniobras políticas cumplen un papel: el funcionario purgado Zhou Yongkang es un conocido adversario fraccional de Xi, y en el PCCh hay una tradición que se remonta a Mao de usar campañas anticorrupción para deshacerse de rivales.
El gobierno de Xi también quiere ayudar a estabilizar la sociedad china moderando los despliegues ostentosos de riqueza y privilegios. Su campaña ha incluido un ataque contra el gasto suntuario. En enero se cerraron los clubes exclusivos que operaban en parques públicos de Beijing, Hangzhou, Changsha y Nanjing, con una declaración oficial que afirmaba: “Los edificios deben usarse para darle servicios al público en general, y no a unos pocos privilegiados” (Xinhua, 17 de enero). Se le ha prohibido a los funcionarios ofrecer banquetes ostentosos y los autos de lujo ya no pueden llevar placas militares. Una campaña como ésta sería sencillamente inconcebible en Estados Unidos, donde el “derecho” de la clase dominante capitalista a su riqueza obscena, y a disponer de ella a voluntad, está consagrado en la ley.
Un énfasis particular de la campaña anticorrupción de Xi ha sido el modo en que el desperdicio, el fraude, el nepotismo y la compraventa de grados daña la efectividad militar. Al poco tiempo de tomar posesión, Xi atribuyó en parte el colapso de la Unión Soviética a la pérdida de control de las fuerzas armadas por parte del Kremlin bajo Mijaíl Gorbachov. La limpieza de Xi ha incluido medidas contra el soborno, auditorías y sesiones de crítica; grandes simulacros para mejorar la “disposición a la batalla”; y planes polémicos para reformar la anquilosada y obsoleta estructura del ejército.
Al defender a China, apoyamos el desarrollo de un ejército efectivo y avanzado. Sin embargo, el propio Xi es el dirigente del régimen burocrático que pone en peligro al estado obrero en su utópica búsqueda de una “coexistencia pacífica” con el imperialismo. Los imperialistas no aspiran más que a derrocar la República Popular China y a reconquistar el territorio continental para explotarlo ilimitadamente. Para ello recurren a presiones tanto económicas como militares, como lo ejemplificó el “pivote” asiático del gobierno de Obama y las provocaciones militares de Estados Unidos y Japón en el Mar Meridional de China.
El espectro de Tiananmen
En el momento de su revolución, China era cualitativamente más pobre y atrasada aun que la Rusia zarista cuando los bolcheviques dirigieron una revolución obrera en octubre de 1917. Bajo la dirección de Lenin y Trotsky, los bolcheviques sabían que semejante atraso sólo podría superarse si la revolución se extendía a los países industriales avanzados. Este entendimiento le es completamente ajeno a la perspectiva estalinista del “socialismo en un solo país”, una ideología falsa que la burocracia del PCCh, de Mao Zedong a Xi Jinping, ha compartido.
La desigualdad en China empezó a crecer rápidamente tras la Revolución Cultural de Mao, una amarga lucha intraburocrática lanzada en 1966 que sumió en el caos la vida económica y social del país. Tras haberse beneficiado de la ayuda soviética durante la década que siguió a la Revolución de 1949, China empezó a buscar cada vez más autarquía económica cuando las burocracias china y soviética se enfrentaron. Para principios de los años setenta, Beijing había entablado una alianza traidora con el imperialismo estadounidense contra la Unión Soviética, a la que Mao fustigaba como “socialimperialista”.
Manteniendo sus propios privilegios, la burocracia bajo Mao promovió un modelo de “igualitarismo”, que equivalía a la necesidad generalizada entre las masas, basado en la todavía atrasada base industrial china. Cuando tomaron las riendas tras la muerte de Mao, los Ocho Inmortales, dirigidos por Deng Xiaoping, recurrieron al látigo del mercado para aumentar la productividad económica. Con la invitación a las empresas imperialistas occidentales y japonesas, así como las empresas chinas del exterior, a invertir en sectores designados del territorio continental, la economía se recuperó, pero al costo de una desigualdad muy profundizada y del crecimiento de las fuerzas procapitalistas al interior de China.
Hace 25 años, la ira popular contra la inflación, la corrupción de los funcionarios, el surgimiento de los principitos y el asfixiante control político de la burocracia estalló en protestas masivas centradas en la Plaza Tiananmen en Beijing. En abril de 1989, un grupo de estudiantes de la Universidad de Beijing dejaron en la plaza una corona de flores en honor de Hu Yaobang, quien había muerto poco antes y era considerado relativamente abierto a las protestas estudiantiles y uno de los pocos funcionarios del PCCh que no era corrupto. Para el momento del funeral de Hu una semana después, se había reunido una masiva protesta estudiantil que comenzaba a atraer contingentes obreros. Si bien sectores de los manifestantes estudiantiles deseaban una democracia capitalista estilo occidental, las protestas estuvieron dominadas por el canto de La Internacional —el himno del proletariado internacional— y otras expresiones de conciencia prosocialista. Las protestas se transformaron en un torrente masivo de la clase obrera en contra de la burocracia y los efectos de sus “reformas de mercado”.
Durante casi dos meses, el gobierno fue incapaz de contener las protestas, que se convirtieron en una revolución política incipiente. Los obreros organizaron sus propias guardias de defensa. Incluso la policía se unía a las manifestaciones, un claro reflejo de la diferencia de clase entre un estado obrero y un estado capitalista. La primera unidad del ejército convocada para aplastar las manifestaciones se negó a hacerlo conforme los obreros fraternizaban con los soldados. No sólo los conscriptos, sino también los oficiales de carrera e incluso algunos dirigentes del régimen se pusieron de parte de los manifestantes: un indicio de la naturaleza de la burocracia como una casta frágil. El régimen finalmente encontró unidades leales y las usó para aplastar el levantamiento, con la masacre, especialmente de trabajadores, que tuvo lugar en Beijing los días 3 y 4 de junio. En protesta, estallaron huelgas masivas y el tumulto se extendió al menos a 80 ciudades a lo largo de China.
Lo que faltó decisivamente en mayo-junio de 1989 fue un partido obrero genuinamente comunista —es decir, leninista-trotskista— que luchara por dirigir a los obreros al poder político. Al reconquistar el control, la burocracia no atacó principalmente a los estudiantes, sino al proletariado. A los obreros arrestados se les hizo desfilar por las calles y muchos fueron fusilados.
Corrupción, lucro, represión política, desigualdad: 25 años después, los males que llevaron a estudiantes y obreros a protestar en masa han vuelto con fuerza renovada. Al mismo tiempo, el crecimiento económico ha integrado nuevas capas de la población a la clase obrera. Los migrantes del campo han afluido a los empleos de la industria ligera y manufacturera en áreas urbanas, donde sufren una discriminación sistemática. Mientras tanto, la renovada inversión en la industria estatal ha fortalecido la posición de los obreros de ese sector. Debido a la lucha combativa de los obreros y la escasez de mano de obra, los salarios han aumentado dramáticamente. En una muestra reciente de combatividad obrera, diez mil empleados de la fábrica de calzado Yue Yuen, en la ciudad meridional de Dongguan estallaron una huelga el 14 de abril exigiendo que la compañía taiwanesa pague los montos completos de seguridad social y compensación de vivienda que manda la ley. Tras una combinación de promesas y represión por parte de la compañía y el gobierno, los obreros volvieron al trabajo.
La devastación que trajo consigo la contrarrevolución capitalista en la Unión Soviética y Europa Oriental no le pasó desapercibida al proletariado chino, que tiene el poder y el interés objetivo de barrer con el mal gobierno burocrático. Como escribimos en “Las ‘reformas de mercado’ en China: Un análisis trotskista” (Espartaco No. 27, primavera de 2007):
“En algún punto, probablemente cuando los elementos burgueses de dentro y alrededor de la burocracia se movilicen para eliminar el poder político del PCCh, las múltiples tensiones sociales explosivas de la sociedad china harán estallar en pedazos la estructura política de la casta burocrática gobernante. Y cuando eso pase, el destino del país más poblado de la Tierra será planteado agudamente: ya sea por una revolución política proletaria que abra el camino al socialismo o el regreso a la esclavitud capitalista y la subyugación imperialista”.
La victoria de los obreros en ese conflicto requerirá la dirección de un partido obrero revolucionario, sección china de una IV Internacional reforjada.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/41/china.html
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2016.06.06 14:53 ShaunaDorothy Venezuela: Imperialismo estadounidense alimenta protestas derechistas ¡Romper con el chavismo!¡Por un partido obrero revolucionario! (Junio de 2014)

https://archive.is/uMixl
Espartaco No. 41 Junio de 2014
Por casi ocho semanas, estudiantes y manifestantes de clase media han estado levantando barricadas en los vecindarios acomodados de Caracas y otras ciudades venezolanas exigiendo la salida del presidente Nicolás Maduro. Si bien desprecian a las masas oprimidas del país y desvarían sobre una supuesta infiltración cubana en el gobierno, los manifestantes también han intentado aprovecharse de quejas populares muy reales, como la escasez de bienes —por ejemplo, el aceite para cocinar, la harina y el papel de baño—, la inflación ascendente y las altas tasas de criminalidad. El gobierno ha convocado a la Guardia Nacional contra las protestas, pero de acuerdo a varios informes, los propios manifestantes son responsables de muchas de las casi 40 muertes. También hay rumores acerca de un intento de golpe de estado, lo que el 24 de marzo llevó al arresto de tres generales de la fuerza aérea.
Los imperialistas estadounidenses, que respaldan a la oposición derechista, así como sus voceros en los medios, han hecho un gran escándalo en torno a la represión gubernamental en Venezuela. El 4 de marzo, la Cámara de Representantes estadounidense pasó una resolución condenando al gobierno de Maduro por 393 votos contra uno. El mes pasado, el secretario de estado John Kerry amenazó con sanciones contra Venezuela y denunció a Maduro por llevar a cabo “una campaña de terror contra su propio pueblo”. (En realidad, el secretario de estado estadounidense es el verdadero experto en dirigir “campañas de terror” contra poblaciones civiles.) Los congresistas gusanos de Florida ya están salivando ante la posibilidad de derrocar a Maduro y detener los 100 mil barriles de petróleo que Venezuela envía a Cuba diariamente, en parte a cambio de los servicios de 30 mil médicos y demás personal cubano.
Entre las figuras dirigentes de la protesta se cuentan los políticos de la oposición neoliberal María Corina Machado, a quien hace poco se le retiró la inmunidad parlamentaria, y el ahora preso Leopoldo López. Machado, congresista por un distrito pudiente, a quien se le conoce como “la dama de hierro venezolana” por sus ideas conservadoras, recibió en 2005 un homenaje de George W. Bush en la Casa Blanca por sus intentos de minar el régimen del predecesor de Maduro, Hugo Chávez. El grupo que ella ayudó a fundar, Súmate, ha recibido dinero del National Endowment for Democracy (Fundación Nacional para la Democracia, NED), un bien conocido frente de la CIA. López, un egresado de la escuela Kennedy de gobierno de la Universidad de Harvard, tiene la bendición del Inter-American Dialogue, un comité de asesores financiado por ExxonMobil, Chevron y la estadounidense Agencia para el Desarrollo Internacional (AID, por sus siglas en inglés), que también es un conducto de la CIA. Miembro de la oligarquía venezolana, es un descendiente adinerado del nacionalista latinoamericano del siglo XIX, Simón Bolívar.
Desde que Chávez fue electo por primera vez en 1998, los imperialistas estadounidenses han buscado colocar en Caracas a alguien más de su gusto. Cientos de millones de dólares en fondos estadounidenses han financiado intentos de minar al gobierno venezolano mediante los programas “humanitarios” de la estadounidense AID y las becas del NED para capacitar activistas políticos y darles “asistencia democrática”. Derrocar al régimen fue la meta del fallido golpe de estado que Estados Unidos respaldó en abril de 2002, de los lockouts capitalistas diseñados para dañar la industria petrolera en el invierno de 2002-03 y de la campaña por deponer a Chávez en 2004. Después de que Maduro fuera electo por un estrecho margen en abril de 2013, los agentes locales de Washington alegaron fraude e intentaron anular los resultados a favor de su candidato.
Varios capitalistas venezolanos hacen sus fortunas como prestanombres de intereses imperialistas. Uno de ellos es Gustavo Cisneros. La familia Cisneros amasó una inmensa fortuna con la distribución de Pepsi en Venezuela, pasando luego a los medios de comunicación y otras industrias. Por haber apoyado el golpe fallido contra Chávez en 2002, la de Cisneros y otras tres estaciones de televisión se ganaron el apodo de “los cuatro jinetes del apocalipsis”.
En la profundamente polarizada sociedad venezolana, los pobres y los trabajadores en su gran mayoría siguen atados al chavismo, el populismo nacionalista de izquierda asociado con el caudillo Chávez y adoptado por Maduro, quien cobró prominencia a la sombra de Chávez. Éste consolidó su apoyo popular denunciando las intervenciones militares del imperialismo estadounidense en el mundo y rechazando sus políticas en América Latina. Usó la riqueza generada por la venta del petróleo para financiar programas sociales, como el subsidio a los alimentos y la mejora de las pensiones y la atención médica (esta última con ayuda de Cuba).
En los primeros doce años de gobierno de Chávez el consumo calórico de la población aumento 50 por ciento y la tasa de pobreza cayó de más del 50 por ciento a menos del 30. También hizo más difíciles los despidos, hizo obligatorias las pensiones a los trabajadores domésticos y alzó continuamente el salario mínimo. A diferencia de la élite tradicional que presume sus raíces europeas mientras exuda desprecio por los pobres, Chávez se jactaba de su herencia como zambo (mezcla de africano e indígena). Cuando Maduro —el vicepresidente de Chávez y su sucesor designado— fue electo presidente por escaso margen tras la muerte de Chávez hace un año, prometió continuar la “Revolución Bolivariana” que éste inició en 1999.
Pese a estar en la mira del imperialismo estadounidense y ser odiado por la capa de la burguesía venezolana más estrechamente asociada a éste, el gobierno que encabeza Maduro, como el de Chávez antes que él, es un gobierno capitalista. El propio Chávez enfatizó repetidamente que su régimen no representaba un riesgo para la propiedad privada. Aunque los marxistas apoyamos que se establezcan programas de bienestar social para los pobres y defendemos [contra los imperialistas] las nacionalizaciones en los países dependientes, estas medidas no alteran de ninguna forma el carácter capitalista de la sociedad, sin importar la cantidad de envoltura “socialista” que se le ponga.
De hecho, el populismo nacionalista chavista ayuda a desviar la lucha social y ata ideológicamente a las masas empobrecidas y a la clase obrera al dominio capitalista. [En ocasiones,] las nacionalizaciones de tierras y compañías privadas —llevadas a cabo en gran medida mediante compras del gobierno— representan un medio por el que los países bajo dominación imperialista pueden alcanzar un grado de independencia económica. Pero lejos de colocar la riqueza productiva de la sociedad en manos de los trabajadores, estas nacionalizaciones le han ayudado a los compinches de Chávez en la llamada boliburguesía (burguesía bolivariana) a llenar sus bolsillos.
La política de Estados Unidos en América Latina ha dejado un sangriento rastro de siglos de intervenciones, dictadores impuestos por el gobierno estadounidense y escuadrones de la muerte. Está en el interés de los trabajadores, tanto de Estados Unidos como de Venezuela, oponerse a todo golpe respaldado por Estados Unidos así como a toda otra forma de intervención imperialista en el país. Al mismo tiempo, apoyar políticamente al chavismo y al régimen de Maduro sólo subordina a la clase obrera venezolana a sus explotadores capitalistas. Por eso, durante el referéndum de 2004 para revocar a Chávez, nosotros argumentamos por la abstención en lugar del no. Como escribimos en “U.S. Imperialism´s Referendum Ploy Fails—Populist Capitalist Ruler Chávez Prevails” (La maniobra del referéndum del imperialismo estadounidense fracasa: El gobernante capitalista populista Chávez triunfa, WV No. 831, 3 de septiembre de 2004):
“La perspectiva inmediata que se plantea con urgencia es no sólo oponerse a las incursiones del imperialismo estadounidense a Venezuela y demás países, sino luchar por romper el apoyo del movimiento obrero tanto a Chávez como a la oposición, y el forjar un partido obrero revolucionario e internacionalista que dirija a la clase obrera al poder. Eso requiere una lucha intransigente contra el nacionalismo en Venezuela, que oscurece las divisiones de clase en el país. Sólo una lucha victoriosa por el poder de la clase obrera, es decir, por la revolución socialista a lo largo de las Américas, puede otorgarle tierra a los que no la tienen y permitir que los obreros del petróleo y el resto del proletariado disfruten de la riqueza que su trabajo produce”.
Populismo nacionalista: Callejón sin salida para los trabajadores
Como Lázaro Cárdenas, que gobernó México en la década de 1930, o el argentino Juan Domingo Perón en la de los 40 y 50, Chávez, un antiguo coronel que en 1992 había intentado en vano un golpe de estado, fue lo que los marxistas llamamos un gobernante bonapartista. El término se aplica a un caudillo, típicamente un (ex)dirigente militar como el original Napoleón Bonaparte, que encabeza un régimen que en un periodo de crisis lo eleva a la posición de “líder de la nación”. Como explicó el revolucionario marxista León Trotsky escribiendo sobre el régimen de Cárdenas que expropió la industria petrolera:
“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno gira entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capitalismo extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros”.
—“La industria nacionalizada y la administración obrera” (1939)
La reforma populista y la austeridad neoliberal son dos caras del dominio de clase capitalista en los países dependientes, es decir, son las dos políticas alternativas de las que dispone la burguesía nacional, como se ha demostrado en la propia Venezuela. En 1976, el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera con compensación. Animado por el aumento de los precios del petróleo, invirtió fuertemente en programas sociales, expandiendo los empleos públicos y mejorando la educación y la atención médica. Pero cuando Pérez fue electo nuevamente en 1989, el mercado petrolero se había derrumbado, así que implementó una austeridad masiva en nombre del Fondo Monetario Internacional.
La principal preocupación de Chávez al llegar al poder en 1998 fue resolver el problema de los tambaleantes réditos petroleros del país, la vida misma de la burguesía venezolana. Inmediatamente procedió a disciplinar al sindicato de obreros petroleros y en general a aumentar la eficiencia de la industria petrolera de propiedad pública, mientras presionaba al cártel petrolero de la OPEP para que hiciera subir los precios. Fue gracias a esos esfuerzos, y en interés de la estabilidad social, que en un principio gran parte de la clase dominante apoyó a Chávez. Eso incluyó de manera prominente a sus antiguos compañeros en el alto mando del ejército, que cumplieron una función clave en restaurarlo en el poder tras el efímero golpe de estado de 2002.
Chávez tuvo suerte: los precios del petróleo se incrementaron de 10.87 dólares por barril en 1998 a 96.13 en 2013. Sin embargo, el precio del petróleo es notoriamente inestable y Estados Unidos, el mayor comprador de petróleo venezolano, ha reducido sus importaciones. Los programas de bienestar social que Chávez introdujo no pueden sostenerse a largo plazo bajo el capitalismo. Con su productividad en declive arrastrando consigo a la economía, Venezuela se las ha arreglado para mantenerse a flote gracias en buena medida a los miles de millones de dólares que el estado obrero deformado chino le ha prestado a cambio de petróleo.
Gran parte de la clase capitalista venezolana se enriqueció desviando la riqueza petrolera del país. El que Chávez invirtiera estas remesas en reformas sociales enfureció a elementos de la burguesía que por mucho tiempo habían considerado este dinero como su caja personal. Cuando Chávez implementó controles a los precios y las divisas y llevó a cabo nacionalizaciones, la división se profundizó. Desde que Chávez llegó al poder, cerca de un millón de venezolanos ricos y clasemedieros han abandonado el país. Muchos han enviado su dinero al extranjero, incluyendo a Miami, el nido de víboras de los exiliados anticomunistas cubanos. En respuesta, el gobierno instituyó más controles de precios y divisas, lo que dificultó que las compañías privadas obtuvieran capital, endureciendo la oposición al gobierno. Como resultado, muchos capitalistas manufactureros, como los de la industria automotriz, han cerrado sus fábricas, aumentando la dependencia de Venezuela de los bienes importados.
Para aumentar sus ganancias, muchas tiendas privadas se han negado a vender sus productos a las tasas oficiales del gobierno, insistiendo en cobrar precios más altos. Los especuladores exportan ilegalmente a Colombia los productos básicos que el gobierno subsidia para venderlos más caros. Se reporta que el acaparamiento es extendido. La “solución de mercado” tradicional, es decir, relajar los controles de precios y divisas así como los subsidios que introdujo Chávez, sin duda alentaría a los capitalistas privados a producir y vender más productos. Tal como ocurre en Colombia y otros países latinoamericanos, semejantes medidas serían benéficas para los libros contables de los capitalistas, pero desastrosas para todos los demás.
En la Venezuela actual, los pobres no pasan hambre, pero la escasez de productos básicos ha hecho sus condiciones más miserables. Mientras la riqueza productiva de la sociedad permanezca en manos privadas, la producción estará guiada por aquello que aumente la ganancia capitalista. Las masas seguirán sujetas a la explotación y la opresión y el desarrollo económico seguirá subordinado a los mandatos del mercado mundial dominado por el imperialismo. El sufrimiento de los pobres urbanos y rurales no podrá encontrar un remedio permanente sin el aplastamiento del estado burgués y el derrocamiento del orden social capitalista. La perspectiva de la Liga Comunista Internacional es una serie de revoluciones obreras a lo largo del globo, que pavimenten el camino a una economía colectivizada e internacionalmente planificada y a la consecuente expansión de las fuerzas productivas de la sociedad de acuerdo con las necesidades humanas.
Apologistas de izquierda del chavismo
La mayoría de las organizaciones que se describen como socialistas se apresuraron a apoyar la “Revolución Bolivariana” de Hugo Chávez y siguen actuando como el departamento de publicidad izquierdista de Maduro. Alan Woods, que dirige la Corriente Marxista Internacional (CMI) destaca entre estos especímenes, jactándose de ser un asesor “trotskista”, primero de Chávez y ahora de Maduro. El artículo de Woods del 5 de marzo “¡Hay que cumplir con el legado de Hugo Chávez!” (laizquierdasocialista.org) alaba a las masas trabajadoras que “han salvado la Revolución y la han empujado hacia delante” y les insta a que sean firmes con los “reformistas” y los “burócratas” del gobierno en Caracas.
En su declaración “Hugo Chávez ha muerto—¡La lucha por el socialismo vive!” (6 de marzo de 2013), la CMI explica: “Hugo Chávez ha muerto antes de poder completar la enorme tarea que se había comprometido a cumplir: la revolución socialista en Venezuela. Ahora depende de la clase obrera y el campesinado —la auténtica fuerza motriz de la revolución bolivariana— el completar esta tarea”. Luego implora: “debemos asegurarnos que el próximo gobierno aplique una política socialista”.
La CMI querría que las masas obreras sirvieran de infantería para promover la posición de Maduro, ayudando así a consolidar el dominio capitalista. Glorificar al antiguo coronel del ejército y a su acólito, que han estado administrando el represivo estado burgués venezolano por los últimos 16 años, desarma a los obreros y los ata a un ala de la clase dominante de Venezuela. La única defensa confiable contra el empobrecimiento capitalista, ya sea impuesto por la oposición derechista o por el gobierno de Maduro, es la lucha independiente de la clase obrera. Y la lucha por el socialismo sólo puede avanzar si el proletariado lucha bajo su propia bandera. El socialismo no resultará de la “Revolución Bolivariana” que no hace nada para desafiar la propiedad capitalista, sino de una revolución obrera que barra el aparato estatal burgués y expropie la propiedad capitalista.
La CMI ve en la “Revolución Bolivariana” una repetición de la Revolución Cubana. Como lo puso el vocero de la CMI Jorge Martín: “Esta dinámica de acción y reacción de la revolución venezolana nos recuerda fuertemente a los primeros años de la revolución cubana”. Esa comparación, sin embargo, no tiene ninguna base en la realidad.
Cuando las fuerzas de Castro entraron en La Habana el 1° de enero de 1959, culminando varios años de guerra de guerrillas, el ejército burgués y el resto del aparato del estado capitalista, que habían sostenido la dictadura de Batista respaldada por Estados Unidos, colapsaron en desorden. Al principio, los heterogéneos rebeldes pequeñoburgueses no estaban comprometidos más que con un programa de reformas democráticas radicales, pero, bajo la presión del imperialismo estadounidense, empezaron las nacionalizaciones. Para el momento en que Castro declaró a Cuba “socialista” en 1961, la burguesía cubana, los imperialistas estadounidenses y sus sicarios de la CIA y de la mafia ya habían huido y la propiedad capitalista había sido expropiada. Muy al contrario de lo que ocurrió en Venezuela, donde la burguesía está intacta como clase, lo que se estableció en Cuba en 1960-61 fue un estado obrero deformado: una sociedad en la que la propiedad privada fue colectivizada, pero es una casta burocrática parasitaria, y no la clase obrera, la que tiene el poder político.
El hecho de que un movimiento guerrillero pequeñoburgués pudiera derrocar el dominio capitalista se debió a circunstancias históricamente excepcionales: la ausencia de la clase obrera como contendiente por el poder por derecho propio, el cerco hostil del imperialismo y la huida de la burguesía nacional, y el salvavidas que arrojó la Unión Soviética. El propio estado obrero cubano tuvo como modelo a la Unión Soviética tras su degeneración burocrática a manos de los usurpadores estalinistas que inició en 1923-24. Como lo hicimos con el estado obrero degenerado soviético antes de su destrucción, llamamos por la defensa militar incondicional de Cuba y por una revolución política obrera que derroque a la casta burocrática gobernante.
En Cuba la burocracia castrista abraza el dogma estalinista del “socialismo en un solo país”. De este modo, niega la necesidad de la revolución proletaria internacionalmente, no sólo en el resto de América Latina, sino particularmente en el mundo capitalista avanzado. Minando aún más la defensa de Cuba, la burocracia se ha acomodado a todo tipo de regímenes capitalistas antiobreros, dándoles una cobertura “revolucionaria”. Mientras tanto, diversas “reformas de mercado” adoptadas en respuesta a los severos problemas económicos postsoviéticos de Cuba han provocado una desigualdad creciente (ver “Cuba: Crisis económica y ‘reformas de mercado’”, Espartaco No. 34, otoño de 2011).
En aquellos países, como Venezuela, donde el capitalismo surgió tardíamente, las burguesías son demasiado débiles, le temen demasiado al proletariado y dependen demasiado del mercado mundial —dominado por Estados Unidos, Europa y Japón— como para romper las cadenas de la subyugación imperialista y resolver la pobreza de las masas y otros problemas sociales candentes. El único camino hacia delante, como lo puso Trotsky en La revolución permanente (1930), es la lucha por “la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”. La dictadura del proletariado pondría en el orden del día no sólo las tareas democráticas, sino también las socialistas, como la colectivización de la economía, dándole un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado en el mundo capitalista avanzado impediría definitivamente la restauración burguesa y aseguraría la posibilidad de concluir la construcción socialista.
Es tarea de los marxistas romper las ilusiones en populistas burgueses como Chávez para forjar partidos revolucionarios de la clase obrera. Como escribimos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):
“La historia tiene reservado un severo veredicto para aquellos ‘izquierdistas’ que promueven a uno u otro caudillo capitalista con retórica izquierdista. El camino hacia delante para los oprimidos de todas las Américas no está en pintar a los hombres fuertes nacionalistas como revolucionarios, ni a las incursiones populistas como revoluciones. Está, por el contrario, en la construcción de secciones nacionales de una IV Internacional reforjada en el espíritu de una hostilidad revolucionaria intransigente a todas y cada una de las formas del dominio capitalista”.
Al sur del Río Bravo, estos partidos tendrán que construirse en una lucha política contra las extendidas ilusiones en el populismo y el nacionalismo. En Estados Unidos, un partido obrero revolucionario tendrá que construirse en la lucha por arrancar al proletariado del capitalista Partido Demócrata y por movilizarlo en solidaridad con todos aquellos oprimidos y explotados por el imperialismo estadounidense alrededor del mundo.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/41/venezuela.html
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2016.06.04 04:27 ShaunaDorothy ¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana! Cuba: Crisis económica y “reformas de mercado” ¡Por la revolución política obrera!(1 - 2) (Otoño de 2011)

https://archive.is/OkPrG
Espartaco No. 34
Otoño de 2011
¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana!
Cuba: Crisis económica y “reformas de mercado”
¡Por la revolución política obrera!
¡Por la revolución socialista en toda América!
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard, periódico de nuestros camaradas de la SL/U.S., No. 986, 16 de septiembre de 2011.
A principios de agosto, la Asamblea Nacional cubana endosó un plan de reformas económicas orientadas al mercado para los próximos cinco años, el cual ya había sido adoptado en la primavera por el VI Congreso del Partido Comunista Cubano. Entre las medidas planeadas se encuentra la eliminación de más de un millón de empleos estatales (20 por ciento de la fuerza laboral), importantes recortes a subsidios estatales, una expansión enorme en el sector de la pequeña empresa e incentivos adicionales para atraer inversión extranjera.
Desde que se anunciaron en agosto de 2010, el componente principal de estas “reformas de mercado” ha sido la eliminación de un millón de empleos estatales. La burocracia de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), controlada por el estado, ha jugado un importante papel en la promoción de estos recortes, al afirmar descaradamente que son esenciales para “seguir perfeccionando el socialismo”. En la manifestación del Primero de Mayo de este año en La Habana, la CTC marchó bajo la consigna: “unidad, productividad y eficiencia”.
Originalmente, estos recortes deberían haber sido implementados para marzo, pero el plazo se cumplió sin novedad. El congreso del Partido Comunista del mes siguiente debía ponerlos en marcha, pero decidió posponerlos de nuevo debido a los reportes de descontento masivo. Ya desde octubre de 2010, la agencia noticiosa Reuters informó que funcionarios del partido tuvieron que presentarse en el Hotel Habana Libre para “calmar a los trabajadores” cuando éstos se enteraron de los despidos proyectados. Los trabajadores despedidos sólo obtendrán liquidaciones por un corto periodo de tiempo, correspondientes, como máximo, al 60 por ciento de sus salarios.
El objetivo declarado de las “reformas” es reactivar la estancada economía cubana, que nunca se ha recuperado completamente de la severa crisis que siguió a la restauración del capitalismo en la Unión Soviética hace más de dos décadas. A pesar del dominio de la burocracia estalinista, el estado obrero soviético proporcionaba un salvavidas económico crucial para esta pequeña y empobrecida isla, que luchaba por sobrevivir bajo la sombra del monstruo imperialista estadounidense. La Unión Soviética también representaba un obstáculo militar para las revanchistas ambiciones contrarrevolucionarias de Washington.
Los severos problemas económicos del periodo postsoviético se incrementaron en 2008, cuando Cuba fue sacudida por la crisis financiera capitalista global. El precio del níquel, el principal producto de exportación cubano, bajó hasta en un 80 por ciento, mientras que las remesas enviadas por los cubanos residentes en EE.UU. disminuyeron de forma sustancial. Ese mismo año, los huracanes destruyeron infraestructura con valor de diez mil millones de dólares. De frente a un déficit comercial de casi doce mil millones de dólares, Cuba se vio obligada a suspender sus pagos a los acreedores extranjeros. El hecho de que los doctores y otros profesionistas cubanos que trabajan en el extranjero sean la fuente del 60 por ciento de los ingresos en divisa fuerte, seguidos de la industria turística, es testimonio del terrible estado en el que se encuentra la economía cubana.
Tanto los comentaristas burgueses como los de la izquierda han aprovechado los recientes anuncios del régimen para hacer las más disímiles predicciones. Éstas van desde el optimismo fatuo sobre las perspectivas de que la aislada Cuba avance hacia el socialismo, hasta las afirmaciones de que el capitalismo está siendo, o ya fue, restaurado en la isla. Para entender por qué dichos puntos de vista son falaces se requiere un entendimiento marxista de la naturaleza de clase del estado cubano y de su burocracia estalinista en el poder.
Los trotskistas no tomamos lado en el debate entre los que abogan por reformas de mercado/descentralización y aquéllos que preferirían regresar a una economía más rígidamente centralizada. Nuestro punto de partida es el entendimiento de que Cuba es un estado obrero burocráticamente deformado, una sociedad en donde el capitalismo ha sido derrocado pero el poder político es monopolio de una casta gobernante parasitaria, cuyos privilegios derivan de la administración de la economía colectivizada. Como demuestra el ejemplo de China, hay una tendencia inherente en esos regímenes a abandonar la planificación burocrática centralizada a favor de mecanismos de mercado. Hostiles intrínsecamente a la democracia obrera, recurren a la disciplina del mercado (y a la fila de desempleados) como un látigo para incrementar la productividad laboral.
A pesar de las distorsiones del dominio burocrático, primero bajo Fidel Castro y ahora bajo su hermano y lugarteniente de muchos años, Raúl, los obreros y campesinos de Cuba han obtenido enormes conquistas gracias al derrocamiento del capitalismo. La eliminación de la producción con fines de lucro a través de la colectivización de los medios de producción, junto con la planeación económica centralizada y el monopolio estatal sobre el comercio exterior y la inversión extranjera, proporcionaron empleo, vivienda y educación para todos y removieron el yugo del dominio imperialista directo. Cuba tiene una de las tasas de alfabetización más altas del mundo y un reconocido sistema de salud. La tasa de mortalidad infantil es más baja que en EE.UU., Canadá y la Unión Europea. El aborto es un servicio de salud gratuito y fácilmente asequible.
En la Liga Comunista Internacional estamos por la defensa militar incondicional del estado obrero deformado cubano contra el imperialismo y la contrarrevolución capitalista interna. Llamamos por poner fin al paralizante embargo económico impuesto por Washington y exigimos el retiro de EE.UU. de la Bahía de Guantánamo. Al mismo tiempo, llamamos a que el proletariado cubano barra con la burocracia castrista a través de una revolución política que establezca un régimen de democracia obrera. Ésa es la única manera de remediar la corrupción, la ineficiencia y la escasez endémicas a la mala administración burocrática, que detienen el crecimiento económico y crean enormes dislocamientos.
La explicación de Trotsky de las raíces materiales de la burocracia soviética en su libro de 1937 La revolución traicionada puede ser aplicada igualmente al régimen cubano de hoy:
“La autoridad burocrática tiene como base la pobreza de artículos de consumo y la lucha de todos contra todos que de allí resulta. Cuando hay bastantes mercancías en el almacén, los parroquianos pueden llegar en cualquier momento; cuando hay pocas mercancías, tienen que hacer cola en la puerta. Tan pronto como la cola es demasiado larga se impone la presencia de un agente de policía que mantenga el orden. Tal es el punto de partida de la burocracia soviética. ‘Sabe’ a quién hay que dar y quién debe esperar”.
Desde el origen del estado obrero cubano, la burocracia en el poder ha actuado como un obstáculo al avance ulterior hacia el socialismo: una sociedad igualitaria y sin clases que requiere de niveles de producción cualitativamente más elevados que incluso los del país capitalista más avanzado. En cambio, los estalinistas empujan el mito del “socialismo en un solo país”, que en la práctica significa oponerse a la perspectiva de la revolución obrera internacional y conciliar con el imperialismo mundial y sus clientes neocoloniales a través de una política de “coexistencia pacífica”.
Una Cuba gobernada por consejos electos de obreros y campesinos —abiertos a todos los partidos que defiendan la revolución— sería un faro para los trabajadores de toda Latinoamérica y más allá. En última instancia, la respuesta al atraso económico de Cuba y el único camino hacia un futuro de abundancia material, igualdad social y libertad personal es la revolución proletaria internacional —particularmente en el bastión imperialista estadounidense— que conduzca a una planeación económica global y racional y a un orden socialista igualitario. El corolario obligado a esta perspectiva es el forjamiento de un partido trotskista en Cuba, parte de una IV Internacional reforjada, que dirija una revolución política proletaria a la victoria.
El “Periodo Especial” y la “reforma” burocrática
Aunque las “reformas de mercado” propuestas son profundas, el tipo de políticas que representan difícilmente son algo nuevo en Cuba. A partir de 1993, es decir, poco después de la destrucción de la Unión Soviética, el régimen de Castro emprendió una serie de políticas orientadas al mercado para lidiar con el llamado “Periodo Especial”. Éstas incluyeron la legalización del autoempleo y la posesión individual de dólares, así como una importante expansión del turismo extranjero, incluso a través de empresas de inversión mixta.
El efecto más dramático de estas medidas fue el enorme incremento de la desigualdad en la isla. En un contexto de corrupción pequeña y no tanto, la lucha por obtener divisas fuertes se ha vuelto el factor dominante en las vidas de los trabajadores cubanos. Bajo el sistema de divisas dual, los trabajadores reciben su salario en pesos cubanos, pero la mayor parte de los bienes sólo pueden adquirirse en tiendas especiales o en el mercado negro usando una divisa denominada peso convertible (CUC), cuyo valor equivale a 24 pesos cubanos y es la moneda usada por los turistas. Esta situación ha obligado a la mayoría de los trabajadores a tomar segundos y hasta terceros empleos para satisfacer necesidades básicas, lo que en consecuencia afecta seriamente la productividad laboral. Cuba también ha atestiguado el resurgimiento de la prostitución.
Aquéllos que tienen acceso a divisa fuerte gracias a las remesas del extranjero, la industria turística u otras fuentes ahora tienen estándares de vida mucho más altos que el resto de los cubanos. Entre estos últimos está la mayoría de los negros cubanos, que tienen mucha menor probabilidad de tener parientes en Miami y están subrepresentados en el sector laboral turístico. Aunque los negros obtuvieron enormes conquistas con la Revolución Cubana, muchos de estos avances están siendo revertidos.
A partir de 1996, Cuba logró emerger de las profundidades del Periodo Especial y experimentó algo de crecimiento económico, aunque sobre una base limitada. En 2002, un 40 por ciento de los ingenios azucareros, cuya producción solía ser exportada en su gran mayoría a la URSS, fue clausurado en un intento por diversificar la agricultura y alimentar a la población. Sin embargo, ante la constante escasez de equipo y combustible y en el contexto de una desorganización considerable, la producción de alimentos siguió estancada. Para 2006, 40 por ciento de los camiones a disposición de la agencia estatal responsable de fomentar y distribuir la producción agrícola estaba fuera de servicio, mientras que el resto tenía al menos 20 años de antigüedad.
Dado que la mitad de la tierra agrícola sigue siendo improductiva, Cuba tiene que importar 80 por ciento de sus alimentos, en gran parte de EE.UU. Un artículo de Brian Pollitt, profesor de la Universidad de Glasgow, resume la terrible situación: “Mientras que en 1989 la exportación de azúcar de Cuba podía financiar por sí misma cuatro veces la importación de alimentos a la isla, durante los años 2004-06, el combinado de sus exportaciones de azúcar, tabaco y otros productos agrícolas y de pesca no podía financiar siquiera la mitad de las importaciones alimentarias” (International Journal of Cuban Studies, junio de 2009).
La amenaza de despidos masivos
Los lineamientos económicos aprobados por el régimen tienen como objetivo mejorar el desempeño económico a través de condiciones más duras para el pueblo cubano. Afirman que es necesario “reducir o eliminar gastos excesivos en la esfera social...y evaluar todas las actividades que puedan pasar del sector presupuestado [estatal] al sistema empresarial”. En 2009, el gobierno ordenó el cierre de las cafeterías en todos los lugares de trabajo, otorgando a los trabajadores un aumento salarial de quince pesos cubanos (equivalente a unos 70 centavos de dólar). Mientras tanto, el ya de por sí precario paquete de alimentos básicos, disponible a través de las libretas de racionamiento a precios módicos, está siendo reducido aún más.
Las nuevas medidas buscan fomentar una mayor inversión por parte de compañías europeas, canadienses y de otros países relajando las restricciones sobre la propiedad extranjera de bienes raíces, entre otras cosas a través de arriendos de 99 años y la legalización de la compra y venta de casas. También se contempla expandir enormemente la inversión extranjera directa a través de empresas de inversión mixta y zonas económicas especiales. Las reformas buscan promover el crecimiento del hasta ahora muy limitado sector privado por varios medios: la eliminación de las restricciones para el autoempleo, la disminución del control sobre la venta de la producción agrícola privada y la aceptación formal de la existencia de las pequeñas empresas privadas, en un intento por regular y gravar con impuestos la economía informal. Por primera vez desde 1968, se permitirá que estas empresas empleen gente fuera de sus propias familias. Estas medidas no pueden más que conducir a una desigualdad incluso mayor. También van a servir para incrementar la influencia económica de los cubanos derechistas en el exilio, dado que los cubanos con familiares en EE.UU. estarán entre los pocos con el capital suficiente para iniciar un negocio.
La campaña por parte de un sector de los imperialistas estadounidenses (centrado en los agribusiness) para relajar el embargo sin detener la presión diplomática y política contra Cuba señala otro camino posible para subvertir la economía socializada: inundarla de importaciones baratas. Este enfoque corresponde a la política que sostienen desde hace mucho los gobernantes de Europa Occidental y Canadá. Desde luego, Cuba debe tener derecho a comerciar y tener relaciones diplomáticas con los países capitalistas. Sin embargo, esto subraya la importancia del monopolio estatal sobre el comercio exterior —es decir, un estricto control gubernamental sobre las importaciones y las exportaciones—.
El gobierno dice que espera que el 40 por ciento de los trabajadores que pierdan su empleo sea transferido a cooperativas, mientras que el resto será instado a iniciar pequeños negocios, autoemplearse o buscar otro trabajo. Un documento del partido admite que gran parte de los nuevos negocios podrían quebrar en el lapso de un año debido a la carencia de crédito y materias primas. Las perspectivas de muchos trabajadores de sobrevivir en ocupaciones de subsistencia como la venta de comida y la reparación de calzado, en el contexto de las dificultades económicas, son desalentadoras, por decir lo menos.
Las compañías estatales también adquirirán mayor autonomía: si son incapaces de financiar su propia operación serán liquidadas. Como explicamos en el contexto de las “reformas de mercado” introducidas en los últimos años de la Unión Soviética, este tipo de medidas impulsan a los administradores estatales a competir unos contra otros para comprar y producir barato y vender caro. Esto, a su vez, tiende a minar el control estatal sobre el comercio exterior y alimentar ulteriormente los apetitos procapitalistas de sectores de la burocracia. Por lo que respecta al esquema del régimen de “perfeccionamiento de las empresas estatales” que vincula los salarios a la productividad, no se trata más que de pago a destajo, que sirve para socavar la solidaridad básica de la clase obrera transformando a los trabajadores en competidores individuales por salarios más altos. Bajo el dominio estalinista, este tipo de esquemas, que plantean anarquía económica y mayor desigualdad, son la única “respuesta” posible a las distorsiones creadas por la rigidez y el comandismo burocráticos.
Los orígenes del estado obrero deformado cubano
Para entender la difícil situación en la que se encuentra actualmente Cuba, es necesario examinar los orígenes del estado obrero deformado. Las fuerzas guerrilleras que entraron a La Habana bajo la dirección de Fidel Castro en enero de 1959 eran un movimiento pequeñoburgués heterogéneo, cuyo compromiso inicial no iba más allá de un programa de reformas democráticas radicales. Notablemente, sin embargo, su victoria implicó no sólo la caída de la ampliamente despreciada dictadura de Batista, respaldada por EE.UU., sino también la destrucción del ejército y del resto del aparato estatal capitalista, proporcionando al nuevo gobierno pequeñoburgués un amplio margen de maniobra.
El nuevo gobierno se vio enfrentado a los crecientes intentos por parte del imperialismo estadounidense de someterlo a través de la presión económica. Cuando Washington trató de reducir la cuota estadounidense de azúcar cubana a principios de 1960, Castro firmó un acuerdo para vender un millón de toneladas al año a la Unión Soviética. La negativa de las refinerías propiedad de los imperialistas a procesar crudo soviético llevó a la nacionalización de la propiedad estadounidense en Cuba en agosto de 1960, que incluía ingenios azucareros, compañías petroleras y las empresas de electricidad y teléfonos. Para octubre de ese año, 80 por ciento de la industria del país había sido nacionalizada. Cuba se convirtió en un estado obrero deformado con estas extensas nacionalizaciones, que liquidaron a la burguesía como clase.
La Revolutionary Tendency (RT, Tendencia Revolucionaria), antecesora de la LCI, fue forjada a principios de la década de 1960 al interior del Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista) estadounidense en la lucha por una perspectiva marxista respecto a Cuba. A la par que defendía a la Revolución Cubana contra el imperialismo, la RT estaba tajantemente opuesta a que el SWP adulara a Castro, retratándolo como un trotskista “inconsciente”, y al programa de guerrilla rural asociado con los fidelistas y, antes de eso, con los maoístas chinos. Como escribimos en la Declaración de Principios de la Spartacist League/U.S. en 1966:
“La Spartacist League se opone completamente a la doctrina maoísta, con raíces en el menchevismo y el reformismo estalinista, que rechaza el papel de vanguardia de la clase obrera y la sustituye con la guerra de guerrillas campesinas como camino al socialismo. Bajo ciertas condiciones, por ejemplo la desorganización extrema de la clase capitalista en el país colonial y la ausencia de la clase obrera contendiendo por el poder social en su propio nombre, movimientos de este tipo pueden destruir las relaciones de propiedad capitalistas; no pueden, sin embargo, llevar a la clase obrera al poder político. En lugar de ello, crean regímenes burocráticos antiobreros que reprimen cualquier desarrollo ulterior de estas revoluciones hacia el socialismo. La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha confirmado completamente la teoría trotskista de la revolución permanente, que sostiene que en el mundo moderno la revolución democrático burguesa sólo puede ser completada por una dictadura proletaria apoyada por el campesinado. Es sólo bajo la dirección del proletariado revolucionario que los países coloniales y semicoloniales pueden obtener la completa y auténtica solución a las tareas de alcanzar la democracia y la emancipación nacional”.
—“Basic Documents of the Spartacist League” (Documentos básicos de la Spartacist League), Marxist Bulletin No. 9
En ausencia de la democracia proletaria en un estado que los obreros conquistaron directamente, la sección decisiva de las fuerzas de Castro se convirtió en una casta burocrática que descansaba en la cima de la economía recientemente nacionalizada. Debido a su posición recién adquirida, los castristas se sintieron obligados a adoptar un falso marxismo (el “socialismo en un solo país”) que es el reflejo ideológico inevitable de una burocracia estalinista, fusionándose en el proceso con el traicionero Partido Popular Socialista, pro-Moscú, que en algún momento incluso participó en el gobierno de Batista. La existencia del estado obrero degenerado soviético proporcionó el modelo y, sobre todo, el apoyo material que hizo posible este resultado.
La Revolución Cubana demostró una vez más que no hay una “tercera vía” entre la dictadura del capital y la del proletariado. En este sentido, confirmó la teoría de la revolución permanente de León Trotsky. La Revolución Cubana, sin embargo, estuvo muy lejos de ser como la Revolución Rusa de octubre de 1917, llevada a cabo por un proletariado urbano con conciencia de clase apoyado por el campesinado y dirigido por el Partido Bolchevique.
Cuba y el colapso soviético: Los antecedentes de la crisis
Lejos de la falacia promovida por varios autodenominados izquierdistas de que la URSS era una potencia “imperialista”, la Unión Soviética era un estado obrero que surgió de la primera revolución socialista victoriosa en la historia. Internacionalistas hasta la médula, Lenin, Trotsky y los otros dirigentes bolcheviques veían la revolución en la económicamente atrasada Rusia como el primer paso para la revolución socialista mundial, que debería incluir de manera crucial a los países capitalistas avanzados. Sin embargo, el fracaso de varias oportunidades revolucionarias en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial —en particular la derrota de la Revolución Alemana en 1923— agudizaron el aislamiento del estado soviético. Esto, combinado con la devastación económica de la Primera Guerra Mundial y la subsecuente Guerra Civil, permitió que emergiera una capa burocrática conservadora en el partido y el aparato estatal.
A partir de 1923-24, la URSS sufrió una degeneración burocrática cualitativa, una contrarrevolución política en la que la clase obrera fue privada del poder político. El conservadurismo parroquial de la casta burocrática en consolidación adquirió forma ideológica cuando en 1924 Stalin promulgó la teoría de que el socialismo podía ser construido en un solo país. Este dogma antimarxista sirvió como justificación para el rechazo cada vez más franco del internacionalismo bolchevique —lo que condujo a traiciones abiertas de revoluciones proletarias en el extranjero, como fue el caso de España en la década de 1930— y a favor de intentos inútiles por conciliar con el imperialismo.
A pesar del dominio burocrático, la capacidad del estado obrero de administrar los recursos económicos de la sociedad soviética mediante la planificación económica trajo consigo grandes avances, transformando a la URSS de un país atrasado y mayoritariamente campesino en una potencia industrial moderna. Ese hecho es todavía más notorio hoy que el mundo capitalista está una vez más hundido en una crisis económica global. Sin embargo, como señaló Trotsky en La Revolución Traicionada:
“cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación”.
El creciente estancamiento económico, exacerbado por la necesidad de seguirle el paso al masivo arsenal militar antisoviético del imperialismo estadounidense, llegó a un punto crítico en la década de 1980. El régimen de Mijaíl Gorbachov introdujo un programa de medidas con orientación de mercado (perestroika) que precipitó la fractura de la burocracia, incluso sobre líneas nacionales. En agosto de 1991, aprovechando un intento fallido de golpe de estado por parte de los lugartenientes de Gorbachov, el abiertamente procapitalista Boris Yeltsin tomó el poder en colaboración con el gobierno imperialista de George H. W. Bush. En esos días cruciales, la LCI publicó y distribuyó más de 100 mil copias en ruso de una declaración que llamaba a los obreros soviéticos a “¡Derrotar la contrarrevolución de Yeltsin y Bush!”. Sin embargo, décadas de mal gobierno estalinista habían dejado al proletariado atomizado y desmoralizado, y la ausencia de una resistencia proletaria a la marea contrarrevolucionaria pavimentó el camino para la destrucción final de las conquistas de la Revolución de Octubre.
La noción falsa de que la Unión Soviética era una potencia “imperialista” explotadora queda completamente desacreditada por su apoyo a Cuba, crucial para el progreso económico de ese país. Para la década de 1980, la Unión Soviética subsidiaba hasta el 36 por ciento del ingreso nacional cubano, intercambiando petróleo y sus derivados por azúcar en condiciones extremadamente favorables para la isla. Los enormes avances en los servicios de salud y de educación cubanos también estuvieron condicionados por los subsidios soviéticos, que en la década de 1970 permitieron al país inaugurar universidades públicas gratuitas, incluidas facultades de medicina en todas sus catorce provincias.
Después de la destrucción de la URSS, las exportaciones de Cuba cayeron 80 por ciento y su producto interno bruto se desplomó 35 por ciento. Sin el combustible, la maquinaria o las refacciones soviéticas, la mitad de las plantas industriales de Cuba tuvieron que cerrar al tiempo que el país sufría un colapso económico proporcionalmente mayor al de EE.UU. durante la Gran Depresión. Aquí vemos, en el lenguaje de la estadística dura y fría, las conquistas históricas que la existencia de la Unión Soviética hizo posibles —así como el desastre que tuvo lugar después de su destrucción—. Ésta es una clara prueba de la culpabilidad de los falsos grupos izquierdistas que hicieron causa común con las fuerzas contrarrevolucionarias de Yeltsin apoyadas por el imperialismo y que ahora ¡vituperan contra las “reformas de mercado” cubanas, acusándolas de estar vendiendo el estado obrero!
El “modelo chino”
La introducción de las “reformas de mercado” ha intersecado y provocado un intenso debate entre los intelectuales cubanos sobre el camino a seguir. Economistas influyentes como Omar Everleny Pérez, director del Centro de Estudios de la Economía Cubana, aplauden los cambios propuestos argumentando que pueden traer consigo modernización y crecimiento económico indefinido. Everleny Pérez es uno de tantos que abogan por seguir un modelo económico estilo chino o vietnamita de fomentar la inversión extranjera. Otros, en cambio, tienen la preocupación de que las “reformas de mercado” lleven a Cuba al abismo, señalando el destino de la Unión Soviética bajo la política de Gorbachov de la perestroika.
Al comparar a Cuba con China hoy en día, es importante señalar que para las dos últimas décadas de la Guerra Fría (la de 1970 y la de 1980), China se había convertido en un aliado estratégico del imperialismo estadounidense en contra de la Unión Soviética. La escisión sino-soviética en la década de 1960 fue un reflejo de ambas partes de las implicaciones contrarrevolucionarias del “socialismo en un solo país”. La política criminal de los estalinistas chinos de aliarse con Washington en contra de Moscú, iniciada con Mao, pavimentó el camino para la apertura de China a la inversión industrial a gran escala por parte del imperialismo occidental, implementada por la burocracia de Deng Xiaoping. En contraste, el imperialismo de EE.UU. ha mantenido una hostilidad implacable hacia Cuba y no da señal alguna de tener intenciones de relajar su brutal embargo, incluso a pesar de las concesiones del régimen de La Habana, como la liberación de más de 120 “disidentes” de derecha a partir del año pasado, en la que la reaccionaria Iglesia Católica jugó un papel determinante.
La posición de línea dura de Washington hacia Cuba no sólo impide la inversión estadounidense, sino que también limita la de Canadá y Europa Occidental gracias a los amplios alcances de la ley extraterritorial estadounidense. Así mismo, Cuba no tiene ni la base industrial preexistente ni las vastas reservas de mano de obra barata que alimentaron el avance económico de China durante las tres décadas pasadas. La idea de que Cuba podría tener éxito emprendiendo un modelo de crecimiento económico basado en la exportación mediante una inversión imperialista sustancial es una fantasía.
A pesar de las medidas orientadas al mercado introducidas desde finales de la década de 1970, los principales sectores económicos en China (como sucede también en Cuba) siguen nacionalizados y bajo control estatal. La inversión a gran escala por parte de corporaciones occidentales y japonesas y de la burguesía china de ultramar ha resultado, por un lado, en altos niveles de crecimiento económico y un incremento enorme en el peso del proletariado industrial chino, un acontecimiento progresista de importancia histórica. Por el otro, el “socialismo de mercado” ha incrementado enormemente la desigualdad, creando incluso una considerable clase de empresarios capitalistas nacionales en la China continental, muchos de ellos con lazos financieros y familiares con funcionarios del Partido Comunista. Como resultado, China se ha vuelto un caldero de contradicciones económicas y sociales y explosivo descontento obrero. Mientras tanto, los imperialistas prosiguen con su estrategia en dos flancos para fomentar la contrarrevolución, complementando la penetración económica con la presión y las provocaciones militares, al tiempo que abogan por los “disidentes” anticomunistas.
La burocracia cubana: Una casta contradictoria
En oposición a las posturas de gente como Everleny Pérez, otros, tanto en Cuba como al nivel internacional, argumentan en contra de seguir el modelo de “socialismo de mercado” implementado en China, un país que consideran capitalista o incluso imperialista. Un ejemplo es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), sección mexicana de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI), una escisión de la tendencia dirigida por el fallecido camaleón político argentino Nahuel Moreno. En una declaración de septiembre de 2010 sobre Cuba, la FT-CI escribe: “Aunque con un discurso ‘socialista’ y ‘antiimperialista’, la burocracia gobernante reivindica desde hace años el llamado ‘modelo chino’ o vietnamita, es decir, un programa de marchar hacia un proceso gradual de restauración capitalista bajo la dirección del PCC, y ya viene tomando medidas que van en ese sentido” (www.cubarevolucion.org).
Al contrario de lo que afirma la LTS/FT-CI, no puede haber “un proceso gradual de restauración capitalista” ni en China ni en Cuba. La contrarrevolución capitalista tiene que triunfar al nivel político, conquistando el poder estatal. No va a tener lugar a través de un proceso de crecientes extensiones cuantitativas del sector privado, ya sea local o extranjero. La burocracia estalinista es incapaz de llevar a cabo una restauración del capitalismo en frío, gradual y desde arriba. Como demostraron claramente los eventos en la Unión Soviética en 1991-92, una crisis social de grandes proporciones en un estado obrero deformado vendría acompañada del colapso del bonapartismo estalinista y de la fractura política del Partido Comunista gobernante. El resultado de esta situación —ya sea la restauración del capitalismo o una revolución política proletaria— dependería en gran medida del resultado de la lucha entre estas dos fuerzas de clase contrapuestas. La clave para una victoria obrera sería la formación oportuna de un partido de vanguardia leninista-trotskista con arraigo entre los sectores más avanzados del proletariado.
La LTS/FT-CI trata a la burocracia cubana como si ésta estuviera comprometida con la destrucción del estado obrero. De ese modo afirma que el ejército cubano, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, es la “avanzada de la restauración capitalista” en Cuba hoy día. Esta noción contradice la esencia misma del entendimiento de Trotsky de la burocracia estalinista como una casta contradictoria, un tumor parasitario del estado obrero y sus formas de propiedad colectivizadas. Con su asfixiante burocratismo, sus mentiras, su corrupción y sus concesiones al capitalismo, la burocracia ciertamente pavimenta el camino para una posible contrarrevolución. Pero etiquetarla en su conjunto (o a una sección de ésta) de “avanzada de la restauración capitalista” es absolver escandalosamente el papel del imperialismo estadounidense, la Iglesia Católica, los exiliados contrarrevolucionarios cubanos y los derechistas al interior de Cuba, como las “disidentes” Damas de Blanco.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/34/cuba.html
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2016.06.04 03:57 ShaunaDorothy Levantamiento de masas derroca al odiado Mubarak - Egipto: El ejército en el poder apuntala al régimen capitalista ¡Por un partido obrero revolucionario! ¡Por un gobierno obrero y campesino! (Primavera de 2011)

https://archive.is/j4eck
Espartaco No. 33 Primavera de 2011
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard No. 974 (18 de febrero de 2011), periódico de nuestros camaradas de la Spartacist League/U.S.
14 DE FEBRERO—Gobernó Egipto con mano de hierro por cerca de 30 años. Pero el 11 de febrero, después de 18 días de un levantamiento sin precedentes coronado por una ola de huelgas, Hosni Mubarak finalmente se vio forzado a renunciar a la presidencia egipcia, entregándole el poder al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. En la Plaza Tahrir (Liberación) en El Cairo y en ciudades de todo el país, estallaron celebraciones masivas de millones de personas de todos los sectores sociales; es el júbilo por lo que parece ser el final de una dictadura venal y corrupta que gobernó el país bajo leyes de excepción, encarcelando y desapareciendo a sus opositores en las vastas cámaras de tortura de Egipto.
Inspirado por el levantamiento de Túnez, donde los manifestantes desafiaron una severa represión para derrocar a la dictadura de Zine al-Abidine Ben Ali, Egipto estalló a partir del 25 de enero. Los manifestantes enfrentaron valerosamente una enorme arremetida de las odiadas Fuerzas Centrales de Seguridad, que dejó al menos 300 muertos. En todo el país —desde la capital hasta Alejandría en el norte y Aswan en el sur, y desde los centros industriales como Mahalla al-Kobra, Suez y Puerto Said hasta las ciudades del desierto como Jarga en el Sahara y al-Arish en el Sinaí—, los manifestantes desataron su furia contra el régimen dirigiéndose contra los edificios de la policía y de seguridad, así como los del gobernante Partido Nacional Democrático.
Mubarak fue derrocado. Pero el pilar más importante del aparato estatal capitalista bonapartista de Egipto, el ejército, ocupa hoy el poder directamente. Los militares anunciaron la disolución del parlamento títere de Mubarak y la formación de un panel para enmendar una constitución que ni siquiera vale el papel en el que está impresa. Como advertimos en nuestro último artículo sobre las protestas de Egipto, “Que quede claro: independientemente de lo que ocurra con Mubarak, sigue planteada la amenaza grave de que los gobernantes burgueses de Egipto exijan una represión salvaje para restaurar y mantener el ‘orden’ capitalista” (WV No. 973, 4 de febrero). Han habido escaramuzas entre los manifestantes de la Plaza Tahrir y los soldados que intentan evacuarlos. El 14 de febrero, mientras circulaban rumores de que el régimen prohibiría las huelgas, el ejército emitió el Comunicado No. 5, en el que denunciaba las huelgas argumentando que conducirían a “resultados negativos” y ordenaba a los obreros que volvieran al trabajo.
Todos los opositores burgueses —desde demócratas liberales como Mohamed ElBaradei y su Asociación Nacional por el Cambio, George Ishak de la organización Kefaya y Ayman Nour del partido Ghad, hasta la reaccionaria Hermandad Musulmana— han recibido al ejército con los brazos abiertos con el fin de restaurar la estabilidad. Las omnipresentes banderas egipcias que se ondean en las manifestaciones, las cuales movilizaron a todos los sectores de la sociedad salvo a las capas más altas de la burguesía, reflejan una muy arraigada conciencia nacionalista. Surgido de una historia de subyugación imperialista, el nacionalismo ha servido por mucho tiempo a los gobernantes burgueses de Egipto para oscurecer la división de clases entre la diminuta capa superior asquerosamente rica y la brutalmente explotada y empobrecida clase obrera.
Hoy, este nacionalismo se expresa con la mayor claridad en la creencia de que el ejército es el “amigo del pueblo”. Desde el golpe de estado dirigido por Gamal Abdel Nasser y sus Oficiales Libres en 1952, que derrocó a la monarquía y puso fin a la ocupación británica del país, el ejército ha sido considerado el garante de la soberanía nacional egipcia. De hecho, desde 1952, el ejército ha sido la columna vertebral de una dictadura tras otra. Ese año, Nasser lo movilizó para disparar contra obreros textiles en huelga en Kafr Al-Dawwar, cerca de Alejandría. En 1977, Anwar el-Sadat lo movilizó para “restaurar el orden” tras un levantamiento nacional de dos días en respuesta al precio del pan. Apenas la semana pasada, el ejército facilitó los ataques asesinos de policías vestidos de civil y golpeadores a sueldo del régimen contra los manifestantes que ocupaban la Plaza Tahrir. Pese a declarar que no se opone a los manifestantes anti-Mubarak, el ejército arrestó a cientos y torturó a muchos. ¡Abajo la ley de excepción! ¡Libertad a todas las víctimas de la represión estatal bonapartista!
Junto con la policía, los tribunales y las cárceles, el ejército constituye el núcleo del estado capitalista, un aparato para la represión violenta de la clase obrera y los oprimidos. Sobre todo, la campaña por “restaurar la estabilidad” va dirigida contra la clase obrera. En medio de las protestas contra Mubarak, decenas de miles de obreros estallaron huelgas que continúan hasta hoy. Éstas abarcan a los cerca de seis mil obreros del Canal de Suez, por el que atraviesa el ocho por ciento del comercio mundial. Sin embargo, los pilotos del Canal siguen trabajando, asegurando el tránsito de los barcos. Miles de obreros textiles y metalúrgicos se fueron a huelga en la ciudad industrial de Suez, escenario de algunas de las protestas más combativas. Según el Guardian londinense (28 de enero), ahí los manifestantes “tomaron las armas almacenadas en una comisaría y pidieron a los policías que salieran del edificio, para después quemarlo”. Los trabajadores del transporte público de El Cairo siguen en huelga mientras que, tras la caída de Mubarak, las huelgas se han extendido a los obreros metalúrgicos fuera de la capital, los trabajadores de correos, los obreros textiles de Mansoura y otras ciudades, así como a miles de trabajadores petroleros y del gas.
Al luchar por demandas económicas —contra los salarios de hambre, los empleos eventuales y la constante humillación por parte de los patrones— la clase obrera está demostrando la posición excepcional que detenta al echar a andar los engranajes de la economía capitalista. Este poder social confiere a la clase obrera el potencial de dirigir a las masas empobrecidas en la lucha contra su condición abyecta. En un país en el que casi la mitad de la población vive con dos dólares o menos al día y donde la miseria está reforzada por la represión de un estado policiaco, las aspiraciones democráticas de las masas están entrelazadas con la lucha en contra de sus condiciones económicas.
Derechos democráticos elementales como la igualdad legal de la mujer y la plena separación entre la religión y el estado; la revolución agraria que le dé tierra a los campesinos; el fin del desempleo y la miseria absoluta: las aspiraciones básicas de las masas no pueden verse satisfechas sin derrocar al orden capitalista bonapartista. El instrumento indispensable para que la clase obrera asuma la dirección es un partido revolucionario, que sólo puede construirse mediante una lucha implacable contra todas las fuerzas burguesas, desde el ejército hasta la Hermandad y los liberales que falsamente dicen apoyar la lucha de las masas. Un partido así debe actuar, en palabras del líder bolchevique V.I. Lenin, como un “tribuno del pueblo”, luchando contra la opresión de la mujer, los campesinos, los cristianos coptos, los homosexuales y las minorías étnicas.
La liberación de las fuerzas productivas de las cadenas con que las ciñen los imperialistas y sus agentes económicos y políticos de la burguesía egipcia sólo puede venir a través de la conquista del poder por parte de la clase obrera, al frente de todos los oprimidos. Esto se consiguió por primera y única vez con la victoria de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Dirigida por el Partido Bolchevique, la clase obrera derrocó el orden burgués, liberando al país del yugo imperialista, aboliendo la propiedad privada de la tierra y liberando a una miríada de naciones y pueblos oprimidos del antiguo imperio zarista. La solución de estas tareas democráticas se combinó con la expropiación de los medios de producción por parte del estado obrero, lo que sentó las bases para el desarrollo de una economía colectivizada y planificada.
¡Por la revolución permanente!
Egipto es un país de desarrollo desigual y combinado. Junto con la industria moderna, existe un vasto campesinado sin tierra bajo la bota de terratenientes implacables. El país tiene un pequeño sector de jóvenes tecnológicamente al día y altamente educados junto con una tasa de alfabetización de apenas 71 por ciento (59 por ciento en el caso de las mujeres). Alminares medievales y edificios modernos rivalizan en el horizonte de El Cairo, mientras en sus calles los automóviles modernos luchan por abrirse paso entre rebaños de cabras y ovejas y carros tirados por burros. Una inmundicia y una pobreza inhumanas compiten con despliegues grotescos de riqueza. Desde el enclave obscenamente próspero de Zamalek puede verse, del otro lado del Nilo, el barrio miserable de Imbaba, donde los niños beben de las coladeras abiertas y a veces son devorados vivos por perros y ratas. El odio popular contra Mubarak se alimenta en buena parte de la enorme fortuna que ha amasado su familia, estimada en cerca de 70 mil millones de dólares.
Una potencia regional por derecho propio, Egipto es sin embargo una neocolonia, cuya brutal y asesina burguesía está atada —y necesariamente tiene que estarlo— por un millón de lazos al imperialismo mundial, que se beneficia de la explotación, opresión y degradación de sus masas. Durante décadas, el principal apoyo del régimen de Mubarak fue el imperialismo estadounidense, al que Egipto sirve como eje para el dominio del Medio Oriente rico en petróleo. Comenzando con el gobierno de Sadat, Egipto ha sido un aliado estratégico del Israel sionista y en los últimos años ha ayudado al bloqueo hambreador de los palestinos de Gaza, inclusive sellando la frontera en el Sinaí.
Durante el levantamiento contra Mubarak, el gobierno de Obama osciló entre expresiones de apoyo a su régimen —especialmente a las “reformas” que prometió su vicepresidente Omar Suleiman, quien por mucho tiempo ha desempeñado un papel clave en el programa de rendición y tortura de la “guerra contra el terrorismo” de Washington— y críticas vociferantes del gobierno. Estados Unidos ha destinado mil 300 millones de dólares cada año para armar al ejército egipcio. Tras la renuncia de Mubarak, Obama declamó que Estados Unidos estaba “dispuesto a dar toda la asistencia necesaria —y solicitada— para buscar una transición hacia la democracia que tenga credibilidad”.
Para darse una idea de lo que Washington quiere decir cuando habla de democracia, basta desplazar la mirada más hacia el este, a los cadáveres de más de un millón de iraquíes que murieron como resultado de la invasión y ocupación de 2003, así como a la barbarie imperialista que las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN infligieron a los pueblos de Afganistán. Sólo hay que mirar a los jeques, déspotas y caudillos que abundan en el Medio Oriente y que, junto con los gobernantes israelíes, actúan como agentes del imperialismo estadounidense. Cuando Obama dice que quiere una “transición ordenada del poder” en Egipto, quiere decir que desea un Egipto “estable”, con el ejército cumpliendo su papel en la región en nombre de Estados Unidos.
La auténtica liberación nacional y social requiere que el proletariado se movilice en una lucha revolucionaria contra los imperialistas y la burguesía nacional. Una revolución proletaria en Egipto tendría un efecto electrizante entre los obreros y oprimidos de todo el Norte de África, el Medio Oriente y más allá. Más de una cuarta parte de todos los hablantes de árabe vive en Egipto, un país de más de 80 millones de habitantes y que tiene al proletariado más numeroso de la región. Ya han estallado protestas desde Marruecos hasta Jordania y Yemen —estados clientes de EE.UU.— en solidaridad con las masas egipcias y en contra de sus propios gobernantes déspotas. El 12 de febrero, en Argel cerca de 35 mil policías se lanzaron sobre una protesta de diez mil manifestantes que exigían la renuncia de Abdelaziz Bouteflika y arrestaron a cientos.
En Gaza, miles se movilizaron tras la renuncia de Mubarak, ondeando banderas palestinas y egipcias, y deseando desesperadamente que un nuevo régimen egipcio alivie su hambruna. Antes del 11 de febrero, tanto Hamas en Gaza como la Autoridad Palestina en Cisjordania habían tratado de sofocar toda manifestación de solidaridad. Una revolución socialista en Egipto abriría una perspectiva de liberación nacional y social ante las oprimidas masas palestinas y, al extender una mano de solidaridad obrera al proletariado hebreoparlante de Israel, ayudaría a sentar las bases para destruir desde dentro al estado-guarnición sionista de Israel mediante una revolución obrera árabe-hebrea.
De manera crucial, una revolución proletaria en Egipto encararía inmediatamente la necesidad de extenderse a los países capitalistas avanzados de Europa Occidental y Norteamérica, lo que sentaría las bases para la eliminación de la escasez mediante el establecimiento de una economía socialista planificada al nivel internacional. Como subrayó León Trotsky, dirigente junto con Lenin de la Revolución Rusa, en su libro de 1930, La revolución permanente:
“La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional...
“La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta”.
¡Romper con el nacionalismo burgués!
La presente situación en Egipto ofrece una apertura extraordinaria para que los marxistas planteemos una serie de demandas transicionales que vinculen las actuales luchas de la clase obrera y los oprimidos con la conquista del poder proletario. Pero prácticamente toda la izquierda internacionalmente se ha limitado ha ofrecer un vacuo aplauso a lo que llama la “Revolución Egipcia”. Esto queda ejemplificado por el Workers World Party [Partido Mundo Obrero] de Estados Unidos que, cuando el ejército asumió el control del país el 11 de febrero, publicó un encabezado que decía: “El WWP se regocija junto con el pueblo egipcio”.
En Egipto, el grupo Socialistas Revolucionarios (SR), inspirado por el Socialist Workers Party británico del fallecido Tony Cliff, emitió una declaración el 1º de febrero llamando a que los obreros egipcios “¡usen su poder y la victoria será nuestra!” Pero esto no era un llamado a que la clase obrera luchara por el poder. Por el contrario, los SR disuelven a la clase obrera en la exigencia no clasista de “todo el poder al pueblo” y en la consigna de “revolución popular”. Cuando dicen “¡Abajo el sistema!”, los SR identifican al “sistema” con el régimen de Mubarak, no con el orden capitalista. En toda la declaración no se menciona siquiera la palabra “socialismo”. Tampoco hay la menor indicación de oposición a los demócratas liberales burgueses como ElBaradei, la reaccionaria Hermandad Musulmana o el extendido nacionalismo que sirve para atar a los explotados y oprimidos con la burguesía egipcia. De hecho, los SR apelan al craso nacionalismo egipcio al declarar: “La revolución debe restaurar la independencia de Egipto, su dignidad y su papel dirigente en la región”.
En medio de las rampantes ilusiones en el ejército, los SR se quejaban de que “éste ya no es el ejército del pueblo”. El ejército de los regímenes capitalistas de Nasser, Sadat y Mubarak no fue nunca el “ejército del pueblo”. ¡Ahora, estos reformistas están promoviendo incluso a la odiada policía, regocijándose en su declaración del 13 de febrero de que “la ola de la revolución social se ensancha día con día conforme nuevos sectores se unen a las protestas, incluyendo a los policías, los mujabarín [agentes de inteligencia] y los oficiales de policía”! Tan profundas son las ilusiones de los SR en la benevolencia del estado capitalista que abrazan a los carniceros, violadores y torturadores del régimen, las mismas fuerzas que por años han aterrorizado a la población, que en las últimas semanas han asesinado a más de 300 manifestantes y que el 2 de febrero ayudaron a organizar el asalto a la Plaza Tahrir.
La clase obrera debe tomar la dirección
Los jóvenes egipcios que iniciaron la “Revolución del 25 de enero” han sido aclamados por todos, desde los opositores burgueses hasta los medios de comunicación estatales que, hasta la caída de Mubarak, los habían denunciado como agentes extranjeros. Entre estos jóvenes, en su mayoría pequeñoburgueses, un buen número estuvo animado no sólo por sus propios reclamos, sino particularmente por el inquieto proletariado egipcio, que en la última década ha participado en una ola de luchas que ha abarcado a más de dos millones de obreros que han tomado parte en más de tres mil huelgas, plantones y demás acciones. Éstas se llevaron a cabo desafiando a la corrupta dirigencia de la Federación Sindical Egipcia, que Nasser estableció en 1957 como brazo del estado.
En el fondo, la pequeña burguesía —una clase intermedia que abarca muchas capas con intereses diversos— es incapaz de postular una perspectiva coherente e independiente, y necesariamente caerá bajo el influjo de una de las dos clases principales de la sociedad capitalista: la burguesía o el proletariado. Entre estos jóvenes militantes, que mostraron una increíble valentía al enfrentar al régimen de Mubarak, los que estén comprometidos a luchar en nombre de los desposeídos deben ser ganados al programa revolucionario e internacionalista del trotskismo. Estos elementos serán críticos para forjar un partido revolucionario que, como los bolcheviques de Lenin, se fundará mediante la fusión de los obreros más avanzados con intelectuales desclasados.
En oposición a una perspectiva proletaria y revolucionaria, los reformistas del Secretariado Unificado (S.U.) presentan la democracia burguesa como el fin último de la lucha. En un artículo de enero de 2011 publicado en Internet bajo el título “Las revoluciones están en marcha en Túnez y Egipto”, el S.U. exige “iniciar un proceso de elecciones libres para una Asamblea constituyente”, presentando esto como parte de un “programa de un gobierno democrático que estaría al servicio de los obreros y la población”.
Ningún gobierno “estaría al servicio de los obreros y la población” sin el derrocamiento de la burguesía. Como escribió Lenin en sus “Tesis sobre la Asamblea Constituyente” de diciembre de 1917: “Todo intento, directo o indirecto, de plantear la cuestión de la Asamblea Constituyente —desde un punto de vista jurídico, formal, dentro del marco de la democracia burguesa corriente, sin tener en cuenta la lucha de clases y la guerra civil— es una traición a la causa del proletariado y la adopción del punto de vista de la burguesía”. Estamos por que los obreros y campesinos expulsen a los funcionarios del gobierno nombrados desde arriba. Exigimos el fin de la prohibición de los partidos políticos y llamamos por una asamblea constituyente revolucionaria basada en el sufragio universal. Lograr esta demanda requiere una insurrección popular que derroque el régimen militar. Al mismo tiempo, los marxistas deben luchar por organizaciones obreras masivas e incluyentes como órganos embrionarios del poder estatal proletario.
Nuestro propósito es ganar a los oprimidos y desposeídos al lado de la clase obrera, contraponiendo su poder social y liderazgo a todas las alas de la burguesía nacional egipcia y luchando por arrancar a las masas de sus ilusiones en la democracia burguesa. A lo largo de las huelgas de la última década y durante el actual levantamiento, los obreros formaron comités de huelga y otros organismos para coordinar sus acciones. Estos órganos de lucha plantean directamente la necesidad de sindicatos independientes del estado capitalista y todas las fuerzas burguesas. Hoy, existe una base palpable para impulsar la perspectiva de construir organizaciones obreras más amplias. Éstas incluirían comités de huelga conjuntos, que reúnan obreros de diferentes fábricas en huelga; guardias de defensa obreras, organizadas independientemente del ejército para defenderse contra los golpeadores y rompehuelgas del régimen; y comités populares basados en la clase obrera que se encarguen de la distribución de alimentos y otros bienes ante la escasez y la corrupción del mercado negro.
El surgimiento de estas organizaciones, culminando con consejos de obreros, plantearía la cuestión de qué clase gobierna la sociedad. Al actuar como un pivote en torno al cual millones de trabajadores estén unidos en sus luchas contra los explotadores, los consejos de obreros, como los soviets que surgieron durante la Revolución Rusa, serían órganos de poder dual, que competirían por el poder con la burguesía. Sólo cuando la clase obrera se erija como un contendiente serio por el poder, la base conscripta del ejército, extraída en su gran mayoría de la clase obrera y el campesinado, podrá ser escindida de la oficialidad burguesa y ganada al lado del proletariado.
¡Por la liberación de la mujer mediante la revolución socialista!
Si bien las protestas en Egipto han estado centradas en exigencias seculares y democráticas, las imágenes de las protestas muestran repetidas sesiones de rezos —no sólo islámicos, sino también coptos en la Plaza Tahrir el domingo 6 de febrero, “Día de los Mártires”—. La religión es omnipresente en Egipto, promovida por los islamistas, la iglesia copta y el gobierno, cuyo argumento se puede resumir así: si no pueden tener comida, que tengan a Dios. Esta profunda religiosidad pesa como una roca sobre las mujeres, cuyas condiciones de vida se han deteriorado en las últimas décadas. Cualquier organización socialista que no asuma la lucha por la liberación de la mujer en Egipto será una farsa y un obstáculo para la liberación humana.
La mayoría de las mujeres que salieron a la Plaza Tahrir y otros lugares de Egipto llevaban la mascada que cubre el cabello y el cuello (hijab). Más del 80 por ciento de las mujeres egipcias lleva el hijab —no por ley, sino forzadas por una norma social basada en el oscurantismo— para consternación de muchas de sus madres, que décadas antes lucharon por quitárselo.
La opresión de la mujer forma parte del núcleo de la sociedad egipcia. De igual forma que el predominio de la religión, ésta tiene sus raíces en el atraso del país, el cual es reforzado a su vez por la subyugación imperialista. La ley egipcia codifica esta opresión. La constitución declara: “El Estado garantizará la coordinación de los deberes de la mujer para con su familia y su trabajo en la sociedad” y “la fuente principal de la legislación es la Jurisprudencia Islámica (Sharia)”. La poligamia es legal, al igual que el repudio (en el que un hombre puede divorciarse de su esposa simplemente diciéndole “me divorcio de ti”). El aborto es ilegal, con muy pocas excepciones, y la mujer está subordinada por ley a su padre o a su esposo. La ley egipcia trata el adulterio del hombre y de la mujer de maneras muy diferentes, siendo el segundo mucho más grave.
Aunque es ilegal, la mutilación genital femenina prolifera, tanto entre musulmanes como entre cristianos. Según la Organización de las Naciones Unidas, el 96 por ciento de las mujeres entre los 15 y los 49 años de edad han sufrido la mutilación genital. Los “asesinatos de honor” también son rampantes entre los musulmanes y los cristianos, aunque las estadísticas son imposibles de encontrar ya que éstos no se reportan o se reportan como suicidios. Una rápida ojeada al cine y la televisión egipcios basta para mostrar hasta qué punto esta barbaridad es una tradición valorada y respetada. La ley egipcia contiene excepciones atenuantes al castigo del homicidio, que permiten a los jueces reducir las sentencias de los hombres que asesinan a mujeres como resultado de “crímenes pasionales”.
La valerosa socialista y feminista egipcia Nawal El-Saadawi ha escrito numerosas obras sobre la opresión de la mujer en el Medio Oriente. En su clásico de 1980, The Hidden Face of Eve [La cara oculta de Eva], habla de la arraigada obsesión con el “honor”:
“La sociedad árabe aún considera que la fina membrana que cubre la apertura de los órganos genitales externos es la parte más preciada e importante del cuerpo de una niña, mucho más valiosa que un ojo, un brazo o una pierna. Una familia árabe no sufre tanto si una chica pierde un ojo como si pierde la virginidad. De hecho, si una niña pierde la vida, sería una catástrofe menor comparada con la que sería si pierde el himen”.
Al mismo tiempo, las mujeres conforman una parte decisiva de la clase obrera, donde han desempeñado un papel dirigente en las huelgas de la última década, especialmente en la industria textil. Una de las más dramáticas fue la huelga textil de diciembre de 2006 en Mahalla al-Kobra. Más de 20 mil trabajadores pararon. Y fueron mujeres quienes la dirigieron, iniciando la huelga mientras los hombres seguían trabajando. Durante su protesta a las afueras de la fábrica, comenzaron a corear: “¿Dónde están los hombres? ¡Aquí están las mujeres!” Esto tuvo el efecto deseado, pues los hombres se les unieron, lanzando una de las huelgas más grandes que Egipto haya presenciado en años.
Puede que la mujer egipcia sea la esclava de los esclavos, pero también es una parte vital de la misma clase que sentará las bases materiales de su liberación al romper las cadenas del atraso social y el oscurantismo religioso mediante la revolución socialista. Como enfatizó Trotsky en un discurso de 1924, “Perspectivas y tareas en el Lejano Oriente”, “no habrá mejor comunista en Oriente, ni mejor combatiente por las ideas de la revolución y del comunismo, que la mujer obrera que ha despertado”.
La bancarrota del nacionalismo egipcio
Durante mucho tiempo, los gobernantes egipcios se han aprovechado de que las fronteras modernas de su país, de manera única en el Norte de África y el Medio Oriente, son similares a las antiguas. Esto supuestamente confirma la creencia de que la nación egipcia se remonta a los albores de la civilización. En realidad, el nacionalismo egipcio es producto de la obra modernizadora de principios del siglo XIX del gobernante otomano albanés Mohammed Ali, quien creó las primeras escuelas seculares, estableció el primer ejército nacional y sentó las bases para el surgimiento de una burguesía nacional. Sin embargo, Egipto siguió subyugado por las potencias coloniales europeas.
La fuerza de la mitología nacionalista egipcia también ha podido verse en la adulación al gobierno del coronel Nasser, un caudillo nacionalista de izquierda, en la que ha participado buena parte de la izquierda. Un elemento central de la fe popular en el ejército es el hecho de que el régimen de Nasser marcó la primera vez que los egipcios gobernaban el país desde la conquista persa en el año 526 antes de nuestra era. Desde que Nasser tomó el poder en 1952 todos los gobernantes egipcios han salido del ejército.
El ejército egipcio también es el único en el mundo árabe que ha logrado acertarle un golpe severo al ejército israelí, durante la guerra árabe-israelí de 1973 (tras haber sufrido una derrota humillante en 1967). Hablando de cómo el ejército “ya no es el ejército del pueblo”, el grupo de los Socialistas Revolucionarios escribió en su declaración del 1º de febrero: “Este ejército ya no es aquel que derrotó al enemigo sionista en octubre de 1973” (la guerra terminó en un empate). De hecho, la guerra de 1973, así como la de 1967 y la de 1948, no fue sino una batalla entre dos potencias regionales por sus propios intereses, en la que el proletariado no tenía bando. En cambio, la clase obrera internacional tenía el deber de defender a Egipto contra el ataque imperialista durante la guerra de 1956, que comenzó después de que Nasser nacionalizara el Canal de Suez.
En cuanto a Israel, no hay duda de que el estado sionista es el enemigo brutal de las masas palestinas, y exigimos la retirada inmediata de todas las tropas y colonos israelíes de los territorios ocupados. Pero también lo son los gobernantes árabes, que tienen las manos manchadas con la sangre de decenas de miles de palestinos. La liberación social y nacional de los palestinos no sólo requiere barrer con el estado sionista, sino también derrocar a los gobernantes capitalistas árabes en Jordania, donde la mitad de la población es palestina, y en el resto de la región. Entendemos que no será una tarea fácil arrancar al proletariado hebreo parlante de las garras del sionismo; pero cualquier perspectiva para Israel que rechace la revolución obrera árabe-hebrea condena a las masas palestinas a la opresión nacional.
El apoyo al nacionalismo árabe ha llevado a derrotas sangrientas del movimiento obrero en todo el Medio Oriente, y de manera notable en Egipto, donde Nasser llegó al poder apoyado por los estalinistas egipcios. Al llegar al poder, Nasser trató de apelar a Estados Unidos, pero fue rechazado; entonces volvió los ojos al estado obrero degenerado soviético en busca de asistencia financiera, militar y política. Al mismo tiempo, para consolidar su dominio, suprimió a los comunistas, a los cuales apresó, torturó y asesinó. Pero incluso mientras esto ocurría, el Partido Comunista siguió apoyando a Nasser y en 1965 se liquidó en su Unión Socialista Árabe.
Detrás de esta abyecta capitulación estaba el esquema estalinista de la “revolución por etapas”, que pospone la revolución socialista para un futuro indefinido mientras en la primera etapa, la “democrática”, el proletariado se subordina a una burguesía nacional supuestamente “antiimperialista”. La historia ha demostrado que la “segunda etapa” consiste en asesinar a los comunistas y masacrar a los obreros. Millones de obreros que buscaron la dirección de los partidos comunistas en Irak, Irán y otros lugares fueron traicionados por sus falsos líderes estalinistas. En Egipto, esta traición se presentó como apoyo al “socialismo árabe” de Nasser.
De hecho, el “socialismo árabe” era un mito que consistía en un capitalismo con una fuerte inversión estatal. Estaba diseñado para suprimir al proletariado, que se había lanzado a luchas sustanciales en el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, incluyendo luchas contra la ocupación británica. El papel que Nasser le confería a los obreros quedó capturado en su declaración: “Los obreros no exigen; nosotros damos”. A cambio de la pasividad del proletariado, Nasser implementó varias reformas que aumentaron los salarios y redujeron el desempleo. Sin embargo, con el tiempo, la inversión estatal terminó por agotarse, y ya no quedó mucho para “dar”.
Tras la llegada de Sadat al poder en 1970, los comunistas quisieron reorganizarse. Sadat respondió desatando a la Hermandad Musulmana para que los aplastara de manera efectiva. También expulsó a los asesores soviéticos (tras haber usado el armamento soviético contra Israel en la guerra de 1973) e instituyó la política de “puertas abiertas” a la liberalización económica, recortando los subsidios alimenticios y de otros tipos como un medio de enfrentar el estancamiento económico. Mubarak llevó esto aún más lejos y más profundo con su programa neoliberal de privatizaciones masivas. En contraste con las ilusiones populares, Mubarak no representó una ruptura con el nasserismo, sino su legado. Bajo Nasser, Sadat y Mubarak, Egipto ha permanecido subyugado al mercado mundial imperialista y sus dictados. La diferencia real entre Nasser y Mubarak se remite a que, mientras el primero era un gobernante bonapartista genuinamente popular, el segundo era ampliamente odiado.
Si el poderoso y combativo proletariado egipcio ha de ponerse a la cabeza de los oprimidos para luchar por su propio gobierno, debe romper con sus ilusiones nacionalistas. Lo que hoy se plantea con urgencia es la construcción de un partido obrero, sección de una IV Internacional trotskista reforjada, que luche por un Egipto proletario, como parte de una federación socialista del Medio Oriente.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/33/egipto.html
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2016.05.21 16:21 ShaunaDorothy Declaración de la Liga Comunista Internacional - ¡Derrotar al imperialismo mediante la revolución obrera—Defender a Serbia! (abril de 1999) (2 - 2)

https://archive.is/rbNL0
Ya en el número de abril-mayo de su Socialist News, el SLP no dice nada sobre derrotar al imperialismo, deja entrever un llamado a las tropas terrestres (“Ni Clinton ni Blair tienen ninguna intención de poner a sus soldados en Kosovo del lado del Ejército de Liberación de Kosovo”) ¡y llama al “secretario general de la ONU, Kofi Annan, al primer ministro Ruso, Yevgeni Primacov y al Papa a idear una forma de negociaciones de paz que detengan el bombardeo”! ¡Hablan de una alianza impía —el Papa, quien fue un operativo clave para la contrarrevolución de Solidarnosc en Polonia; el jefe de la ONU, quien invadió Haití y Somalia y hambrea a Irak y el Primer Ministro de la Rusia “postsoviética” capitalista— que el SLP busca que nos traiga la paz! La oposición de Scargill a la Solidarnosc financiada por el vaticano, fue empleada por el gobierno de Tatcher como una punta de lanza rompe sindicatos contra Scargill y los mineros británicos, antes y durante su huelga de 1984-85.
Los miembros del SLP que se quieran oponer al imperialismo británico deben entender que la tradición política del “viejo laborismo” a la que el SLP desea vívidamente volver es todo menos antiimperialista. La “izquierda” nacionalista de la “pequeña Inglaterra” del Partido Laborista previo a Blair estuvo del lado de su propio imperialismo de la India a Irlanda, hasta la “prueba de virginidad” a las mujeres asiáticas que buscaban ser admitidas en la Gran Bretaña. La línea del laborismo es el así llamado camino parlamentario al socialismo —como si la clase dominante entregara el poder estatal al proletariado después de una elección democrática—; mientras tanto, buscan participar en la administración “humana” del sistema capitalista. No se puede luchar contra la guerra imperialista sin una lucha revolucionaria contra el sistema capitalista que transpira guerra.
La clase obrera debe luchar contra la opresión nacional y racial
Bajo Lenin y Trotsky, los bolcheviques dirigieron a la masa trabajadora rusa a aplastar exitosamente al estado capitalista en octubre de 1917. Los bolcheviques sacaron a la Rusia revolucionaria de la masacre imperialista, y fundaron la Internacional Comunista con el propósito de extender la revolución mundialmente.
Pero, contrario a lo que pasó en Rusia, la aguda oportunidad revolucionaria presentada por la Primera Guerra Mundial no llevó al proletariado a derrocar a la burguesía en Europa Occidental. La principal responsabilidad de ello yace en la socialdemocracia. Estos sabuesos de la contrarrevolución sirvieron bien a sus amos burgueses, masacrando revolucionarios como los comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. La presión del cerco imperialista sobre el económicamente atrasado estado soviético; la devastación de la clase obrera rusa en la guerra civil, que aplastó a las fuerzas contrarrevolucionarias rusas e imperialistas y el fracaso de la extensión de la revolución proletaria, montaron el escenario para la contrarrevolución política en 1924 (el termidor) en el que el poder político fue usurpado por una casta parasitaria nacionalista encabezada por Stalin y sus herederos. Su falso dogma de “construir el socialismo en un solo país” significó en la práctica una acomodación al imperialismo. El programa estalinista de colaboración de clase ha llevado a la derrota de revoluciones obreras incipientes desde China en 1925-27 hasta España en 1936-39, hasta Italia en 1943-45 y Francia en mayo de 1968. Habiendo destruido la conciencia revolucionaria internacionalista del proletariado soviético, la burocracia estalinista devoró finalmente al estado obrero, introduciendo la contrarrevolución capitalista en 1991-92.
El presidente imperialista de EE.UU., Jimmy Carter, realizó la Segunda Guerra Fría bajo la rúbrica de los “derechos humanos”. Hoy, el imperialismo de los “derechos humanos” es el lema de los imperialistas y sus seguidores para justificar sus metas de guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, la Gran Bretaña y Francia justificaron su guerra contra Alemania en el nombre de la liberación de Bélgica, mientras que Alemania clamaba luchar por la liberación de Polonia de Rusia. Lenin ridiculizó salvajemente esta farsa burguesa. Mientras que apoyaba fuertemente el derecho de Polonia a la autodeterminación, discutía que levantar esta consigna en el contexto de una guerra imperialista sólo podría significar “caer...en un bajo servilismo ante una de las monarquías imperialistas” (“Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”, julio de 1916).
Hoy que las burguesías aúllan sobre el “pobrecito Kosovo”, perpetúan numerosas instancias de opresión nacional y racial, incluso en Europa Occidental. La burguesía francesa oprime y expulsa a miles de norafricanos y a otros sans papiers de “la belle France”. Alemania ha deportado a kurdos a la represión segura y a la probable muerte en Turquía, mientras que los refugiados bosnios fueron víctimas de las deportaciones masivas realizadas por el IV Reich. Italia hundió un barco de refugiados albaneses en alta mar. Las poblaciones roma y sinti son brutalmente atormentadas a lo largo de la Europa “socialista”.
La represión del pueblo vasco expone lo que significa la “unión europea” capitalista: la coordinación transnacional de terror estatal-policíaco contra los pueblos oprimidos que luchan por su liberación. ¡Exigimos la libertad para los nacionalistas vascos en las prisiones francesas y españolas, y llamamos por el derecho a la autodeterminación de los vascos, tanto al norte como al sur de los Pirineos!
La LCI lucha por la salida inmediata incondicional de las tropas británicas de Irlanda del Norte como parte de la lucha por una república obrera irlandesa dentro de una federación socialista de las Islas Británicas. En esta situación de pueblos interpenetrados, en la que la minoría católica es actualmente oprimida dentro del estado naranjista protestante, reconocemos que no hay solución equitativa a la opresión nacional fuera de la movilización del proletariado a lo largo de las Islas Británicas, por el derrocamiento revolucionario del imperialismo británico, aplastando al estado naranjista en el norte así como al estado clericalista católico del sur.
Mientras gritan sobre Milosevic, los imperialistas callan la opresión —incluyendo transferencias de población masivas forzadas— de kurdos en Turquía. El gobierno de Turquía, el bastión suroriental de la OTAN, ha realizado una guerra de 14 años en contra de la población kurda oprimida, que ha llevado a unos 30 mil a la muerte; ha destruido totalmente a 3,500 pueblos y forzado a más de tres millones de kurdos a huir de sus hogares. Es notable que el líder del pequeñoburgués nacionalista Partido Obrero del Kurdistán (PKK), Abdullah Ocalan fue tomado por la CIA y todos los países europeos le negaron el asilo al tiempo que en Alemania el PKK es ilegal. Nosotros decimos: ¡Libertad para Ocalan! ¡Abajo la persecución de los militantes kurdos! ¡Por una república socialista del Kurdistán Unido!
La faceta doméstica del nacionalismo burgués es el agudo incremento del racismo dirigido contra las comunidades europeas de inmigrantes de piel oscura y de Europa Oriental, que enfrentan las deportaciones masivas y la violencia estatal y fascista. Los inmigrantes que ya no son necesarios como “trabajadores huéspedes” para el trabajo sucio con salarios bajos son expulsados, mientras que la segunda generación, sobre todo los jóvenes, son vistos con menosprecio por los gobernantes: sin trabajo y sin futuro para estos jóvenes, la clase dominante les teme como un detonador a punto de explotar. A lo largo de Europa, los regímenes capitalistas administrados por supuestos “socialistas” desatan a sus policías para atemorizar a los jóvenes de las minorías; mientras que en la Gran Bretaña de Blair la opresión a los negros y a los asiáticos se ha vuelto una vergüenza tan aguda que el gobierno se vio forzado a reconocer el “racismo institucionalizado” en la policía.
La opresión racista está íntimamente ligada al mecanismo de la explotación capitalista. Los regímenes socialdemócratas y los gobiernos de frente popular (coaliciones que atan a los partidos de la clase obrera a la burguesía en el gobierno) han sido puestos en las oficinas de gobierno desde el colapso de la Unión Soviética, con el propósito expreso de destruir al “estado benefactor”. Los gobernantes capitalistas ya no sienten la obligación de mantener un alto nivel de vida para los obreros occidentales que compita con las prestaciones sociales de las economías planificadas de los estados obreros deformados de Europa Oriental que surgieron de la victoria del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Ya que la burguesía busca incrementar la tasa de explotación, los inmigrantes no son sólo el blanco para la deportación, sino que son usados como chivos expiatorios para el desempleo y el empobrecimiento. El racismo antiinmigrantes es el filo cortante de los ataques contra toda la clase obrera. Los intereses de la clase obrera y de las minorías deben avanzar juntos, o caerán por separado. El movimiento obrero debe luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y refugiados para defenderlos de la represión derechista.
Junto a la intensificación de las guerras de las burguesías en contra de sus propias masas trabajadoras, la derrota final de la Revolución de Octubre ha intensificado la reacción social, y como siempre, la mujer está entre los primeros blancos. La contrarrevolución capitalista en la antigua Unión Soviética y en la Europa Oriental ha pauperizado a las mujeres, sacándolas de los trabajos y llevándolas de regreso a la tiranía del “Kinder, Kirche, Küche” (“niños, iglesia, cocina”). A lo largo de Europa Occidental y de Norteamérica, el derecho al aborto está bajo un ataque concertado, mientras que en el así llamado “Tercer Mundo” (pero no sólo ahí), las fuerzas religiosas fundamentalistas están en una escalada de terror antimujer, buscando apuntalar cualquier tipo de obstáculo social y familiar para la emancipación de las mujeres.
La falsa izquierda difunde la ilusión de que poner a los socialdemócratas en el poder es una manera de “luchar contra la derecha” y contra los fascistas. Esto es una evidente mentira. Estos gobiernos capitalistas han perseguido sin descanso a los inmigrantes, mientras protegen a las bandas fascistas que esparcen su terror asesino. Apelar al racista estado burgués para que vete a los fascistas es sencillamente suicida e incrementa el arsenal de la represión estatal, que invariablemente se empleará contra la izquierda, no contra la derecha. ¡Luchamos por movilizar el poder social del proletariado organizado a la cabeza de todos los oprimidos para aplastar las provocaciones fascistas!
Los proletarios de piel oscura de Europa Occidental no son sólo víctimas indefensas, sino un componente importante de las fuerzas de la clase obrera, capaz de destruir al racista sistema capitalista. Sin embargo, para movilizar el poder del proletariado integrado se requiere una lucha política contra las direcciones socialdemócratas parlamentarias y sindicales que son las correas de transmisión del veneno racista en la clase obrera, y cuyas políticas procapitalistas han simplemente perpetuado las condiciones de empobrecimiento masivo y disparidad que sirven como terreno de cultivo para el fascismo. Sólo el compromiso activo en las luchas sociales urgentes contra la opresión racial y la represión puede sentar las bases para la unidad del proletariado multiétnico contra la burguesía. Pero los “dirigentes” del movimiento obrero persiguen la política opuesta al organizar, por ejemplo, policías racistas dentro de los sindicatos. ¡Los policías no son trabajadores! Exigimos: ¡Fuera policías de los sindicatos!
Para aplastar de una vez por todas a los fascistas Äpandillas armadas que el capital mantiene en reserva para utilizarlas contra la clase obrera— se requiere la revolución socialista. Pero los falsos izquierdistas, quienes siguen políticamente a los partidos socialdemócratas obrero-burgueses más grandes, son totalmente incapaces de dar un ataque intransigente contra el sistema capitalista. Es instructivo que la plataforma electoral del bloque de LO-LCR en las elecciones para el parlamento europeo ni siquiera menciona la palabra “socialismo”, por no mencionar “revolución”. Para estos tímidos reformistas, el programa máximo es volver a los viejos tiempos del “estado benefactor” Ä¡el programa de la socialdemocracia!—. El que la mayoría de los que alguna vez hablaron a favor de la IV Internacional, fundada por León Trotsky y destruida por el revisionismo, se hayan convertido en voceros de las políticas de la II Internacional, ¡a la que la heroica Rosa Luxemburg describió con exactitud como “un cadáver maloliente” desde tiempos de la Primera Guerra Mundial!, es una medida del retroceso de la conciencia del proletariado a partir de la destrucción de la URSS. En aguda distinción con estos seudotrotskistas, que se conforman abiertamente con el dominio capitalista, luchamos por nuevas revoluciones de Octubre, ¡lo que requiere el reforjamiento de la IV Internacional como un partido mundial de la revolución socialista!
¡Abajo Maastricht! ¡Por una Europa obrera!
Antes un apéndice diplomático a la alianza antisoviética de la OTAN, hoy la Unión Europea es un adjunto inestable para las prioridades económicas, militares y políticas de los capitalistas europeos, dirigido contra los obreros de Europa y los inmigrantes no europeos, así como contra los principales rivales imperialistas de Alemania: los EE.UU. y Japón. Con Alemania como su componente más fuerte, la Unión Europea es también una arena en la que se expresan los intereses fundamentalmente conflictivos de los principales estados burgueses europeos.
Dado que el capitalismo está organizado sobre la base de estados nacionales particulares, siendo él mismo la causa de repetidas guerras imperialistas para redividir al mundo, es imposible cohesionar un estado burgués paneuropeo. La idea de un “superestado” europeo progresista, como la que predican Jospin, Schröder y otros, es una mentira descarada. Como Lenin observó hace mucho, unos Estados Unidos de Europa capitalistas son imposibles o reaccionarios:
“Por supuesto que los acuerdos temporales entre los capitalistas y entre las potencias son posibles. En este sentido también lo son los Estados Unidos de Europa, como acuerdo entre los capitalistas europeos... ¿sobre qué? Sólo la forma de aplastar en común el socialismo en Europa y defender en común las colonias de las que se han apoderado por la violencia, contra Japón y Norteamérica.” (“La consigna de los Estados Unidos de Europa”, agosto de 1915)
En contraste, Workers Power de hecho sostiene que la UE es progresista, o potencialmente progresista, con el argumento de que “hasta cierto punto, los trabajadores europeos estarán mejor armados para luchar a escala continental después de la implementación de los términos de Maastricht” (Workers Power, junio de 1992). Así, WP se convierte en el vocero de la Europa “unida” capitalista. Como Trotsky escribió de los centristas de su tiempo: “Pero es ley que los que temen romper con los social-patriotas se transforman inevitablemente en sus agentes.” (“Lecciones de Octubre”, 4 de noviembre de 1935) En una parodia de cretinismo parlamentario, ¡WP incluso llama por una asamblea constituyente de toda Europa!
Similarmente, LO tiene una posición abstencionista sobre Maastricht. En realidad, estos grupos actúan como demócratas de izquierda, tratando de poner una cara “democrática” a la reacción capitalista. Nosotros estamos con Lenin. La “unidad” de la UE ha estado dirigida contra el proletariado y los oprimidos: lluvia de bombas contra Yugoslavia, vigilancia de fronteras contra inmigrantes “ilegales”, la entrega de Ocalan a las cámaras de tortura en Turquía.
Una declaración para el parlamento europeo emitida por el SLP de Scargill llama por sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea. Titulada “Vote por nosotros en la UE para sacarnos de ella”, la declaración presenta a la UE y al Tratado de Maastricht como la causa principal del creciente desempleo y el empeoramiento general de las condiciones económicas. Esto obscurece el hecho de que, con o sin el Tratado de Maastricht, el principal enemigo de los obreros de cada país es su “propia” burguesía. La Gran Bretaña de Thatcher fue la pionera en el desmantelamiento del “estado benefactor”, años antes de que hubiera alguna discusión seria sobre una moneda europea común. Nuestra oposición a la UE se basa en una perspectiva internacionalista proletaria, no en el proteccionismo nacionalista del SLP. Sólo el derrocamiento del capitalismo mediante la revolución obrera y el establecimiento de unos Estados Unidos Socialistas de Europa, como parte de una sociedad socialista mundial, pueden sentar la base para el desarrollo de los recursos productivos que genuinamente beneficiarán a la humanidad.
¡Reforjar la IV Internacional!
Impactada agudamente por el colapso económico asiático, la economía japonesa ha sufrido su mayor crisis en 50 años. El imperialismo japonés, por su parte, ha reaccionado con un intento agresivo de restaurar el militarismo burgués. Cuando los EE.UU. y sus aliados de la OTAN comenzaron su cortina de misiles crucero y bombas contra Serbia, la marina japonesa disparó contra dos buques sospechosos de ser espías norcoreanos. Esta es apenas la segunda vez desde el periodo de la posguerra que la marina dispara sus armas, siendo la otra en 1953 contra la URSS cerca de Hokkaido.
Una declaración del Grupo Espartaquista de Japón (GEJ) señaló:
“Aunque endosa la masacre de EE.UU./OTAN contra los serbios, la clase dominante japonesa está bien consciente de que el papel del imperialismo estadounidense como el principal policía mundial se dirige también contra ella, la principal rival imperialista de los EE.UU. en el pacífico. Desde la destrucción de la Unión Soviética, el tratado de seguridad Japón-EE.UU. se ajusta cada vez menos a los verdaderos intereses de la burguesía japonesa. Teniendo ya el segundo más grande gasto militar en el mundo, el imperialismo japonés empuja las guías militares revisadas para preparar sus propios ejército y marina listos para la batalla.”
Afirmando “Ni un hombre, ni un yen para el ejército imperialista”, el GEJ enfatizó que la lucha contra la guerra imperialista no puede conducirse de manera separada y aparte de la lucha de clases:
“Los trabajadores japoneses deben unirse a los trabajadores desde Indonesia y las Filipinas en la lucha por un Asia socialista, en la defensa militar incondicional de China, Corea del Norte y Vietnam contra el ataque imperialista y por la revolución política proletaria. Lo que se necesita es un partido proletario intransigente para dirigir a la clase obrera al poder estatal.”
La aguda escalada de las rivalidades interimperialistas, reflejada en el crecimiento del militarismo burgués en los EE.UU., Europa y Japón, expresa una ley fundamental del imperialismo. El imperialismo no es una política que pueda hacerse más humana, como los liberales y los reformistas sostienen, sino la “fase superior del capitalismo”, como Lenin la definió: “El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del mismo entre los países capitalistas más importantes.”
Lenin polemizó tajantemente contra la teoría del “ultraimperialismo” de Kautsky, hoy resucitada como la “globalización”, que sostenía que las grandes potencias capitalistas podían acordar pacíficamente la explotación conjunta del mundo mediante el capital financiero unido a nivel internacional. Lenin afirmó, al contrario, que “bajo el capitalismo no se concibe otro fundamento para el reparto de las esferas de influencia, de los intereses, de las colonias, etc., que la fuerza de los participantes en el reparto, la fuerza económica general, financiera, militar, etc.” El pequeño número de potencias imperialistas están envueltas en una lucha implacable por mejorar su posición relativa de competencia incrementando la tasa de explotación de su clase obrera nacional, saqueando al mundo colonial y semicolonial y tomando mercados a costa de sus rivales. Así, está sentada la base para nuevas guerras para redividir al mundo según las fuerzas relativas cambiantes de los imperialistas. Como Lenin afirmó: “las alianzas ‘interimperialistas’ o ‘ultraimperialistas’ en la realidad capitalista, y no en la vulgar fantasía pequeñoburguesa de los curas ingleses o del ‘marxista’ alemán Kautsky —sea cual fuera su forma: una coalición imperialista contra otra coalición imperialista, o una alianza general de todas las potencias imperialistas— no pueden constituir, inevitablemente, más que ‘treguas’ entre las guerras.” (Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo)
El punto de vista sostenido por falsos izquierdistas como Workers Power de que un superestado capitalista europeo se puede construir con medios pacíficos es simplemente una variante moderna de la teoría de Kautsky. Otra variante es la perspectiva de que la existencia de armas nucleares restringirá a los capitalistas imperialistas —al menos a los imperialistas “democráticos”Ä de recurrir a una nueva guerra mundial. En una polémica contra el Comité por una Internacional Obrera de Peter Taaffe, señalamos que esto
muestra una conmovedora fe en los imperialistas democráticos, quienes arrojaron por nada bombas atómicas contra sus ya derrotados enemigos al final de la Segunda Guerra Mundial. Los “izquierdistas” de hoy, que esperan racionalidad y restricción de los gobernantes capitalistas, deliberadamente tienen memorias cortas: quienes bombardearon Vietnam tienen poca racionalidad y aún menos escrúpulos.
Existe un elemento de fatuosidad en la suposición de parte de la burguesía estadounidense de que la debilidad y endeudamiento de Rusia le impedirá intervenir militarmente. La Rusia de los zares no era fuerte cuando decidió movilizarse contra Austria (y, por lo tanto, Alemania) en la Primera Guerra Mundial. Ninguno de los combatientes se detuvo ante tan “racional” cálculo; todos esperaban que la guerra terminara en unos cuantos meses. Es así como empiezan las guerras, y, en este aspecto, nuestros oponentes centristas son tan tontos como las burguesías a las que siguen. No estamos enfrentándonos a un sistema social racional, sino al imperialismo. Sólo la revolución socialista mundial puede salvar al mundo de un resultado bárbaro.
Escribiendo en la secuela de la llegada de Hitler al poder, el líder revolucionario ruso y fundador de la IV Internacional, León Trotsky, escribió: “La catastrófica crisis comercial, industrial, agraria y financiera, la ruptura de los lazos económicos internacionales, la decadencia de las fuerzas productivas de la humanidad, la insostenible agudización de las contradicciones entre las clases y entre las naciones señalan el ocaso del capitalismo y confirman la caracterización leninista de que la nuestra es una era de guerras y revoluciones.” El concluyó “La guerra y la IV Internacional” (1934) afirmando que: “Es indiscutible que en nuestra época sólo la organización que se apoye en principios internacionales y forme parte del partido mundial del proletariado podrá echar raíces en terreno nacional. ¡Ahora la lucha contra la guerra significa la lucha por la Cuarta Internacional!” Buscamos llevar adelante el trabajo iniciado por el camarada Trotsky: ¡Reforjar la IV Internacional!
http://www.icl-fi.org/espanol/oldsite/SERBIA.HTM
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